La visita de Xi Jinping a Washington y su encuentro con Donald Trump no es solo una escenificación diplomática para producir titulares. Es una conversación entre los dirigentes de las dos mayores potencias económicas y tecnológicas del planeta, en un momento en que el sistema internacional se transforma aceleradamente.
La pregunta útil no es quién ganó, sino cómo administrarán China y Estados Unidos una competencia que ninguno puede ignorar y que el resto del mundo no puede permitir que se desborde.
Tres asuntos son claves en la agenda. Taiwán es el punto en que la rivalidad puede volverse conflicto: para Beijing, es una cuestión de soberanía e integridad territorial, y para Washington, parte de su sistema de alianzas en Asia-Pacífico.
Ya en mayo, en Beijing, Xi advirtió de que un manejo inadecuado podría llevar a un enfrentamiento entre ambos países. Un choque en el estrecho golpearía las cadenas de suministro, los mercados financieros y la producción tecnológica de todo el mundo, así que su estabilidad es un interés global.
La inteligencia artificial es la segunda frontera. Ya no es solo una cuestión técnica, sino una variable de poder económico, militar y geopolítico. Quien fije las reglas de esta tecnología moldeará la productividad, el empleo y la distribución del poder por décadas. Si ambas potencias la ven solo como un campo de confrontación, la lógica de seguridad ahogará la cooperación necesaria para gobernarla y reducir sus riesgos.
El comercio, por último, pasó de estabilizador a instrumento de presión, con aranceles, controles sobre semiconductores y disputas por tierras raras. La tregua alcanzada en mayo, con reducciones arancelarias y compromisos en varios sectores, no elimina la competencia: la administra. Ambos parecen haber entendido que una guerra económica total los perjudicaría por igual.
¿Qué tiene que ver esto con Costa Rica? Mucho. Un país pequeño y desarmado no puede pensar su política exterior como una potencia. Su mayor activo ha sido la autonomía diplomática, sostenida en el multilateralismo, el derecho internacional y la solución pacífica de controversias, que le dio, durante décadas, una influencia muy superior a su tamaño.
Sin embargo, en los últimos años la política exterior costarricense se ha desplazado hacia una relación muy estrecha con Washington, mientras que con Beijing predomina la cautela. Y China sigue siendo más que relevante: Costa Rica fue el primer país centroamericano en establecer relaciones con esa nación en este siglo, y tiene un tratado de libre comercio y una asociación estratégica, además de ser su segundo socio comercial. Wang Yi, canciller chino, reiteró en mayo el interés de Beijing en profundizar dicho vínculo.
No se trata de escoger entre Washington y Pekín, esa falsa dicotomía que un Estado pequeño debe evitar.
Las grandes potencias actúan por intereses, no por simpatías, y sería ingenuo esperar que traten a Costa Rica de otro modo. Por eso, conviene mantener la relación estratégica con Estados Unidos y conservar a la vez los canales económicos, tecnológicos y políticos con China.
Costa Rica puede cooperar en seguridad sin asumir todas las posiciones geopolíticas de Washington, y profundizar el comercio con Pekín sin convertirse en su instrumento. Eso no es neutralidad ingenua ni equidistancia artificial: es autonomía estratégica.
Los alineamientos rígidos parecen gratuitos mientras el mundo permanece estable, pero en la actual coyuntura global, no existe tal estabilidad y, por razones ideológicas de épocas superadas, no se puede caer en ese juego de suma cero impuesto por terceros.
El costo llega cuando cambia el equilibrio en el sistema internacional, pues quien ate su política exterior a una sola potencia descubre entonces que negocia con menos margen e independencia, en un mundo de múltiples actores y oportunidades para un país en vías de desarrollo. La prudencia consiste en pensar antes de que llegue la crisis.
Mientras Xi y Trump se sientan frente a frente pensando en términos globales, en seguridad y margen de maniobra, el debate costarricense debería tener esa misma altura.
Costa Rica no necesita ser potencia, necesita una diplomacia inteligente, que sepa cooperar sin subordinarse y discrepar sin romper.
Cuando las grandes potencias negocian, los Estados pequeños que conservan su autonomía tienen opciones. Los que la entregaron de antemano tienen, sobre todo, obligaciones. Y la grandeza de nuestra política exterior no estará en elegir entre Washington y Beijing, sino en que ambos sepan que Costa Rica tiene una relación con cada uno, pero una sola lealtad fundamental: el interés nacional.
mauricio.ramirez.nunez@gmail.com
Mauricio Ramírez Núñez es investigador, profesor de Relaciones Internacionales y analista de política internacional.