
Quienes busquen Los pocos sabios en una librería probablemente lo encuentren en un estante que induce al error, junto a títulos como Los 7 hábitos de la gente altamente efectiva o Cómo hacer que te pasen cosas buenas. La proliferación de libros de autoayuda en nuestros días no es un detalle menor: es el signo de una época en que la promesa de bienestar se presenta en fórmulas rápidas y soluciones individuales.
Sin embargo, basta abrir las primeras páginas del libro escrito por Carlos Francisco Echeverría para advertir que estamos ante algo muy distinto: el intento de recuperar el pensamiento de tres grandes figuras de la antigüedad –Jesús, el Buda y Lao Tsé– despojado, en la medida de lo posible, de las capas de interpretación acumuladas a lo largo de los siglos.
Publicado por Editorial Abyad, el libro se organiza en tres ensayos que dialogan con investigaciones de filólogos, historiadores y especialistas dedicados a reconstruir los contextos originales de cada tradición. El resultado es una cuidadosa aproximación a las palabras pronunciadas por estos maestros y, sobre todo, a aquello que pudieron haber querido decir.
Esa tarea, que podría parecer exclusivamente académica, se traduce en un texto accesible, que invita a lectores no especializados a asomarse a debates que, de no ser así, se publicarían en ediciones difíciles de conseguir y permanecerían confinados a bibliotecas universitarias.
Hay un valor evidente en el trabajo de divulgación que propone Carlos Francisco Echeverría en Los pocos sabios. Una suerte de traducción que deja ver que traducir no es solo pasar de una lengua a otra, sino también de un registro a otro: del artículo especializado al ensayo legible, del dato erudito a las preguntas que, de una u otra manera, nos alcanzan a todos.
El libro cumple con esa mediación sin renunciar a la complejidad de los temas que aborda. Y lo hace, además, con una premisa implícita: que el pensamiento antiguo no es una reliquia ni el privilegio de unos pocos, sino una conversación viva.
¿Qué tienen que decirnos hoy Jesús, el Buda y Lao Tsé? Los académicos suelen desconfiar de esa pregunta, pero, como reconoce el propio autor, “sería antinatural no formularla”. Leídas hoy, sus enseñanzas parecen coincidir en una crítica persistente a las ilusiones de control y las ansias de acumulación que organizan la vida contemporánea.
Frente a la ansiedad por el éxito, proponen formas de desapego; frente a la obsesión por la identidad, una comprensión más amplia sobre quiénes somos; frente a la violencia explícita o estructural, una ética que privilegia la compasión, la humildad y la atención al otro.
Uno de los rasgos más notables del texto es que deja atrás las recetas y consignas habituales en la literatura de autoayuda para proponer pequeños giros que alteran la manera en que entendemos nuestras prioridades.
A partir de su lectura es fácil preguntarse: ¿qué consideramos importante?, pero también ¿qué entendemos por sabiduría y por qué resulta tan escasa? El libro sugiere que la sabiduría no consiste en acumular información ni en optimizar habilidades, sino en aprender a situarse en el mundo con una cierta lucidez moral. Lejos del saber instrumental y de la obsesión por el rendimiento, la sabiduría es una forma de comprensión que transforma las relaciones con uno mismo y con los demás. Tal vez por eso es tan escasa: porque exige tiempo, atención y una disposición a poner en duda las certezas que nos sostienen.
En la trayectoria de Carlos Francisco Echeverría hay una mirada que se ha dedicado a pensar el desarrollo, la sostenibilidad, la cultura y la crisis climática, y ahora se detiene en una antigua duda: ¿cómo deberíamos vivir? La formulación de esa pregunta permite entrever una sensibilidad particular, capaz de conectar inquietudes personales, disciplinas y experiencias.
Al final, la imagen del estante equivocado adquiere un nuevo sentido. Los pocos sabios podría leerse, en efecto, como un texto de autoayuda, si entendemos esa expresión como una invitación a revisar las ideas que tenemos sobre nuestras vidas y sobre cómo queremos vivirlas.
En ese caso, el problema no es dónde colocamos un libro, sino qué entendemos hoy por ayuda. Tal vez, en medio del ruido, todavía podamos escuchar la voz de “los pocos sabios que en el mundo han sido” –como escribió Fray Luis de León–, no para encontrar respuestas inmediatas, sino para volver a hacernos las preguntas que realmente importan.
jurgenurena@yahoo.com
Jurgen Ureña es cineasta.
