
Hace 26 años, el autor Rafael Jiménez publicó su novela ‘Un siglo de veinte siglos’, en la cual narra vivencialmente la tragedia del río Virilla, accidente ocurrido hoy hace 100 años. Con su autorización, reproducimos esa parte de su obra.
Por estar Wilfred con Sandra en San José, Philip obtuvo permiso para dormir con sus amigos en la finca de los López. Desde la madrugada, los cuatro compañeros no pararon de reír y temprano se marcharon bajo los árboles. Al amanecer, cada uno experimentó distintas sensaciones. Uno imaginó una doncella en el horizonte y otro quiso saltar de nube en nube. Mario agachó la cabeza ante la luz y, a diferencia de ellos, Philip sintió una fealdad a su alrededor. ¡Qué lejos estaba de suponer que los fosos abiertos por el sol en el firmamento se llenarían dentro de poco!

Luego de desayunar, los jóvenes salieron a bañarse al río y descendieron 60 metros agarrados del zacate y prendidos de la prudencia. De vez en cuando, Philip se detenía, no para tomar aliento o descubrir el paisaje, sino por una molestia que le impedía respirar.
El embalse al que llegaron lucía candoroso y, en pocos minutos, los zapatos quedaron sobre las piedras, mientras la ropa se humedecía en la orilla con los saltos constantes de los nudistas. Al nadar y consumirse, Philip se engañó con una clarividencia de ferrocarriles y se le ocurrieron tonterías que rechazó para no entristecerse.
Después de un rato, cuando rabiaban por la precisión de los rayos mañaneros, oyeron el pito de una locomotora burlando la tranquilidad del campo aledaño y del cañón donde se encontraban. Como si oyeran el sonido de una calesa, aquel ruido se fue abriendo pestillos y atravesó los potreros de las cercanías.
El conjunto de jóvenes se aprestó a ver pasar el tren por el puente de metal encima de ellos. Idéntico entusiasmo sentían más de mil personas que viajaban en el expreso. Los excursionistas de los tres coches de segunda clase no se diferenciaban en su alegría y bullicio de los de primera clase, igual de abarrotados. Solamente los vestidos de domingo hacían la diferencia entre ambos grupos de provincianos. Un humo muy blanco acompañaba a la máquina, al ténder y a los seis coches.
Por saber de ferrocarriles, Philip reconoció el pitazo para entrar a un puente y pudo notar la locomotora a toda velocidad. Aun para él, resultaba poco común vivir el paso de un tren desde un precipicio e intuyó que el carbonero debía trabajar a brazo pleno para llevar semejante ritmo y, conmovido por el estrépito de la chiquillada que gritaba sin parar, supuso que un sonajero cruzaría dentro de poco encima de ellos.
“De seguro viene una cuesta y luego una curva” –se dijo al oír dos silbatos.

No tuvo tiempo de meditar más. Un chirrido fuerte y extraño se escuchó cuando el último coche atravesó el puente.
–¿Qué pasó? –le preguntaron a Philip sus amigos.
–Probablemente se descarriló un carro o varios.
El sonido de la locomotora al perderse a lo lejos los hizo olvidarse del asunto, cuando de repente se oyó una gritería salvaje. Todo fue tan rápido que, como en una película en retroceso, vieron tres coches separados del ténder y de la máquina que corrían sin control hacia atrás. El último saltó sobre los rieles de la curva y chocó contra los férreos bastiones, quedando atrapado verticalmente como un balancín entre los hierros de aquella pasarela metálica. Entretanto, los otros vagones se abalanzaron al abismo, mientras las techumbres y carrocerías se desprendían y una caja de pólvora estallaba en uno de ellos.
Para los espectadores desnudos, no hubo aviso. En aquel solitario escenario, nadie los previno de que verían una escaramuza descarnada y criminal. Todos gritaron, aunque sus alaridos no fueron comparables a los de las familias enteras que caían ante su vista o saltaban por el aire. ¿Cómo se vistieron? ¿Por dónde comenzaron a correr? No se supo. Lo único que recordarían fue cómo, del carro vertical en el flanco del puente, se desprendía un aullido humano detrás de otro. Al agotárseles las fuerzas, por falta de apoyo no tuvieron más opción que desgranarse ante el llamado de la gravedad; de la gravedad de lo acontecido.
Mientras los adolescentes volaban sobre las piedras, el agua se enrojeció y los hizo sentir náuseas. Los jóvenes se detuvieron y les fue imposible no llorar. Por haber oído hablar mucho de accidentes ferroviarios, Philip fue el más triste. El cuerpo le temblaba y, al notar el agua teñida y ver en ella la vida de cientos de personas, casi pierde el sentido.
