
Mi abuela dice que no es feminista. No marcha ni habla de ideologías, pero al contar su vida aparece una historia marcada por la desigualdad y por relaciones en que el poder lo define el dinero. Entonces, uno entiende que el feminismo no siempre se nombra, pero se vive.
Hoy, mientras resurgen discursos que impulsan el modelo de la trad wife, pareciera que olvidamos por qué tantas mujeres lucharon por ser libres.
La tendencia vuelve con nueva estética: tonos beige, comidas orgánicas, pilates al mediodía y la figura de la soccer mom devota a su marido y sus hijos. Una vida aparentemente tranquila en que el hombre provee. Se presenta como elección y privilegio, pero deja una pregunta incómoda: ¿hasta qué punto esa libertad es real?
Las redes sociales han promovido esta narrativa. Se muestran niños influencers con su madre siempre arreglada que “solo” limpia, cocina y organiza el hogar, pero muchas de esas creadoras sí trabajan monetizando su contenido, vendiendo un falso discurso. Las verdaderas esposas tradicionales son las que no tienen ingresos propios ni posibilidad de generarlos.
Se habla de la mujer mantenida como privilegiada, pero esa comodidad tiene condiciones como aceptar intimidad sin consentimiento, soportar violencia o convivir con infidelidades y adicciones sin margen para irse. La dependencia económica limita la decisión de quedarse o salir. También implica pedir permiso, depender de una mesada y no construir experiencia laboral para un futuro asegurado, en un país donde conseguir empleo ya es difícil, sobre todo en estos tiempos. Este llamado privilegio termina siendo una renuncia silenciosa a la autonomía.
Además, estar desempleada no significa dejar de trabajar. Se asume toda la carga doméstica y de crianza, trabajo no remunerado y muchas veces despreciado. Un acuerdo implícito donde uno trae dinero y la otra sostiene la casa física y emocionalmente, sin salario ni reconocimiento. Por eso, la idea del camino fácil es engañosa. Depender de alguien siempre implica riesgo.
Hoy sorprende que esta narrativa sea promovida por generaciones jóvenes que aún no han vivido en pareja, donde depender se presenta como aspiración y aportar, como humillante.
La independencia financiera en pareja no significa dividir todo exactamente a la mitad, sino tener poder de decisión. En muchas relaciones heterosexuales, los roles de género rígidos y anticuados concentran el control. Superarlos y reconocer el aporte de la mujer junto con la distribución de tareas favorece un equilibrio más justo.
También han cambiado las redes de apoyo. Antes, muchas mujeres quedaban aisladas por sus esposos, sin más opción. Hoy existen comunidades de mujeres, de amigas, hermanas y madres que tienen la posibilidad de sustentarse y sostenerse entre sí sin necesidad de un hombre que las mantenga.
Por eso sorprende que, justo cuando esa autonomía empieza a consolidarse, resurja un discurso que romantiza la subordinación. No se trata de juzgar a quien elige este estilo de vida, sino de no idealizar un modelo que históricamente ha limitado a tantas mujeres.
Las adultas mayores ahora aconsejan tener lo propio, porque saben lo que es tenerlo todo y no tener nada. Han resistido muchos años sin etiquetas.
Mi abuela dice que no es feminista, pero me impulsa a estudiar y trabajar para no estar sujeta a nadie. Asegura que no es feminista, pero sacó su carrera a escondidas para que ningún hombre decidiera si iba a tener un plato en su mesa, porque, como ella dice, quien te da de comer puede hacerte morir de hambre.
Mi abuela no se llama feminista, pero lo es.
Porque, al final, la pregunta no es si la jaula es cómoda. La pregunta es por qué alguien, en el siglo XXI, querría seguir viviendo dentro de ella.
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Alicia Bettoni es ‘social media manager’, creadora de contenido y enfermera veterinaria.