
El 26 de agosto pasado fuimos testigos de primera mano del efecto de una desastrosa avalancha de hielo, lodo y rocas, producida por el súbito colapso de un glaciar que descendió desde la montaña Langtang Litung hacia el cauce del río Lhende.
La masa de hielo y rocas represó el curso de agua que, en poco tiempo, colapsó y se precipitó violentamente valle abajo, destruyendo todo a su paso: ciudades, poblados, puentes, carreteras y, sobre todo, acabando con cientos, si no miles, de vidas humanas que fueron tomadas por sorpresa por un evento cataclísmico de proporciones bíblicas, como lo han llamado en todo el mundo.
Pudimos ver los efectos de este desastre casi en vivo y, pocas horas después de lo ocurrido, apreciar la magnitud de un proceso natural que sabemos que ha ocurrido y seguirá ocurriendo al pie de la monumental cordillera del Himalaya.
Aparte de la tragedia y el drama humano que producen estos eventos, ahora que sus zonas de afectación están densamente pobladas, las regiones piamontanas del Himalaya se han construido durante milenios por el efecto de este tipo de avalanchas.
Basta con mirar imágenes satelitales para observar la enorme cantidad de abanicos de depósitos de avalanchas a todo lo largo del pie de la cordillera. Y no solo en el Himalaya: los piamontes de los Alpes, los Andes y las Rocallosas están repletos de abanicos de avalanchas que han modelado el relieve durante el periodo Cuaternario, en el que al menos cuatro grandes eventos glaciares cubrieron buena parte del planeta y cuyo deshielo, muchas veces súbito, se ha atribuido al origen de estos relieves tan particulares.
El hielo glacial no desaparece solo por evaporación. La pérdida de soporte en sus bases, los flujos de agua a lo largo del contacto con la roca bajo las capas glaciares y la actividad sísmica son algunos de los factores que disparan desprendimientos rápidos y enormes de masas de hielo y rocas ladera abajo de las zonas montañosas.
En el caso de Nepal en 2026, se ha estimado que el volumen total de materiales desprendidos desde la montaña y que fluyó río abajo del Lhende fue del orden de los 200 millones de metros cúbicos. Esto equivale a 0,2 kilómetros cúbicos de material.
Costa Rica no ha sido la excepción respecto a enormes avalanchas de lodo y rocas producidas por el deshielo de masas glaciares, algo que, en cierta forma, nos hermana geológicamente con la población de Nepal, a pesar de la distancia.
Sabemos que, al menos durante el clímax del último periodo glaciar, las cumbres de las cordilleras del país estuvieron cubiertas de hielo, de glaciares de nieves perpetuas. Sus movimientos tallaron en la roca los relieves de valles en forma de ‘U’, picos o aristas filosas a lo largo de las cumbres, lagos de montaña en las cumbres y abanicos piamontanos a lo largo de sus bases.
Hacia el final del último periodo glacial en Costa Rica, hace entre 12.000 y 10.000 años, se produjeron enormes flujos de masas de deshielo muy similares a los de Nepal en 2026, que originaron las formas de relieve que hoy conocemos como “abanicos piamontanos”.
Así, las laderas del flanco sur del volcán Irazú se desprendieron y sus flujos “taponearon” el paso existente entre los valles de Tres Ríos y de El Guarco, en lo que hoy conocemos como el Alto de Ochomogo.
También se formaron el valle donde se desarrolló la ciudad de San Isidro de Pérez Zeledón, los valles piamontanos de Escazú y Santa Ana, el valle del río San Pedro, tributario del río General; la zona norte de la cordillera volcánica Central, en el piamonte de Sarapiquí, y los flancos meridionales de la cordillera de Tilarán.
Todos estos sectores están cubiertos por depósitos de bloques y megabloques de rocas de todo tipo, englobados en una matriz arcillosa de aspecto caótico. En ellos, hoy podemos observar bloques enormes de roca con estrías producidas por el movimiento de masas de hielo.
Muchísimo tiempo después, nuestros antepasados “aborígenes”, que también llegaron a estas tierras como flujos de población, los tuvieron por sagrados y grabaron en muchos de ellos petroglifos como los que podemos ver actualmente en la zona de San Pedro y La Guaria de Pérez Zeledón.
Estimaciones realizadas por geólogos de varias generaciones indican que existe en Costa Rica al menos un volumen del orden de 4 kilómetros cúbicos de depósitos de megaavalanchas que pueden asociarse a fenómenos como el ocurrido en Nepal. Es decir, un volumen al menos 20 veces mayor que el del fenómeno ocurrido el 26 de agosto pasado.
Claro, todos no ocurrieron al mismo tiempo, pero sí durante el relativamente breve lapso en que desaparecieron las nieves de nuestras zonas montañosas.
Esta coincidencia en los eventos geológicos que modelan la forma del relieve debería, al menos, motivarnos a ayudar en lo que podamos a nuestros geohermanos nepaleses en estos momentos de tragedia.