
Lo que dejó al descubierto el show de Bad Bunny en el Super Bowl no fue solo una propuesta artística, sino el grado de polarización política y cultural que atraviesa nuestra sociedad.
Algunos lo celebraron como una afirmación cultural latina ante millones de espectadores. Otros lo criticaron con dureza. Sectores conservadores –incluido Donald Trump– lo calificaron como uno de los peores espectáculos en la historia del evento. El politólogo argentino Agustín Laje planteó una crítica distinta: convertir en símbolo progresista a un artista multimillonario impulsado por el sistema capitalista sería, en sí mismo, una contradicción.
El argumento merece reflexión.
Bad Bunny no es un artista marginal ni antisistema. Este año obtuvo el Grammy a Álbum del Año, el primero completamente en español en lograrlo. También fue reconocido como Mejor Álbum de Música Urbana y ha sido el artista más escuchado globalmente en Spotify en varios años recientes. Estamos, por tanto, ante una figura plenamente validada por la industria y el mercado.
Sin embargo, el debate de fondo no es musical. La verdadera tensión es otra: ¿puede alguien cuestionar estructuras sociales mientras prospera dentro de ellas? ¿Es el éxito comercial incompatible con una postura cultural o ideológica? Tal vez la pregunta no sea si existe contradicción, sino si estamos dispuestos a aceptar la complejidad.
La cultura pop no es un tratado político; es un espejo emocional. El mercado no premia ideologías, sino conexión. Cuando esa conexión es masiva y transversal, no puede reducirse a una simple estrategia de marketing. Es cierto que la industria del entretenimiento estadounidense ha mostrado afinidad con sensibilidades progresistas, pero convertir esa tendencia en una teoría de manipulación sistemática exige algo más que sospechas: exige evidencia.
A lo largo de la historia, la música popular ha funcionado como termómetro social. Cada generación ha encontrado en ella una forma de expresar tensiones, rebeldías y aspiraciones. El pop contemporáneo dialoga hoy con debates sobre identidad, representación y poder simbólico. Su impacto radica menos en la calidad sonora que en su capacidad para revelar las fracturas culturales de su tiempo.
Por eso, el show no puede reducirse a una discusión de gusto personal. El Super Bowl es un escenario de poder cultural global. Cuando un artista latino ocupa ese espacio, el gesto adquiere una dimensión que trasciende lo artístico.
Ahora bien, reconocer ese peso simbólico no implica convertir al artista en portavoz absoluto de una cultura. Latinoamérica es plural y contradictoria. Podemos celebrar la visibilidad sin sentirnos plenamente identificados con la estética que la representa.
También surgió otra crítica: se cuestionó que Bad Bunny mencionara a países como Nicaragua, Cuba y Venezuela sin haberse pronunciado antes sobre la situación de libertad y derechos humanos en esas naciones. Para algunos, ese contraste debilita la coherencia entre gestos simbólicos y causas concretas en nuestra región.
Esto abre una discusión más profunda: ¿hasta dónde llega la responsabilidad política de un artista? ¿Debe toda expresión cultural convertirse en activismo integral? Defender la libertad cultural implica permitir que el arte se exprese sin censura, pero también reflexionar con madurez sobre sus implicaciones.
En tiempos de polarización, la cultura puede convertirse en campo de batalla o en espacio de diálogo. Lo ocurrido en el Super Bowl fue un espejo, no solo del artista, sino de nosotros mismos. La elección no depende de él. Depende de nosotros.
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Arnoldo Castillo es empresario, artista y productor. Interesado en el análisis geopolítico, la ciencia y cultura.