
Vivimos tiempos en los que pareciera que las noticias solo encuentran espacio para el conflicto, la confrontación y el desencanto. Sin embargo, de vez en cuando aparece una historia sencilla que nos recuerda que todavía existen razones para creer en las personas, en la comunidad y en la misteriosa manera en que Dios puede servirse de lo pequeño para hacer cosas grandes.
Una de esas historias tiene nombre: Julieta Segura Montero. Barveña de corazón, Julieta hizo realidad, a sus 56 años, uno de los anhelos más profundos de su vida: convertirse en reina de las fiestas patronales de la parroquia San Bartolomé Apóstol, de Barva. Detrás de aquella corona, existe una hermosa lección sobre perseverancia, fe, autenticidad y generosidad.
Durante meses, la vi caminar incansable por las calles de Barva. Asistía a las eucaristías, participaba cada jueves en la hora santa y repartía pequeños papelitos para explicar cómo podían votar por ella. Su mensaje siempre volvía al mismo punto: el reinado era un medio para recaudar fondos destinados a la restauración del templo.
“Es para Dios... y, la verdad, también es mi sueño”, nos decía a quienes nos la topábamos en el camino.
Julieta puso su sueño al servicio de una causa mayor. Y cuando una ilusión personal comienza a beneficiar a otros, adquiere una fuerza distinta.
Antoni Gaudí dejó una frase que encuentra eco en esta historia: “Para hacer bien las cosas se necesita, en primer lugar, amor y, en segundo lugar, la técnica”. Julieta quizá no conocía técnicas de mercadeo o construcción de imagen. No las necesitó. Tenía algo anterior a todo eso: amor por su parroquia, por su pueblo y por aquel sueño que había guardado durante años.
Su historia trascendió las fronteras de Barva
La lucha por la corona llegó hasta la televisión nacional. Allí, con su espontaneidad habitual, dijo entre risas que estaba tan decidida a ganar que, si no lo lograba, “iba al chino y se compraba una corona”.
Algunos encontraron en Julieta material para la broma o la mofa. Dios, en cambio, parecía mirar algo completamente distinto: un instrumento capaz de unir a todo un pueblo alrededor de una causa.
Entonces cobran especial sentido aquellas palabras de Jesús: “Yo te alabo, Padre, Señor del cielo y de la tierra, porque has ocultado estas cosas a sabios e inteligentes, y se las has revelado a pequeños” (Mateo 11,25).
Cuántas veces buscamos lo extraordinario en los lugares equivocados. Allí donde algunos ven pequeñez o ingenuidad, Dios puede encontrar un corazón limpio y a la persona capaz de tocar cientos de vidas.
Llegó el 8 de agosto. El templo estaba completamente lleno y cientos de personas seguían la transmisión desde sus celulares. Cuando anunciaron que Julieta había obtenido 5.745 votos, equivalentes a ¢574.500 destinados a la restauración del templo, los gritos de alegría parecían los de una final de Copa del Mundo.
Aquella felicidad ya no pertenecía únicamente a Julieta. Era de todo Barva. Decimos con frecuencia que “Dios no se deja ganar en generosidad”. Julieta salió a buscar votos para restaurar un templo y terminó con algo que ningún dinero podía comprar: el cariño de un pueblo entero.
La gran lección
En tiempos en los que pareciera que, para destacar, hay que levantar la voz más que los demás, Julieta escogió la sencillez. Mientras otros construyen campañas alrededor de sí mismos, ella construyó la suya alrededor de una causa. Mientras tantos buscan reconocimiento personal, ella convirtió su sueño en una oportunidad para servir a su parroquia. Y Barva respondió.
Porque, al final, quizá esa sea la gran lección que nos deja Julieta: cuando primero está el amor, hasta el sueño más sencillo puede convertirse en instrumento de Dios para unir a todo un pueblo. De corazón, ¡Felicidades, Julieta!
Germán Salas M. es periodista.
