A partir del domingo pasado, la Pascua 2026 comienza lentamente a quedar atrás, pero sería un error permitir que sus enseñanzas se olviden. Por el contrario, un país que atraviesa uno de sus momentos de mayor tensión social, emocional y política de los últimos años las requiere con fuerza.
Costa Rica vive tiempos complejos y por eso la Pascua no fue un tiempo más en el calendario. Mucha gente llegó a los templos buscando alivio, esperanza y sentido en medio de un entorno que muchas veces parece sobrepasarnos. Y quizá por eso algunas escenas de esta Pascua terminaron convirtiéndose en poderosos aprendizajes colectivos.
La alegría
El primer aprendizaje fue comprender que la alegría verdadera no depende de que todo salga bien. El incidente ocurrido en Barva de Heredia es un ejemplo. Un burro quebró accidentalmente la imagen del Señor del Triunfo, hecho que generó tensión, silencio y desconcierto. Pero la serenidad del sacerdote Dénis Féliz De La Cruz transformó el momento en algo mucho más profundo. “Que la alegría no cese”. Y no cesó. La procesión continuó entre sonrisas, familias unidas y fieles decididos a no permitir que un imprevisto robara el verdadero sentido de la celebración. En una sociedad que muchas veces se deja dominar por la frustración inmediata, aquella escena recordó que la madurez espiritual también consiste en saber continuar.
La paz
Otro aprendizaje fue descubrir el valor de la paz frente a la provocación. En medio de actos marcados por episodios de confrontación verbal, peleas saldadas con balazos y tensiones innecesarias, varias comunidades optaron por responder con calma en lugar de alimentar el conflicto. Y eso, en el contexto actual del país, tiene un enorme significado. Costa Rica parece haber entrado en una dinámica en que muchos sienten la necesidad permanente de reaccionar, atacar o humillar al otro. La Pascua dejó una pregunta incómoda pero necesaria: ¿cuántas de nuestras discusiones actuales nacen realmente de la búsqueda de la verdad y cuántas, del ego, de la necesidad de imponerse o de la incapacidad de escuchar?
El autocontrol
También resonó con fuerza el llamado a revisar cómo usamos el poder y las palabras. Las meditaciones en Roma recordaron que existe una responsabilidad moral en cada espacio de influencia: la política, la economía, los medios de comunicación e incluso las redes sociales. Porque no toda violencia necesita golpes o armas; muchas veces basta el desprestigio, la mentira o la destrucción pública de la dignidad ajena. Y quizá ese sea uno de los síntomas más preocupantes de nuestro tiempo. Nos estamos acostumbrando a formas de crueldad cotidiana que antes nos habrían escandalizado.
Si algo deja esta Pascua que acaba de culminar es la certeza de que la esperanza es posible. No una esperanza ingenua, desconectada de la realidad, sino una esperanza profundamente consciente de las heridas del presente. El papa León XIV lo expresó con claridad al insistir en que no podemos resignarnos al mal ni aceptar la violencia como algo normal. Y esa advertencia no aplica solo para las guerras internacionales o los grandes conflictos geopolíticos. Aplica también para nuestras casas, nuestras comunidades, nuestras discusiones digitales y nuestra forma de convivir como país.
Todavía estamos a tiempo de decidir qué tipo de sociedad queremos construir. La Pascua terminó, sí. Pero las decisiones que tomemos después de ella serán las que verdaderamente definan el rumbo de nuestra historia.
Germán Salas M. es periodista.
