
El «Auriga de Delfos» es una de las pocas esculturas originales en bronce que se conservan del mundo griego. Conmemora la victoria del tirano Polizalo de Gela en la guerra de cuadrigas de los juegos píticos. Es una figura erguida, de rostro sereno, expresión centrada y actitud impasible.
El auriga conducía y sostenía las riendas de la cuadriga portando el premio: una corona de laurel. Se decía que eran esclavos que durante los triunfos romanos susurraban continuamente «recuerda que eres solamente un hombre», para evitar que la celebración llevara a los generales a enorgullecerse demasiado.
Auriga, en su etimología, procede del latín y es una palabra compuesta por «aurea» (freno) y «augere» (conducir). Puede evocar dos riendas a las que el filósofo Platón se refiere: «El hombre es un auriga que conduce un carro tirado por dos briosos caballos: el placer y el deber. El arte del auriga consiste en templar la fogosidad del corcel negro (placer) y acompasarlo con el blanco (deber) para correr sin perder el equilibrio».
Platón asocia asimismo esta palabra con la virtud de la prudencia: «Auriga de la conducta humana, que conduce a la persona». Poco después, Aristóteles, en la «Ética a Nicómaco» señala: «La prudencia no tiene poca importancia, ni siquiera mucha. Tiene una importancia absoluta». La definición clásica sobre la prudencia la calificó como «madre y fundamento de las restantes virtudes». Se la distinguió con el título de «auriga virtutis», es decir, la que llevaba las riendas de todas las demás.
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Algunos ven en los cuatro caballos de la cuadriga la prudencia, la justicia, la fortaleza y la templanza. Pensadores, filósofos, literatos y dramaturgos la han considerado la base de algo serio y profundo: la felicidad. Epicuro, en su ética escrita en el siglo III a. C., afirmó que de la prudencia nacen todas las demás virtudes, porque enseña que no es posible vivir sensata, honesta y justamente sin ser feliz.
Etimológicamente, prudencia viene del latín «procul videre», que significa ver de lejos, lo que comprendemos como «verla venir», y decidir adecuadamente. Está relacionada con la inteligencia, con la razón práctica.
La persona prudente no camina sola, busca consejo, pues sabe que tiene limitaciones. Si le corresponde juzgar, escucha todas las campanas. Actúa una vez que ha juzgado rectamente. No cierra los ojos a la realidad. Tiene memoria del pasado para no tropezar dos veces con la misma piedra. Llega al fondo de los problemas y no se queda en la superficie.
Además, es diligente, no retrasa sus decisiones ni es amiga de dejar asuntos pendientes. Tampoco es rígida, tiene flexibilidad, pues sabe que muchas veces no es conveniente correr sino llegar a tiempo. Asume plenamente la propia responsabilidad sin refugiarse en el anonimato.
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Previsores, intuitivos, circunspectos y sagaces navegan los prudentes. Cautelosos, ponderan los efectos positivos y negativos; distinguen el anverso del reverso. Son recelosos ante los astutos que casi siempre van por lo útil y no por lo noble. Esta virtud tiene una extensión social en la familia, en el gobierno de las instituciones y en la política.
La prudencia es la virtud necesaria de los que tienen la grave responsabilidad de gobernar. Quien no tiene prudencia personal difícilmente tendrá prudencia directiva. El gobierno empieza por uno mismo.
Eurípides repetía: «La temeridad es peligrosa en un jefe: el verdadero coraje es la prudencia». No es prudente el que no se equivoca nunca, sino el que sabe rectificar sus errores. Busca todo lo que tiene sentido, es razonable y verdadero. Procura hacer el bien, por eso tiene la humildad de saber escuchar al auriga que susurra en su oído: recuerda que eres solamente un hombre…
La autora es administradora de negocios.