
FIRMAS PRESS.- Miami ya es la segunda ciudad de Estados Unidos con más tráfico vehicular, solo superada por Los Ángeles. El tiempo promedio de viaje hacia y desde el trabajo es de unos 76 minutos en un día laborable, lo que equivale a unas dos semanas al año. Ese tiempo que se pierde al volante implica no solo posibles llegadas tarde al trabajo, sino también menos tiempo con la familia, más estrés, empeoramiento de la calidad de vida. Y sin olvidar la contaminación ambiental causada por los escapes de tantos automóviles envenenando el aire.
Conducir en Miami es una molestia que pone los nervios de punta, una experiencia agotadora, frustrante, llena de tensión para muchos residentes que no tienen otra opción que el automóvil para moverse en la desparramada área urbana del condado de Miami-Dade.
Los que pasan horas atrapados en los atascos de las autopistas que cruzan el condado, como la I-95, la 836 o la 826, saben muy bien que Miami se ha convertido en una de las peores ciudades para manejar en Estados Unidos. La congestión del tráfico se ha agravado notablemente desde el año pasado, y no se ve una solución a corto plazo.
Las causas de este insoportable incremento del tráfico son bien conocidas, pero se han ignorado o se han intentado resolver con parches temporales. La socorrida estrategia de ensanchar las autopistas y algunas vías urbanas, como la calle Ocho en el sector oeste del condado, es un falso remedio. En cuanto se terminan las obras de ampliación de los carriles, las autopistas vuelven a llenarse de vehículos.
La pandemia de covid-19 en 2020 tuvo mucho que ver con este incómodo fenómeno vial en Miami. El sur de la Florida se convirtió en ese momento en un imán para personas que deseaban escapar de las medidas de confinamiento promulgadas para detener la epidemia y mudarse a una ciudad con un clima cálido que permite estar al aire libre a toda hora, y que es además una urbe vibrante y cosmopolita con impuestos relativamente bajos. Muchos de los nuevos residentes eran profesionales o empresarios con la cartera llena, y su llegada dio lugar a un alza disparada de los precios de la vivienda. El crecimiento demográfico de Miami, lamentablemente, no estuvo acompañado por una planificación urbana acertada ni por una inversión adecuada en la infraestructura del transporte público.
La subida del costo de la vivienda en las zonas céntricas consolidó una tendencia que ya ocurría desde hacía tiempo: vivir cerca del trabajo en Miami se ha vuelto un lujo reservado para unos pocos. Miles de trabajadores que prestan servicios esenciales, como personal sanitario, camareros, maestros, oficinistas, han tenido que vivir cada vez más lejos de sus empleos: en el oeste de Miami, más cerca de los pantanos de los Everglades que de las playas; en Homestead, al sur, e incluso en el condado de Broward, al norte. La consecuencia de esta lejanía entre la vivienda y el trabajo es un movimiento abrumador de automóviles que provoca el colapso de las autopistas en las horas pico.
El hecho de que el transporte público en Miami siga siendo insuficiente en casi todas sus áreas empeora el problema. La ciudad depende excesivamente del automóvil. El transporte público es limitado y muy poco eficiente para una metrópoli de unos tres millones de habitantes. Los trenes no cubren toda el área urbana: el Metrorail corre en un eje norte-sur, cerca de la costa, lo cual lo hace inútil para los residentes de la mayor parte de los suburbios, y el Metromover solo recorre el downtown, el centro de Miami. Los autobuses no pasan con frecuencia y no llegan a todos los barrios.
Diversos estudios muestran que Miami supera desde hace unos años a grandes ciudades de Estados Unidos y de otros países en dificultad para la movilidad cotidiana. Un estudio de la empresa INRIX Inc. señala que Miami ocupa el octavo lugar entre las ciudades con más tráfico en todo el mundo. Y lo peor: la respuesta gubernamental es insuficiente.
Si no se invierte con decisión en un gran número de viviendas asequibles que permitan a más personas vivir cerca de sus empleos, en un transporte público eficiente y en una planificación urbana previsora y eficaz, Miami corre el riesgo de convertirse en una ciudad atascada en una insufrible congestión vehicular. La atractiva urbe floridana debe poner un freno a la excesiva dependencia del automóvil y pisar el acelerador hacia la extensión y el uso constante del transporte colectivo.
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Andrés Hernández Alende es un escritor y periodista radicado en Miami. Sus novelas más recientes son 'El ocaso' y 'La espada macedonia‘, publicadas por Mundiediciones.