
En los últimos días, los medios nos han informado sobre un muy lamentable hecho: se confirma un daño irreversible en el Teatro Nacional, nuestra joya arquitectónica y patrimonial por excelencia. Se indicó que las puertas del Teatro fueran trasladadas en un vehículo sin protección alguna y peor aún, se les aplicó masilla plástica y se lijaron de forma incorrecta, lo cual constituye ya un daño irreversible.
Más que solo una mediocre y muy desafortunada gestión del patrimonio arquitectónico, las puertas del Teatro Nacional suponen una metáfora perfecta del estado actual de la gestión del país. El maltrato y el traslado inadecuado que experimentaron las puertas es lo mismo que padece nuestra institucionalidad.
Elementos de nuestro patrimonio institucional, como la seguridad social, la educación pública o la convivencia democrática, son maltratadas a diario, sin consideración alguna, como si se tratase de puertas que van a ser desechadas, no como una pieza histórica que le da sentido a nuestra historia y nos proyecta un futuro.
El impago del Estado con la CCSS, el recorte de las becas Avancemos o la instrumentalización del Ministerio de Hacienda o el PANI para perseguir criterios disidentes, son solo pequeños ejemplos de un maltrato sistemático a nuestro patrimonio, que, en este caso, es nuestra forma de convivencia.
Como lo señaló Diego Meléndez, exdirector del Centro de Patrimonio del Ministerio de Cultura, en un reportaje de la Revista Dominical sobre el daño al Teatro: “Podrán poner unas puertas iguales, una reproducción idéntica a lo que había, pero ya eso no es histórico. El edificio perdió gran parte de su valor patrimonial”.
Es aquí donde la obsesión retórica del presente gobierno –y el próximo– de borrar y tergiversar la historia de la Segunda República cobra más sentido. Estamos ante un proyecto político que quiere gestionar una institucionalidad sumamente valiosa y asimilable a objetos patrimoniales como si se tratara de nada, como si fueran objetos de desecho, sin valor, que pueden ser lijados para obtener una forma distinta, sin que ello suponga ningún problema. No podría haber mejor sincronía entre la confirmación del daño irreversible a nuestro patrimonio y los discursos vacíos que hablan de erigir una “tercera república” con cimientos de humo y demagogia.
Así como se le aplicó un acabado plástico a centenarias puertas de madera tallada, la forma actual de conducir nuestro país supone un revestimiento artificial aplicado a una institucionalidad levantada sobre principios que, en forma y contenido, apuntan a una dirección distinta para atender las necesidades de sus habitantes.
La voluntad de algunas fuerzas políticas de que olvidemos que la madera tallada no es lo mismo que el plástico, beneficiaría únicamente a quienes desean unas nuevas puertas a su medida, de menor calidad y sin ningún asidero histórico. La única diferencia que podemos establecer entre las puertas de nuestro Teatro Nacional y nuestra institucionalidad es la irreversibilidad de los daños. Nos queda únicamente velar para que el daño a nuestra institucionalidad no sea permanente, como el que ya padece nuestro valioso patrimonio arquitectónico.
tadeomasisg@gmail.com
Tadeo Masís González es sociólogo.