
Jaime Ordóñez construye su artículo “El lado correcto de la historia” (publicado el 10 de mayo en La Nación) alrededor de tres figuras que, a su juicio, representan una autoridad moral contemporánea: el papa León XIV, Francesca Albanese y Pedro Sánchez.
Con respecto al primero, no tengo objeción alguna. El papa León XIV ha mantenido una línea humanista coherente con la posición de la Iglesia frente al sufrimiento civil. Mi diferencia surge con Albanese y Pedro Sánchez, figuras que el autor presenta como referentes éticos casi incuestionables, pese a que ambos arrastran controversias políticas e institucionales difíciles de ignorar.
No porque Israel deba quedar exento de críticas. Ningún Estado debería estarlo. El problema aparece cuando quienes ocupan ese pedestal moral quedan inmunes al mismo escrutinio intelectual e histórico que exigen de Israel.
Ahí es donde, en mi criterio, el artículo de Ordóñez comienza a debilitarse. Porque en su intento de explicar uno de los conflictos más complejos del planeta, termina reduciéndolo a una receta ideológica. Occidente ocupa el rol del villano. Israel representa al bárbaro asesino. El resto de los actores y matices quedan subordinados a esa conclusión.
El autor habla de “Occidente” como si fuera una sola entidad moral homogénea. Eso es intelectualmente insostenible. Europa no piensa igual. Estados Unidos no piensa igual. Ni siquiera Israel piensa igual consigo mismo. Hay diversidad de criterios, y muchos.
Ordóñez acusa a Occidente de barbarie mientras ignora una diferencia fundamental. Las democracias occidentales que él condena son también lugares donde existe prensa libre, oposición política y ciudadanos capaces de insultar públicamente a sus gobiernos sin terminar encarcelados o asesinados.
Eso no ocurre bajo Hamás. Eso no ocurre en Irán. Eso no ocurre en Rusia.
En Gaza, Hamás extermina disidentes. En Irán, miles fueron asesinados por protestar. En Rusia, periodistas críticos desaparecen o terminan envenenados. Sin embargo, ninguna de esas tragedias pareciera producir en Ordóñez la misma indignación moral que Israel.
Esa diferencia importa porque el autor no se limita a cuestionar decisiones israelíes. Su artículo termina colocando a Israel en una categoría moral excepcional, mientras dictaduras y regímenes autoritarios responsables de censura, represión y asesinatos políticos reciben considerablemente menos atención y condena pública. Esos regímenes autoritarios parecieran ser insensibles a la pluma de Ordóñez.
También presenta a Pedro Sánchez como una voz moral privilegiada. El gobierno de Pedro Sánchez permanece rodeado por escándalos como el caso Koldo, las investigaciones contra Begoña Gómez y los cuestionamientos sobre Air Europa, entre otros. Resulta difícil entender cómo, bajo el clima político que vive España, Sánchez levanta con tanta facilidad el dedo acusador contra Israel mientras buena parte del oro arrancado durante siglos de América Latina todavía descansa cómodamente en las entrañas económicas del viejo Occidente. ¿Doble rasero?
Mi distancia con Francesca Albanese es todavía mayor. El autor pareciera asumir que sus posiciones representan una autoridad jurídica y moral prácticamente irrefutable. Yo no lo veo así. Albanese ha sido objeto de fuertes críticas internacionales por declaraciones consideradas parciales y por un lenguaje político que frecuentemente abandona cualquier apariencia de neutralidad.
Eso no significa que todo lo que digan Albanese y Sánchez sea falso. Significa, simplemente, que no son figuras inmunes al cuestionamiento intelectual ni oráculos de virtud absoluta.
Luego, Ordóñez intenta presentar a Gaza y Ucrania como conflictos equivalentes. No lo son.
Ucrania fue invadida por una potencia expansionista impulsada por Vladimir Putin. Hamás no es Ucrania. Hamás inició esta guerra con una masacre brutal contra civiles israelíes el 7 de octubre de 2023. Entraron a comunidades, asesinaron familias enteras, secuestraron niños y ancianos y utilizaron terrorismo deliberado como estrategia política. Eso no convierte automáticamente toda respuesta israelí en correcta, pero sí destruye la equivalencia moral que el autor intenta construir.
Más preocupante resulta que Ordóñez explique acciones de Israel recurriendo a referencias sobre genocidios cometidos en nombre de “Dios” y del “pueblo elegido”. Ese lenguaje no es nuevo. Durante siglos, la judeofobia europea construyó la idea de que los judíos eran un pueblo moralmente corrupto y peligroso precisamente por considerarse “elegidos”. Esa percepción distorsionada alimentó persecuciones, expulsiones y algunas de las páginas más oscuras de la historia europea.
El autor tiene pleno derecho de criticar a Israel, como a cualquier Estado democrático. El inconveniente aparece cuando la crítica abandona decisiones concretas de un gobierno y comienza a insinuar que el problema descansa en una supuesta deformación moral o religiosa vinculada a la identidad judía misma.
Algo similar ocurre cuando habla de los “morenitos palestinos de la Franja” y denuncia “racismo medieval en pleno siglo XXI”. La frase busca transmitir sensibilidad moral, pero termina exhibiendo una indignación profundamente selectiva. Hace apenas meses, miles de iraníes fueron asesinados, encarcelados o brutalmente reprimidos por protestar contra el régimen de Teherán. Muchos de esos mismos “morenitos” persas, aparentemente, no merecieron la misma urgencia moral ni el mismo espacio de indignación pública.
Esos hombres y mujeres fueron perseguidos por hacer exactamente lo mismo que hoy hace Ordóñez en un periódico libre: ejercer su libertad de expresión. Aun así, pareciera que, para él, ciertas víctimas pierden fuerza simbólica dependiendo de quién oprime el gatillo.
Ordóñez, además, escribe sobre Israel como si la historia hubiese comenzado en 1948. Ignora milenios de continuidad religiosa, cultural e histórica judía documentada en Jerusalén, Judea y el antiguo Reino de Israel.
Quizá la prueba más incómoda para quienes, como Ordóñez, reducen el sionismo a una ideología monstruosa sea recordar a Yitzhak Rabin. Rabin fue sionista, militar y peleó en muchas de las guerras de Israel. Aun así, entendió algo que muchos extremistas todavía se niegan a aceptar: israelíes y palestinos estaban condenados a encontrar alguna forma imperfecta de coexistir.
Por intentar construir esa salida, terminó asesinado por un extremista judío.
Ese dato destruye otra simplificación frecuente en el artículo de Ordóñez. El sionismo no es un monstruo de mil cabezas dedicado a destruirlo todo. En esencia, nació y sigue siendo la idea de que el pueblo judío también tiene derecho a la autodeterminación en la tierra de sus ancestros.
Finalmente, conviene recordar algo incómodo. Nadie deja automáticamente de ser antisemita simplemente porque crea no serlo. Thomas Jefferson escribió algunas de las palabras más hermosas sobre libertad e igualdad humana y, aun así, murió rodeado de esclavos en Monticello.
El problema nunca ha sido criticar a Israel. El problema aparece cuando la indignación deja de medir hechos y comienza a medir identidades. Cuando unas víctimas conmueven más que otras. Cuando ciertos muertos reciben portadas, discursos y lágrimas, mientras otros apenas sobreviven unas horas en la memoria pública.
Ahí la discusión deja de ser sobre derechos humanos y comienza la apología del odio.
Abraham Stern es abogado, escritor y humanista.