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Los locos años veinte en su versión del siglo XXI

Anhelo que empleemos los próximos ocho años en reparar el daño que hemos infligido al planeta

Muchos dirán que la historia se repite de manera cíclica, ya que la humanidad se mueve y actúa impulsada por los mismos incentivos, intereses, emociones y aspiraciones: amor, odio, ambición, temor, admiración, envidia, compasión, venganza, esperanza, fracaso, bienestar, desesperación, etc., todos mezclados en un coctel que varía según persona, sociedad, momento y lugar, pero con entregables similares.

Tal vez lo mismo ha ocurrido del siglo XX al siglo XXI, en ciertas dimensiones. Llevamos menos de un cuarto del siglo XXI y ya podemos decir que ambos han sido marcados por pandemias, guerras, crisis financieras y pugnas y reacomodos entre potencias en ascenso, establecidas y en decadencia.

El siglo XX tuvo sus locos años 20, que siguieron a una guerra mundial (1914-1918) y una pandemia (influenza española, 1918-1919), lo cual despertó la necesidad de liberación y desenfreno, que terminó con una crisis financiera (1929).

Volviendo al siglo XXI, todo apuntaba a una nueva etapa de liberación, luego de controlada la pandemia; sin embargo, los acontecimientos en Ucrania, los impactos cada vez más evidentes del cambio climático en el medioambiente y las comunidades obligan a renunciar a un respiro y llaman a tomar decisiones individuales, comunitarias, nacionales y globales.

Estas determinarán si seremos una sociedad respetuosa, inclusiva, sostenible y armoniosa, o si simplemente caeremos de nuevo en el caos, la injusticia, la escasez y la desesperanza, de forma irreparable y letal.

Con respecto al cambio climático, es mandatoria la transición a fuentes de energía limpias. Y esto también define y definirá muchos de los conflictos (y períodos de cooperación internacional) que vemos ahora y que vendrán.

El Grupo Intergubernamental de Expertos sobre el Cambio Climático publicó su más reciente reporte el 28 de febrero, el cual el secretario general de la ONU, António Guterres definió como “un atlas del sufrimiento humano”.

El reporte analiza los efectos del cambio climático en los ecosistemas, la biodiversidad y las comunidades a escalas regional y global, además de evaluar vulnerabilidades, capacidades y límites del mundo natural y sociedades para adaptarse al cambio climático.

El reporte, tradicionalmente conservador y cauteloso, finaliza el informe de síntesis dando la alerta: “La evidencia científica acumulada es inequívoca: el cambio climático es una amenaza para el bienestar humano y la salud del planeta. Todo retraso adicional en la acción global concertada y anticipada para la adaptación y la mitigación perderá una breve y rápida oportunidad de asegurar un futuro habitable y sostenible para todos”.

El reporte hace énfasis en que el cambio climático daña al planeta y sus sistemas más rápido de lo que nosotros vamos a poder adaptarnos. Si la temperatura continúa incrementándose, muchas regiones verán limitada su capacidad de ajuste.

Lamentablemente, es tarde para revertir completamente los cambios que hemos producido en el planeta, pero todavía estamos a tiempo de limitar el incremento de la temperatura a 1,5 grados Celsius, que es lo mínimo que debemos hacer para mitigar los daños catastróficos en el planeta y la vida de los seres humanos.

Si bien es cierto que la invasión del presidente ruso, Vladímir Putin, a Ucrania es de carácter expansionista, anti Unión Europea (UE) y tiene detrás muchos intereses de los cuales no tenemos información, la lenta reacción al principio de la crisis de algunos Estados europeos tiene como raíz la alta dependencia del continente de fuentes energéticas exportadas por Rusia: el país provee acerca del 40% del gas natural y más del 25% del petróleo a la UE.

La dependencia de los combustibles fósiles del continente para satisfacer la demanda energética es una poderosa ficha de juego a favor de Putin, en esta pelea de influencias por el continente europeo.

Esa es la razón por la cual los países de la UE están ahora más que nunca planeando la ejecución de su Pacto Verde Europeo y su meta de incrementar su independencia energética, no solo invirtiendo más en energía renovable, sino también reduciendo el uso de combustibles fósiles.

Para contrarrestar la dependencia energética y evitar impactos catastróficos ambientales, económicos y sociales mundiales necesitamos que todos los países eliminen las emisiones de carbono antes del 2050.

Nuestra dependencia de los combustibles fósiles tiene consecuencias geopolíticas, ambientales, sociales y económicas, con los más vulnerables como víctimas de unos cuantos que toman decisiones sin hacerse responsable de las consecuencias.

Podemos prever que los locos años veinte del siglo XXI traerán consigo inestabilidad, grandes períodos de transición y momentos de tomar decisiones trascendentales que nos hagan cuestionar nuestros actuales sistemas económicos y contratos sociales.

Lo que yo anhelo de estos nuevos años veinte es que empleemos los ocho que nos quedan en reparar el daño que hemos infligido al ambiente, a comunidades vulnerables y marginales y a nosotros mismos antes de que sea demasiado tarde. No permitamos que unos pocos inconscientes, en posiciones de poder, nos quiten la oportunidad de hacerlo.

mj.valverde3@gmail.com

La autora es economista.

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