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No nos luce jugar de magnates de la industria minera o energética

Pretender ser aventureros cazatesoros podría estropear la imagen del país en el contexto global

Según leyendas sobre piratas, entre los años 1685 y 1818, Perú fue saqueado, cuando menos, tres veces por piratas, principalmente ingleses. Se dice que robaron cantidades incalculables de millones de dólares en oro y plata y escondieron el tesoro en la isla del Coco.

Tan bien lo ocultaron que, no obstante los muchos intentos de hallarlo, no se han encontrado más que argumentos para seguir atizando la llama de la codicia y hacer más grande el cuento.

Las riquezas de la isla del Coco provenían mayormente de iglesias y temporalidades de la Iglesia, durante un período que cubre desde la época del Perú colonial, súbdito de España, hasta el Perú independiente, en la primera mitad del siglo XIX.

Costa Rica nunca ha tenido tecnología, capacidad financiera, equipos y personal calificado para emprender la búsqueda sistemática del tesoro. Pero, si así fuera, ¿cuál sería el escenario más plausible de hallar los millones de oro, plata y joyas que relatan las leyendas?

Primero, el tal tesoro, de yacer en el subsuelo, sería de dominio estatal, no del gobierno, sino del Estado de Costa Rica y, por tanto, se trata de un bien patrimonial.

Entonces, ¿qué beneficio económico se obtendría al hallarlo, fuera de un par de dólares que se cobrarían en algún museo para que lo vean los turistas? No sería probable vender, ni rematar, ni subastar legalmente el tesoro, y el país se enfrentaría, casi con certeza, al reclamo de Perú, España y, posiblemente, hasta del Vaticano, que aducirán que tales bienes les fueron robados por piratas a sus dueños originales, aunque esos dueños originales también hubieran robado buena parte del presunto tesoro a los pueblos incas.

Así, las comunidades incaicas de Suramérica también esgrimirían el derecho. Además del costo de tener un tesoro en nuestras manos, deben considerarse otros millones en abogados para litigar en las cortes internacionales contra todo el enjambre de reclamadores que saldrían a la luz.

Considerando esos escenarios, el costo-beneficio de buscar, encontrar (si es que existe), disponer y pelear por el dominio del tesoro de la isla del Coco parece decirnos que lo mejor es dejarlo donde está y seguir usando la leyenda para atraer turistas al paradisíaco lugar.

Lo mismo pasa con el tan traído y llevado asunto del gas natural. Todo el mundo hace fiesta sin tener el queque y los helados, principalmente, ciertos aspirantes a manejar el destino del país.

No se ha demostrado científicamente la existencia ni siquiera de un cilindro de gas de cocina.

La exploración sistemática con tecnología de punta de este tipo de yacimientos es tremendamente costosa y especializada, aparte de que no siempre se cumple el dicho de que “el que busca encuentra”.

Costa Rica no tiene, como en el caso del tesoro, ni la tecnología, ni los medios, ni el personal calificado, ni las condiciones financieras para acometer una tarea de esta magnitud, la cual habría que dejarla en manos de corporaciones multinacionales, y ya sabemos los efectos en buena parte del ánimo de nuestra población: que si la soberanía, que si la entrega de los traidores a la patria, que si el efecto sobre las ballenas y los fondos marinos y sepa usted cuántos argumentos más en contra de una campaña de exploración masiva de recursos energéticos, sea petróleo o gas natural, en los mares de Costa Rica.

Al final, puesto que el país no tiene ni tradición, ni infraestructura, ni experiencia en estos menesteres, la relación costo-beneficio de emprender la exploración y eventual explotación de hidrocarburos, como buscadores de tesoros de leyenda, no solo será, casi con certeza, desastrosa, sino que la fama mundial de “hippies ambientalistas y pura vida” y de “energéticamente limpios” que tenemos se vería seriamente comprometida.

¿Y qué decir de quienes hablan a la ligera de los miles de millones de dólares en oro que hay en Crucitas y otros yacimientos? Los mal asesorados en economía minera no saben que para sacar esos miles de millones hay que gastar otros miles de millones y, al final, al sopesar los resultados, los miles de millones que encendieron la codicia se transforman solamente en un puñado de dólares más.

El tesoro, el gas natural y el oro están bien donde están, en un pequeño país como el nuestro. No nos luce a estas alturas jugar de magnates de la industria minera o energética, y mucho menos de aventureros cazatesoros a expensas de lo que ya hemos logrado en el contexto global.

rprotti@geotestcr.com

El autor es geólogo, consultor privado en hidrogeología y geotecnia desde hace 40 años. Ha publicado artículos en la Revista Geológica de América Central y en la del Instituto Panamericano de Geografía e Historia (IPGH).

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