
En su encuentro con jóvenes en España, el papa León XIV lanzó una frase tan sencilla como profunda: “No tengan miedo del matrimonio y de formar familia”. En una época caracterizada por la incertidumbre, la provisionalidad y el temor a los compromisos duraderos, sus palabras merecen una reflexión serena.
Vivimos en una sociedad que suele exaltar la autonomía individual, la satisfacción inmediata y la libertad entendida como ausencia de vínculos permanentes. En ese contexto, el matrimonio y la familia aparecen con frecuencia como proyectos arriesgados, cargados de responsabilidades y sacrificios. No son pocos quienes consideran que casarse o formar una familia implica asumir demasiados problemas y demasiadas renuncias.
Sin embargo, conviene preguntarse si el problema radica realmente en el matrimonio y la familia o si, más bien, los problemas forman parte inevitable de la condición humana.
La vida nunca ha estado libre de dificultades. Las enfrentan los casados y los solteros; quienes tienen hijos y quienes no los tienen. Existen el desempleo, los emprendimientos fallidos, la enfermedad, la ansiedad, la depresión, la soledad, las adicciones, las rupturas afectivas y las múltiples incertidumbres que acompañan la existencia humana. Los problemas no son exclusivos del matrimonio ni de la familia. Son, simplemente, problemas de la vida.
La cuestión decisiva, entonces, no consiste en evitar toda dificultad, sino en determinar con quiénes queremos afrontarla y qué sentido deseamos darle a nuestra existencia.
Desde una perspectiva antropológica, la familia constituye mucho más que una estructura de convivencia. Es el espacio donde aprendemos a ser personas. Es allí donde descubrimos el valor de la confianza, la solidaridad, la responsabilidad, el respeto, la entrega y el amor. Antes de ser ciudadanos, profesionales o trabajadores, somos hijos, hermanos, esposos, padres o abuelos. Nuestra humanidad se forja, en gran medida, en el seno de una familia.
Por eso, resulta insuficiente comprender el matrimonio únicamente como un contrato jurídico, una relación afectiva o un proyecto económico compartido. Como recordó el Papa, el matrimonio es también una vocación. Es decir, una llamada a construir una vida en común, a crecer junto a otra persona y a asumir la responsabilidad de acompañarse mutuamente en las alegrías y en las dificultades.
La logoterapia de Viktor Frankl aporta una perspectiva particularmente valiosa para comprender esta realidad. Frankl sostenía que el ser humano encuentra su plenitud cuando trasciende sus propios intereses y se orienta hacia personas, causas y responsabilidades que dan sentido a su vida. Desde esta óptica, el matrimonio y la familia constituyen uno de los ámbitos privilegiados donde la persona puede salir de sí misma para amar, servir, cuidar y construir algo que la trasciende.
El matrimonio no es únicamente una forma de vivir con alguien; es una vocación a construir juntos una vida con sentido.
Recientemente, la doctora Sonia Rivas, exdirectora de la Maestría en Matrimonio y Familia de la Universidad de Navarra, visitó Costa Rica y expuso algunos de los principales desafíos que enfrentan hoy las familias. Entre estos, se encuentran la ausencia de proyectos familiares compartidos, la fragmentación del diálogo, la pérdida del tiempo en común, la incoherencia educativa entre lo que se dice y lo que se practica y el hiperindividualismo doméstico. También, la parentalidad distraída por las pantallas, los ritmos laborales que reducen la presencia de los padres en el hogar, la hiperconectividad digital y la creciente pérdida de referentes trascendentes.
La pregunta que debemos hacernos no es si estos problemas existen. Evidentemente, existen. La pregunta verdadera es cómo vamos a responder ante ellos.
Porque la solución no puede consistir en abandonar la familia, del mismo modo que la solución a los problemas de la democracia no consiste en abandonar la democracia. Las instituciones humanas son imperfectas porque imperfectos somos los seres humanos. Sin embargo, siguen siendo indispensables.
La familia continúa siendo la principal red de solidaridad de la sociedad. Educa a los niños mucho antes de que lleguen a la escuela. Cuida a los enfermos cuando las instituciones resultan insuficientes. Acompaña a los adultos mayores cuando la fragilidad aparece. Sostiene emocionalmente a sus miembros en tiempos de crisis. Transmite valores, cultura, identidad y sentido de pertenencia. Ninguna política pública ni ninguna institución estatal ha logrado sustituir plenamente estas funciones.
Por supuesto, no existen familias perfectas. Existen familias reales, con limitaciones, conflictos, desacuerdos y dificultades. Pero precisamente en medio de esas imperfecciones es donde las personas aprenden a perdonar, a dialogar, a compartir, a sacrificarse por otros y a descubrir que la felicidad auténtica no consiste en vivir únicamente para uno mismo.
Quizá por eso las palabras del Papa resultan tan oportunas. No son una invitación ingenua a ignorar los desafíos de nuestro tiempo. Son un llamado a recuperar la confianza en una de las instituciones más valiosas que ha conocido la humanidad.
Porque, a pesar de todas sus dificultades, el matrimonio y la familia siguen siendo una de las mayores oportunidades para crecer como personas, construir comunidades solidarias y encontrar un sentido profundo para la vida.
Por eso, no tengamos miedo del matrimonio. No tengamos miedo de formar familia.
Alex Solís Fallas es abogado constitucionalista y fue contralor general de la República.