
Agarré mi libro de pasta dura y me lo puse contra el pecho como un escudo. Un gimnasio de colegio lleno de adolescentes, conmovidos por las palabras del motivador Júnior Oporta, buscaban a sus compañeros y a sus profesores para abrazarlos. Yo, de sapo, estaba sentado arriba y contemplaba la avalancha humana desbordando afectos. Acostumbrado ya, como buen tico, a los insultos, la chota, los gritos y las muecas como actitud oficial para relacionarnos con otros humanos, aquello me resultaba, créanme, anormal y hasta amenazante.
No tenía que estar ahí. Acababa de terminar mi función de cuentos para primaria en otro salón, como parte de las actividades de la “Semana de la sana convivencia”, y tras concluir mi intervención, le hice caso a una profesora que me dijo: “Acompañame al gimnasio, que están dando una charla para todo el colegio”.
Acepté ir porque siempre admiro a un ser humano que intenta decir algo a un gimnasio repleto de adolescentes. Y la charla había dado resultado. Ahí estaban todos esos muchachos con un inusual permiso para demostrar afecto por otros, en pleno 2026 y en Costa Rica.
De pronto, un joven de unos 13 años, con toda la pinta de estar en sétimo, se me quedó viendo. Yo me sentí como si me hubiera detectado un zombi en medio de una calle repleta de gente, en pleno apocalipsis. Mi instinto de tico entrenado por el Estado durante cuatro años para la sospecha y el odio, intentó un gesto desesperado para disuadir el amenazante abrazo.
Levanté instintivamente el dedo pulgar hacia arriba como si aquello fuera suficiente para hacer que el adolescente cambiara de opinión y no se acercara. Dio resultado. No hizo falta usar la mueca presidencial, reservada como recurso de última instancia, para otro tipo de circunstancias. El chiquillo simplemente levantó el pulgar y me dejó tranquilo e íntegro, en mi distancia y mi sospecha.
Cuando ya me creía a salvo y me disponía a abandonar aquel recinto subversivo y sedicioso de la nueva idiosincrasia nacional, me topé de frente con una muchacha de 13 años que acababa de abrazar a dos maestros. Me midió, calculó, procesó y decidió: a pesar de hacerme cara de “usted no pertenece aquí… devuélvase por el túnel y no siga la luz”, ella levantó los hombros en señal de “qué me importa” y me abrazó sin darme tiempo de llamar al Ministerio de Seguridad.

Mi reacción fue la risa. No la habitual, la de la chota y la burla, la de la cara amarilla que se pone en Facebook como respuesta única ante cualquier cuestionamiento. No. Mi risa era la franca, la espontánea, la que celebra un momento auténtico y humano que trasciende formas y fronteras, divisiones y sospechas. Esa que era un poquito más habitual antes y a la que nos estamos rápidamente desacostumbrando para hacer del encuentro y del diálogo algo raro, poco recomendable, pernicioso, sospechoso, en vez de ser lo que es y siempre había sido: nuestra forma sana de relacionarnos.
Ya me disponía a salir de ahí, porque “de lo nuevo, poquito, y de lo prohibido, un ratito”, cuando me topo al zombi que, tras ver que yo ya había sido abrazado, desistió de conformarse con el pulgar hacia arriba y me atacó con el abrazo que yo tanto le había evitado.
Y el que sí quiere caldo, pues tres tazas, porque sin darme tiempo de reponerme del gol, se me acercó por la punta izquierda un joven como de décimo y, con la espontaneidad que tienen los de 16 años, me disparó primero con palabras y remató con un abrazo:
“Yo a usted no lo conozco, pero ya siento que lo quiero”.
A estas alturas, yo reía a carcajadas porque lo espontáneo libera y la risa disipa tensiones y celebra encuentros. Hablo de la risa que trae complicidades, la que quita chichas y reduce distancias.
De regreso a casa, me seguía riendo: qué ironía. Hubo un tiempo en que, en política, “abrazar” a alguien era la forma de decir que le metían un puñal por la espalda. Hoy, abrazar es un acto subversivo de resistencia contra la mueca, la lengua afuera, el gesto adusto, la espalda al diálogo, la invitación que no se ofrece, la distancia que se normaliza. ¡Qué falta nos hace volver a abrazarnos!
rgonzalez@utn.ac.cr
Rodolfo González Ulloa es periodista, investigador histórico, docente y cuentacuentos.
