En Costa Rica, no todo cambio es progreso. Hay propuestas que, bajo el discurso de “eficiencia” o “simplificación”, esconden retrocesos profundos en la calidad democrática. El Proyecto de Ley 23.229, para reunificar las elecciones nacionales y municipales, es uno de ellos.
En tiempos en que todo parece medirse en términos de eficiencia, hay una tentación constante de simplificarlo todo. Reducir procesos, acortar tiempos, hacer que las cosas “funcionen mejor”. Bajo esa lógica, la propuesta de reunificar las elecciones nacionales y municipales puede sonar razonable, incluso atractiva.
Pero la democracia no siempre se fortalece con lo más simple. A veces, precisamente lo contrario.
Costa Rica tomó hace años una decisión importante: separar las elecciones municipales de las nacionales. No fue un capricho técnico ni una ocurrencia administrativa. Fue el reconocimiento de que lo local merece su propio espacio, su propio debate y, sobre todo, su propia atención.
Porque gobernar un país no es lo mismo que gobernar un cantón. Y elegir a quienes lo hacen tampoco debería serlo.
Reunificar las elecciones implica volver a mezclar dos conversaciones que nunca debieron competir entre sí. Significa poner en la misma papeleta y al mismo tiempo las grandes discusiones nacionales con las realidades concretas de cada comunidad. Y cuando eso ocurre, la experiencia demuestra que lo local no compite: desaparece.
La atención pública se concentra inevitablemente en la elección presidencial. Las emociones, las campañas, los discursos, todo gira en torno a las figuras nacionales. Y en ese torbellino, las candidaturas municipales quedan relegadas a un segundo plano, cuando no completamente invisibilizadas.
El resultado no es difícil de prever. El voto deja de ser una decisión informada sobre quién puede gestionar mejor un cantón y pasa a ser una extensión de simpatías o rechazos hacia liderazgos nacionales. Se vota por cercanía ideológica, no por capacidad local. Se vota por arrastre.
Y ahí es donde empieza el verdadero problema. Porque ese arrastre no es neutro. Favorece, casi de manera inevitable, a los partidos grandes, a las estructuras con mayor exposición mediática, a quienes ya tienen presencia consolidada a nivel nacional. En cambio, debilita los liderazgos comunitarios, los partidos cantonales, las voces que nacen desde lo local y que responden directamente a las necesidades de su comunidad.
Se pierde diversidad. Se concentra el poder. Se debilita la democracia.
Durante años, Costa Rica ha intentado, con muchas dificultades, fortalecer sus gobiernos locales. Darles más competencias, más responsabilidad, más protagonismo en el desarrollo territorial. Pero ese proceso no puede sostenerse si, al mismo tiempo, se les quita el espacio político para construirse de manera autónoma.
Porque la autonomía no es solo administrativa. Es también electoral. Es poder discutir los problemas propios sin que queden eclipsados por la agenda nacional. Es permitir que la ciudadanía se detenga, observe, compare y decida con criterio sobre quién debe liderar su comunidad.
Reunificar las elecciones rompe ese equilibrio. Y lo hace, además, bajo un argumento que resulta peligroso cuando se aplica a la democracia: el ahorro.
Reducir costos puede ser un objetivo válido en la administración pública. Pero cuando se trata de procesos democráticos, la pregunta no debería ser cuánto cuesta, sino cuánto valor genera. Separar elecciones no es un gasto innecesario; es una inversión en participación, en información, en calidad del voto.
Es una apuesta por una ciudadanía más consciente. Plantear que la solución es simplificar el proceso, aun a costa de debilitar la discusión local, es reducir la democracia a un trámite. Y la democracia, por definición, nunca ha sido, ni debería ser, un trámite rápido ni cómodo.
La discusión de fondo, entonces, no es técnica. Es profundamente política. Se trata de decidir qué tipo de democracia queremos: ¿una donde lo local tenga voz propia, donde las comunidades elijan con criterio a quienes las representan, donde existan múltiples liderazgos y diversidad de opciones? ¿O una donde todo se mezcle en una sola jornada, lo nacional lo absorba todo, y el poder termine concentrándose cada vez más?
Reunificar las elecciones puede parecer un ajuste menor. Pero no lo es. Es una decisión que redefine cómo participa la ciudadanía, cómo se construye el poder político y cómo se entiende el valor de lo local en nuestro país.
Y en ese camino, conviene recordar algo sencillo, pero fundamental: no todo lo que simplifica la democracia la fortalece.
nelamaria@hotmail.com
Marianela Lobo Cabezas es asesora política del Partido del Sol.