En pocos segundos, comenzó a desfilar un torrente de pedazos humanos y ninguno quiso continuar su carrera ante aquella macabra corriente. Sin embargo, al saberse necesitados, prosiguieron su avance y llegaron de primeros para prestarles ayuda a los heridos y agonizantes. Aquel fracaso en el porvenir de tantas personas producía arcadas, pensándose que todo pudiera ser mentira. ¡Terriblemente era verdad! Aquellos racimos humanos, atravesados por hierros y partidos por la guadaña, les hicieron suponer a los jóvenes lo que es ir a una guerra, donde los rostros quedan para siempre sin facciones.
Un boyero cerca de la vía férrea, el único campesino que apreció el accidente desde el lado opuesto a la catástrofe, salió como una ráfaga hasta Santo Domingo y, sin resuello, interrumpió el sermón del sacerdote en la iglesia. En medio del llanto, pudo contar con dificultad lo ocurrido. Nadie tuvo duda de lo que debía hacer. El cura bajó del púlpito y los feligreses se solidarizaron de inmediato. Los ricos y los humildes, pero sobre todo las mujeres, fueron a proteger vidas y a aquietar moribundos, mientras los sacerdotes imponían la Extremaunción y los médicos evaluaban los casos más graves.
Cada parroquiano llevó medicinas y bebidas sin tener idea de lo que encontrarían. Cuatrocientas personas habían caído al cañón del río y se observaban desperdigadas entre las copas de los árboles o alfombrando la aridez de los peñones. Esas imágenes oscurecían la vista de los improvisados enfermeros, de los policías y militares, haciéndoles comprender que un rayo lanzado desde un campanario ruin llegó a la dirección supuestamente equivocada.
Con el desconsuelo de una ciudad a punto de morir, los habitantes de la capital se desplazaron hacia el lugar con sus carros, camiones, trenes y coches de alquiler, convertidos todos en ambulancias. El Hospital San Juan de Dios se transformó en un nosocomio de campaña lleno de heridos, curiosos y familiares preguntando por sus parientes. Imposible saber los nombres ni deducir el número de víctimas, porque no podían armarse los rompecabezas de cadáveres. Alguien habló de trescientos ochenta muertos, pero la cifra no importaba.
Como el resto de la población, Philip y sus amigos se convirtieron en héroes. Durante todo el día sacaron heridos de aquel tajo, espantaron aves de rapiña, persiguieron ladrones y taparon muertos con hojas de plátano.
El joven Grimes escuchó los comentarios y quedó muy preocupado: “Los culpables son los del ferrocarril, porque los enganches de los vagones estaban viejos o descompuestos”, “el tren llevaba exceso de pasaje”, “hay que linchar al maquinista y al conductor”, “no habrá dinero para que la Northern indemnice a los parientes de las víctimas”.
Por no encontrar a Wilfred, sintió miedo de que le hubieran hecho algo, dada la furia de la gente con el personal ferroviario.
–Mamá, dicen que fueron vagones viejos.
–Philip, nadie es culpable y tal vez todos lo somos. No se puede decir por qué se producen las desgracias. Recemos, es lo único que podemos hacer.
–No quiero estudiar Ingeniería. Quiero hacerme doctor para evitar tanta muerte.
En su cuarto, al irse a dormir y quitarse el pantalón lleno de sangre, de su ruedo cayeron migajas de hueso y carne pegadas ahí para su historia personal.
A pesar de que la Colonia española quiso perpetuar “la tragedia del Virilla” con un monumento en el sitio, la idea no se aceptó y las generaciones futuras olvidarían dónde y cómo fueron los hechos. El accidente ferroviario con mayor número de muertos en el mundo durante 50 años quedaría únicamente en los cuentos de los que vivieron el duelo nacional de tres días.
En las ediciones posteriores, la prensa nacional ensalzó el heroísmo de los jóvenes y dijo: “Esos campesinos puros que fueron los primeros en auxiliar a los compatriotas siniestrados, merecen el respeto de todo el país y su acción debería ser emulada por los que piensen que la humanidad es mala y han olvidado que los seres humanos somos lo mejor de la creación”.
Por supuesto, nadie mencionó jamás a los muchachos sin nombre, protagonistas en letra minúscula del salvamento, que sostuvieron manos, calmaron espíritus y llevaron, primero que nadie, estandartes de inocencia, amor y consuelo a un gran número de romeros, que no pudieron llegar hasta el santuario de Cartago, aquel agónico domingo de marzo de mil novecientos veintiséis.
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Rafael Jiménez es médico hematólogo y escritor.