
Fue hace un montón de años. Yo andaba de viaje y, al entrar a un museo, me encontré, entre los turistas, como uno más, al expresidente don Luis Alberto Monge. Yo nunca había votado por él ni por su partido. Pero es que eso no importaba. Ahí estaba el expresidente, sin estridencias.
–Don Luis Alberto, qué sorpresa, mucho gusto. Yo soy de Costa Rica –lo saludé.
El exmandatario sonrió y dijo:
–¿Verdad que uno se encuentra a un tico en cualquier parte del mundo? Eso sí, qué dicha que fue aquí, en un museo y no en otra parte –dijo con fisga.
Y soltamos la carcajada.
Fisga y buen humor. Sin pompa ni parafernalia, con cercanía y sin guardaespaldas.
Me gustan los guiños en Costa Rica y, con la llegada de setiembre, bien vale la pena abrir espacio para recordarlos.
Un poco de sal y pimienta, gestos que pintan una sonrisa tenue… con la serenidad de los faroles del 14, encendidos para cantar el Himno: creativos, sencillos, con algo de inocencia y hasta de buen humor.
No es que no haya que ponerse serio en tiempos como el actual. Pero no hay río que corra revuelto todo el tiempo… ni tico que se lo aguante.
¿Ceño fruncido? ¡Claro que hemos tenido, y mucho! Pero rapidito buscamos la sonrisa, porque nos ha ido mejor con ella.
Anecdotario Nacional, de Carlos Fernández Mora, está lleno de ejemplos. Desde Braulio Carrillo y Tomás Guardia hasta León Cortés, Ricardo Jiménez y Cleto González, por mencionar algunos presidentes. Todos han dejado memoria de sus guiños de gestos simples, sin que por eso no se hayan echado sus buenas broncas.
Eso sí, no es lo mismo el guiño ingenioso, picante, que la chota envenenada y sin gracia. Ya lo aclaraba mejor el escritor Calos Luis Fallas, Calufa, cuando en su cuento “El Taller” relataba las batallas campales de cuartetas que se lanzaban sin piedad los zapateros de Alajuela. Pero eso sí, dice Calufa en el cuento, se celebraba la chispa y se sancionaba el insulto.
De ingenio, precisamente, hay muchas anécdotas de “El Brujo del Irazú”. Cuenta don Carlos Fernández que: “En su tercera administración, el presidente don Ricardo Jiménez estaba lustrándose los zapatos en su despacho cuando entró un diplomático y absorto exclamó:
–¿Cómo? El gran don Ricardo se lustra los zapatos?.
Y el primer magistrado de la nación, sonriente, repuso:
–Sí, señor. Es preferible lustrárselos uno mismo a tener que lustrárselos a los demás.
En otra ocasión, el periodista Joaquín Barrionuevo se encontró a don Ricardo y le dijo:
–Señor presidente, la prensa adversaria lo injuria a usted en forma violentísima.
Y el licenciado Jiménez, hombre de respuestas precisas, le replicó:
–Yo estoy por encima de esas miserias y, si a mí nada me importa, tampoco debe importarles a ustedes, mis amigos.
El periodista Barrionuevo no quedó convencido y, tras una ligera pausa, finalmente repuso:
–¡Cómo se conoce que usted no es tan ricardista como nosotros!
El humor ingenioso critica sin miedo, pero sin dinamitar puentes. Más bien los tiende. Esa es Costa Rica. O al menos la que yo celebro y extraño cada vez que llega setiembre.
Me da cierta nostalgia leer que cuando doña Pacífica Fernández y don José María Castro Madriz diseñaban un primer escudo para la república recién fundada, se reunieron en torno a una mesa para ver diseños.
Allí estaba también Antonio Pinto, militar y político, que, en un momento de la noche, reposó la barbilla entre sus manos de tal manera que el presidente Castro le pidió quedarse queditico, pues acababa de ver en el gesto el contorno de nuestro primer escudo republicano.
Cierta la anécdota, o fantasiosa, no importa. Es el alma juguetona e ingeniosa que celebra el guiño por encima de la mueca, la cuarteta con chispa por encima de la que insulta, la patria que tiende puentes y no la que los dinamita.
Extraño y celebro a esa mi Costa Rica.
rgonzalez@utn.ac.cr
Rodolfo González Ulloa es periodista, investigador histórico, docente y cuentacuentos.
