Setiembre nos invita cada año a hablar de independencia, patria e identidad. Celebramos el 15 de setiembre, aunque el proceso que separó efectivamente a Costa Rica del dominio español fue más complejo y tuvo uno de sus momentos decisivos el 29 de octubre de 1821, cuando en Cartago se proclamó la independencia del Gobierno español.
Más de dos siglos después, quizá la mejor manera de celebrar la patria sea preguntarnos qué significa hoy ser costarricense y, sobre todo, qué país queremos dejar a quienes vienen detrás.
La lectura de Identidad nacional y cambio cultural en Costa Rica durante la segunda mitad del siglo XX, del historiador Iván Molina Jiménez, ofrece una magnífica oportunidad para hacerlo. Su mirada permite comprender algo que con frecuencia olvidamos: las naciones no son realidades inmutables. También se construyen, cambian y, a veces, se inventan a sí mismas.
La Costa Rica que solemos evocar con nostalgia (rural, de pueblos pequeños, relaciones cara a cara, pulperías, parques y vecinos que se conocían) experimentó durante la segunda mitad del siglo XX una transformación extraordinaria.
La urbanización, el crecimiento del Estado, la expansión de las clases medias, los automóviles, los supermercados, la televisión, los centros comerciales, el turismo, la publicidad y, posteriormente, la globalización, modificaron no solo nuestra economía y nuestro paisaje, sino también nuestra manera de relacionarnos y de imaginarnos como sociedad.
Molina muestra, además, que aquella supuesta Costa Rica homogénea, blanca, rural, pacífica e igualitaria era, en buena medida, una construcción. El país real siempre fue más diverso y desigual de lo que decía su relato nacional. Las migraciones y los cambios sociales no crearon esa diversidad: contribuyeron a hacerla imposible de ignorar.
Esto resulta particularmente importante hoy. Somos, en gran medida, el resultado de las decisiones y transformaciones de aquella segunda mitad del siglo XX. Vivimos en ciudades extendidas y congestionadas, consumimos productos y contenidos culturales globales, habitamos espacios socialmente segregados y mantenemos relaciones muy distintas de las que caracterizaron al país de nuestros abuelos.
No podemos regresar a aquella Costa Rica y tampoco deberíamos idealizarla. Pero sí podemos preguntarnos qué vale la pena recuperar de nuestro pasado.
No se trata de añorar la pulpería frente al supermercado ni el pueblo frente a la ciudad. Se trata de recuperar una idea mucho más importante: la convicción de que el bienestar individual depende también del bienestar colectivo.
Costa Rica construyó buena parte de su mejor versión cuando comprendió que la educación y la salud no debían ser privilegios, sino instrumentos de ciudadanía y movilidad social.
Cuando una persona recibe educación de calidad, puede aspirar a un trabajo digno; cuando tiene acceso oportuno a servicios de salud, puede desarrollar su proyecto de vida; cuando ambas cosas están al alcance de todas las personas, independientemente de su origen o condición económica, la libertad deja de ser únicamente una declaración jurídica y adquiere contenido real.
Quizá esa sea una tarea apropiada para este mes de la independencia: mirar el pasado sin convertirlo en mito y mirar el presente sin resignarnos a sus desigualdades.
La identidad nacional no debería consistir en parecernos a quienes vivieron hace 100 años. Debería expresar aquello que decidimos construir juntos. Podemos ser una sociedad moderna, urbana, diversa y abierta al mundo sin renunciar a la solidaridad. Podemos reconocer los errores y exclusiones del pasado sin desechar sus mejores conquistas.
Una nación no se hereda terminada. Cada generación recibe una parte y decide qué conservar, qué corregir y qué construir.
En este mes patrio, acaso la pregunta más importante no sea únicamente de dónde venimos, sino qué clase de Costa Rica queremos ser. Y una respuesta posible sigue teniendo enorme vigencia: una en la que todas las personas puedan educarse, cuidar su salud, trabajar dignamente y satisfacer sus necesidades; una sociedad donde vivir con dignidad no sea una fortuna reservada para algunos, sino el fundamento mismo de nuestra vida en común.
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Rebeca Ramírez Hernández es filóloga.