
El café costarricense ha sido por décadas una de las imágenes más representativas del país. Desde el siglo XIX, impulsó el crecimiento económico nacional, fortaleció las exportaciones y ayudó a posicionar a Costa Rica en el comercio internacional. Incluso hoy, sigue siendo reconocido mundialmente por su calidad y prestigio en mercados especializados.
Sin embargo, detrás de esa imagen de excelencia, existe una realidad compleja. Mientras el café costarricense gana reconocimiento internacional, muchos productores enfrentan costos cada vez más altos, precios inestables y crecientes dificultades para mantener la rentabilidad de sus fincas.
Diversas investigaciones sobre el sector cafetalero señalan que, desde la apertura del mercado internacional del café a finales del siglo pasado, la incertidumbre económica para los productores ha aumentado considerablemente. A ello se suma que buena parte de las ganancias se concentra en determinados eslabones de la cadena comercial, mientras pequeños y medianos caficultores afrontan mayores dificultades económicas.
Aunque Costa Rica posee condiciones ideales para producir café de alta calidad, hacerlo es cada vez más costoso. El aumento en el precio de la mano de obra, los fertilizantes, la electricidad, el transporte y otros insumos ha reducido los márgenes de ganancia. Estudios sobre la caficultura nacional muestran, incluso, que los costos de recolección llegaron a representar cerca de un tercio del costo total de producción en algunas cosechas.
Además, el precio del café depende en gran medida del mercado internacional. La sobreproducción mundial y las variaciones en la oferta y la demanda provocan fuertes fluctuaciones en el valor del grano. Países como Brasil y Vietnam cuentan con producciones masivas que les permiten competir con precios mucho más bajos, lo que dificulta aún más la situación de los productores costarricenses.
Frente a este panorama, Costa Rica ha optado por diferenciarse mediante la calidad, la sostenibilidad y las certificaciones internacionales. Más que competir por volumen, el país ha buscado posicionar su café como un producto especializado y de alto valor agregado. Gracias a ello, el grano de oro mantiene una imagen sólida en mercados donde los consumidores valoran cada vez más la calidad y las prácticas sostenibles.
No obstante, no debería persistir la contradicción de que el prestigio internacional del café nacional crezca al tiempo que muchos de quienes lo producen enfrentan condiciones económicas cada vez más difíciles.
Uno de los grandes desafíos del país es proteger a quienes sostienen esta actividad mediante un modelo económico que permita que el reconocimiento internacional del café se traduzca en mejores condiciones de vida para las familias cafetaleras.
alejandra.henriquez.oviedo@est.una.ac.cr
Alejandra Henríquez Oviedo es estudiante de Relaciones Internacionales en la Universidad Nacional (UNA).