Pareciera que el señor expresidente tuviera un grave complejo de inferioridad. Si no, ¿cómo explicar que, de nuevo, le diera por sacar la lengua, hacer muecas y salir con el “lero-lero” como respuesta a un ciudadano, en busca de ser mencionado en redes sociales y medios informativos del país? Quienes lo educaron en su niñez deben estar abochornados.
Siendo yo joven, sin la edad, experiencia ni preparación académica del señor ministro de la Presidencia –y, peor aún, expresidente de la República–, lo primero que aprendí al empezar a prestar mis servicios al Estado fue que, al ejercer mi trabajo, daba un servicio a la sociedad, a nuestros ciudadanos, quienes, con sus impuestos, pagaban el sueldo de todos los servidores públicos, sin importar su posición jerárquica.
Aprendí que el funcionario público debe ejercer su puesto con transparencia y apego a las normas administrativas vigentes, así como guardar respeto e imparcialidad hacia todos los compañeros de trabajo y ciudadanos, sin discriminación alguna. Nada de que “como este compañero es conserje, lo puedo humillar” o “porque este ciudadano no anda saco y corbata o ni siquiera sabe expresarse, lo atenderé mal”.
Aprendí que, si una persona no posee algo primordial que se llama vocación de servicio, no debería ocupar un puesto público y muchísimo menos la Presidencia del país. Si es incapaz de atender con respeto, rectitud y amabilidad a un ciudadano, a un compañero de trabajo o a cualquier otra persona; si es incapaz de escuchar y atenderla en forma respetuosa, cordial y con empatía, tampoco debería ocupar un puesto público.
Es necesario que nuestros servidores sean comprometidos, leales y respetuosos con quienes tengan que interactuar en función de sus deberes. Si no se tiene idoneidad para el puesto, los conocimientos necesarios, el talento natural o la empatía para atender a un ciudadano, no se es apto para la función pública. Todos los empleados públicos deben tener ese carisma natural al desempeñarse en sus funciones.
Qué deprimente fue, para mí, ver lo acontecido en el acto protocolario con ocasión del aniversario de nuestra Independencia. Se suponía que era un acto oficial en el que debían respetarse todas las normas éticas. Para quienes no las conocen: respeto a los símbolos patrios; desde que se despliega la bandera, se debe guardar la postura indicada, civismo y silencio. Si estamos cantando el Himno, debemos mantener la postura y el respeto exigidos. El lenguaje y el tono deben ser adecuados, nada de muecas ni palabras soeces. Todo lo que se informa tiene que ser puntual y veraz; nunca se debe dar información ficticia para impresionar a los asistentes. También se debe vestir adecuadamente según la ocasión.
Con respecto al acceso a este tipo de actividades, no puede existir ningún tipo de discriminación, ya sea por orientación sexual, religión, etnia, partido político, etc. En un acto público; todas las personas pueden participar y se les debe dar un trato equitativo y acceso sin restricciones de ningún tipo.
La actitud respetuosa es algo que desde nuestra infancia se nos “enseñaba” tanto en el hogar como en la escuela. Fue una molestia ver a la máxima autoridad del país, la señora presidenta, tamborileando en sus piernas y bamboleándose sobre su asiento al son de la música mientras otro funcionario público, el alcalde de San José, daba su discurso.
Esa actitud infantil de parte de ella fue irrespetuosa, al igual que saludar con las manos a sus partidarios mientras se cantaba nuestro Himno Nacional, máxima expresión musical y literaria de nuestra patria, que expresa todo el sentir y amor por nuestro país.
Qué tristeza me embargó al ver el mal ejemplo que se les da a nuestros estudiantes, niños y adolescentes con estas conductas de quienes ocupan cargos con un nivel tan elevado de honor, prestigio y autoridad. ¡Valiente ayuda le están dando al señor ministro de Educación y a los padres de familia!
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Victoria Berti Quesada es vecina de Vázquez de Coronado.