
En las vacaciones de 1972, nuestra casa en barrio Finsa, Paso Ancho, tenía al frente una calle polvorienta y un cafetal con un generoso árbol de manzana rosa, últimas hilachas de un San José rural que una vez se llamó Villa Nueva de la Boca del Monte.
Rescatando del patio alguna madera, el tío Saúl hizo un marco como de 1,5 metros de alto por 1 metro de ancho, soportes traseros y una tabla horizontal al frente, como de 25 centímetros de ancho: ¡una pulpería portátil!, el gran acontecimiento para la numerosa chiquillada del barrio.
Cada mañana, el tío sacaba la pulpería a la acera y la aseguraba a la verja exterior. A todo lo alto y ancho de la estructura, mis hermanos y yo colgábamos confites, chocolates y galletas. Todos nuestros amigos llegaban, desde tempranas horas, a comprar al pequeño remedo de abastecedor. Mamá nos preparaba limonada con sirope, y vendíamos el vaso a peseta (25 céntimos de colón).
Hasta don José Vargas, el pulpero del barrio, vino un día a conocer a su nuevo competidor, preguntando en cuánto vendíamos cada golosina: “¿En cuánto los marcianitos, las burbujas y los chiclosos? ¿Y los confites de mora y de mantequilla? ¿Y las sorpresas de gofio, los paladines, los besitos y las maicenitas?”. Entre risas, contaba que ningún chiquillo había vuelto a comprarle, pues todos querían hacerlo en la nuestra, aun pagando “un cinco o un diez más”, que era mucho. Hasta sus hijos, Marisol y Minor, venían a comprar a la pulpería de juguete.
Los días transcurrían lentos y luminosos en aquel verano azul, perfumado de cafetal maduro y manzana rosa. Desde muy temprano empezaba el desfile de “guilas”, incluso adultos, que compraban para participar del juego, liberando al niño que escondían dentro.
Cierto día, a media tarde, vimos acercarse a un carretonero tirado por un caballo. Detuvo la mansa, vieja y cansada bestia; se orilló parsimoniosamente y bajó de la parte alta del carromato. Yo quedé como hipnotizado ante lo que parecía un enorme camión de carga. Mis hermanas lo atendieron; yo solo atinaba a contemplar detenidamente el carro, la mula y al hombre. Lo recuerdo anciano; su rostro atravesado por mil cauces. Su semblante, duro como una piedra; su mirada, inexpresiva.
Se acercó, preguntó por la limonada haciendo el esfuerzo de encender una sonrisa que, si la hubo, fue demasiado efímera para precisarla.
Su mano era vieja, tostada por el sol de muchos siglos; mano sucia que puso sobre el mostrador la moneda limpia y pura de su trabajo humilde. Observé que no llevaba carga en la parte trasera del carro. Ni tablas, ni cemento; y que tanto su cara como la de su jumento denotaban agotamiento. Quizá la ardua jornada había llegado a su final.
Bebió el líquido, devolvió el vaso, dio las gracias con la expresión pétrea de su rostro arrugado y subió para retomar las riendas.
Yo me quedé inmóvil mirando cómo el carretonero se perdía a lo largo del camino del sur, en medio del polvazal, hasta que dejé de verlo al doblar del cafetal, como enrumbando hacia la pulpería La Guacamaya.
Aquel podría haber sido el último de los carretones de caballo, pues no volví a ver otro por las calles, ni aparcados frente a depósitos de materiales. Lo confirmé recientemente, al descubrir que, en 1972, la Municipalidad de San José decretó su prohibición definitiva.
Al repasar esos días, vuelve a mi mente el momento en que el viejo y cansado carretonero se alejaba con su carromato y su caballo, levantando el polvo del camino, apurando el destino para su descanso. ¿Sería su última salida? ¿Qué habrá sido de él, su trabajo y su bestia? ¿Cuántos más como él habría entonces?
Hoy comprendo que, en aquella polvareda, no solo se alejó el hombre y su caballo. En su remolino, se llevó el último vestigio del San José rural, nuestra pulpería, al tío, a mis padres y las vacaciones infinitas de tres meses. También el barrio, el cafetal y aquel árbol de manzana rosa cuyo olor siempre me evoca los azules días de la niñez.
Víctor Chacón Rodríguez es director de la Cámara de Fondos de Inversión y del Instituto de Gobierno Corporativo.