
Vivir en Estados Unidos se está haciendo cada vez más difícil de costear para una parte considerable de su población. A millones de personas, el “sueño americano” se les escapa como el agua entre los dedos.
En los últimos 25 años, el 1% más adinerado de los norteamericanos ha tenido ganancias infinitamente mayores que el 50% de la población con menos ingresos. En 2025, según la revista de finanzas Forbes, ese 1% más favorecido acaparó el 31,7 por ciento de la riqueza nacional, el nivel más alto desde 1989.
Los hogares más acaudalados disfrutan un momento de expansión. Su riqueza crece impulsada por el alza de los mercados financieros y el encarecimiento de los bienes raíces. Los privilegiados invierten, diversifican sus carteras, asumen riesgos calculados y se benefician de un sistema fiscal que protege sus ganancias.
En la otra cara de la moneda, la mayor parte de la sociedad norteamericana afronta una realidad económica muy inquietante. Los precios de los alimentos, de los servicios básicos y de la vivienda no dejan de subir, y los salarios no aumentan ni remotamente al mismo nivel y, en muchos casos, se mantienen estancados. El presupuesto de las familias está asediado por el alza incontenible de los precios y, para muchos, llegar a fin de mes es una hazaña épica.
La desigualdad social se ha disparado en Estados Unidos. Pero lo más preocupante no es la desigualdad en sí, sino la precariedad económica que sufre una gran parte de la población, incluso la clase media, que se bate en retirada ante la avalancha de la subida de los precios.
El famoso “sueño americano” se basaba en la idea de que en Estados Unidos era posible alcanzar una vida económicamente estable y placentera, con casa propia, automóvil y otras comodidades. El “sueño americano” prometía progreso y que cada generación viviría mejor que la anterior. Pero hoy esa promesa se debilita.
Trabajos que hace décadas ofrecían seguridad, como los del sector manufacturero, hoy han menguado considerablemente o se han perdido. Han sido reemplazados por empleos precarios, muchas veces peor remunerados. Para muchos jóvenes, comprar una vivienda es una meta lejana o imposible.
La crisis tiene diversas causas: la globalización, la automatización de numerosos trabajos, la transformación del mercado laboral y también las decisiones políticas, como los recortes de impuestos a los ricos que Donald Trump promulgó en su primer periodo en la presidencia. Cuando las ventajas fiscales favorecen de manera desproporcionada al 1% más acaudalado frente a la mayoría trabajadora, la desigualdad crece. Y cuando el precio de la vivienda aumenta sin control, impidiendo que muchas familias se conviertan en propietarias, la clase media pierde una de sus principales fuentes de acumulación de capital o de ahorro.
La escasez de ingresos para compensar la subida de los precios de productos y servicios básicos bloquea el acceso a la inversión para la mayoría. Los ricos invierten grandes sumas en la bolsa de valores, en acciones de tecnología, por ejemplo, y disfrutan de un amplio retorno de la inversión, pero para la mayoría, esa oportunidad está fuera de su alcance. La economía estadounidense es una autopista con carriles muy separados entre los que van a toda velocidad y los que se mueven a paso de tortuga, o se quedan en la cuneta.
Estados Unidos sigue teniendo una de las economías más dinámicas del mundo, pero los frutos de ese dinamismo se distribuyen de una manera muy desigual. Y una sociedad donde amplios sectores pierden la esperanza de progresar corre el riesgo de fracturarse. La desigualdad erosiona el bolsillo, y también la confianza en el sistema.
Andrés Hernández Alende es un escritor y periodista radicado en Miami. Sus novelas más recientes son 'El ocaso' y 'La espada macedonia‘, publicadas por Mundiediciones.