Nuestra Corte Suprema de Justicia está vestida de una piedra que nació del agua.
Está así desde que el edificio abrió sus puertas, en 1966.
Esta roca llamada travertino es entre gris, crema y rosada, con vetas e irregularidades. Antes de llegar a San José, se formó en Navarro del Socorro, en Cartago.
El travertino pertenece a la familia de las calizas, aunque se forma de otra manera. No nace en el fondo marino, sino en tierra firme. El agua circula bajo tierra, recoge carbonato de las rocas y, al volver a la superficie, lo deposita.
Trabaja con lo que tiene a mano. Una piedra, una rama, una hoja. Los recubre y crece a su alrededor. Después, la rama o la hoja pueden desaparecer, pero su forma queda grabada. Así va naciendo una roca porosa, irregular, llena de huecos y formas caprichosas.
En Navarro, el agua tiene el carbonato cerca. Ahí afloran las calizas de la Formación San Miguel, que se formaron bajo un mar hace más de diez millones de años. El travertino llegó mucho después. El agua atravesó esas calizas, tomó parte de su carbonato y lo devolvió convertido en piedra nueva. Algo así como reciclar un mar.

Para encontrar el travertino, hay que bajar. Desde Cartago, la carretera se hunde entre laderas cada vez más empinadas. Más que entrar a un valle, parece que uno se sumerge en él. Abajo corren el río Navarro y el Perlas.
Bajo ese paisaje pasa el sistema de falla Navarro. Sus fracturas modelan el valle y abren caminos para que el agua descienda, se caliente y vuelva a subir como agua termal. La montaña está rota y el agua sabe aprovechar las grietas.
En el libro Las aguas minerales y termales de Costa Rica, editado por el geólogo Guillermo Alvarado, se ubican esas aguas desde Agua Caliente y El Guarco hasta Orosi, río Perlas y Navarro.
Hacia 1860, el naturalista Alexander von Frantzius contaba que el camino descendía con recodos en forma de zigzag hasta el fondo del valle. Cerca del río, encontró una fuente tibia que dejaba sedimentos calcáreos a su paso. Describió también grandes depósitos de travertino y, al otro lado, calizas con fósiles marinos. Las dos rocas estaban ahí, una frente a la otra.
Hace unas semanas, seguimos ese camino hasta la finca de unos amigos, en Navarro del Socorro, cerca del río Perlas. Entre la vegetación, apareció una enorme pared de travertino.
El lugar era un pequeño valle dentro del valle. La pared se levantaba varios metros y la vegetación había vuelto a apropiarse de ella. Musgos, helechos y bromelias crecían sobre la roca; raíces larguísimas bajaban desde arriba. Entre los bloques se colaban haces de luz y, en algunos rincones, colgaban pequeñas estalactitas. Era una cueva abierta en el jardín.
Empezamos a buscar formas en la piedra. Primero encontramos hojas. El contorno seguía dibujado y en algunas todavía se veían las nervaduras. Después aparecieron pequeños tubos y jugamos a adivinar qué había habido ahí: una ramita, un tallo, tal vez una raíz. El mineral pudo crecer a su alrededor y la materia orgánica desaparecer, dejando solo el hueco. La piedra guardaba la forma de lo que ya no estaba.
Según nos contaron, muy cerca de ahí estuvo la cantera de la que habría salido el travertino de la Corte. Extraído y cortado en placas, dejó el fondo de Navarro, subió hasta la meseta y llegó a San José.
Sesenta años después, sigue vistiendo uno de los principales edificios del Circuito Judicial. De lejos, las diferencias de tono le dan movimiento a la fachada. De cerca, se multiplican. Las placas cambian de tono, las vetas se interrumpen y la superficie conserva las marcas de una roca que nació llena de poros y cavidades. Para utilizarla como enchape, los huecos de la superficie fueron rellenados. Aun así, queda mucho de aquella piedra caprichosa que vimos en Navarro.
El travertino fue adaptado, pero no dejó de parecerse a sí mismo. Quizá en esa cercanía radica su belleza. El agua fue avanzando, rodeó hojas y ramas, dejó carbonato y también dejó vacíos. Nunca fue perfecto. Tampoco hizo falta que lo fuera para llevarlo a la Corte. Ahí continúa, seis décadas después, con sus diferencias y cicatrices todavía reconocibles.
A veces confundimos las imperfecciones con una prueba de que algo ha dejado de servir. Estamos acostumbrados a pensar lo imperfecto con demasiada impaciencia. Lo imperfecto de la democracia, de la salud pública o del sistema judicial.
El travertino de la Corte nos propone otra posibilidad: hay cosas que pueden ser irregulares, mostrar el paso del tiempo y necesitar reparaciones sin que por ello haya que sustituirlas.
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Emma Tristán es geóloga y consultora ambiental.
