Danny Paredes Rodríguez. 31 julio

El anciano frágil es el grupo más grande por el cual nos enfrentamos desde hace décadas al problema de qué constituye un esfuerzo apropiado o racional de cuidados al final de la vida.

Desde antes de la pandemia existe la preocupación de que los pacientes sean discriminados basándose únicamente en su edad.

Una razón para racionar el uso de las unidades de cuidados intensivos (UCI) es que estas camas son las más escasas por estar destinadas a una atención extremadamente costosa. Pero como no es éticamente aceptable colocar un precio a la vida de las personas, debemos formular una justificación para seleccionar pacientes: las estadísticas demuestran que cumplir el objetivo de restaurar la salud es más probable en algunos que en otros.

Optimizar el recurso implica priorizar el ingreso de pacientes cuyas características predicen más beneficio y mantener el soporte preferiblemente a quienes estén respondiendo.

En otras palabras: los pacientes sin fallo en ningún órgano “están demasiado bien” para beneficiarse y en el otro extremo están quienes tienen fallos avanzados en más de tres órganos o están en condición terminal, y es improbable evitar su muerte.

La respuesta a cómo racionar mejor el uso de este recurso cuando la demanda excede la oferta sanitaria es compleja y controversial. No existe una sola guía internacional para la selección de pacientes que dé prioridad, por ejemplo, al orden de llegada o a un método aleatorio (lotería), pues se consideran formas que no maximizan los beneficios para la sociedad.

Criterios. La mayoría de los países se enfocan en cálculos de supervivencia a corto o largo plazo, y la noción de futilidad, que es la falta de respuesta prevista u observada en las terapias.

En ese entramado de consideraciones, la edad importa por tres razones. La primera es que aun un envejecimiento sano se asocia con el deterioro de órganos, aunque no se manifieste como enfermedad. Esto explica por qué el adulto mayor de 80 años corre más riesgos de morir por cualquier causa al ingresar a cuidados intensivos.

La segunda es que, en situaciones de saturación, el objetivo es salvar el mayor número de vidas por cada cama. Para esto se prioriza el ingreso de pacientes que, con igual gravedad, mostrarán recuperaciones más rápidas; así se lograría salvar en un mes tres vidas en vez de una por cada cama. Ciertamente, las enfermedades adicionales son el principal predictor, pero la edad también.

La tercera razón es salvar el mayor número de años por vivir. La muerte es indeseable porque supone el fin del tiempo disponible para desarrollar proyectos y tener experiencias. La muerte de un joven de 30 años implica la privación de oportunidades, en promedio, de unas 5 décadas de vida.

La muerte de una persona de 90 ocurre ya cuando ha superado su expectativa vital. Por eso, si hay igualdad de otras consideraciones y solo un ventilador disponible, se recomienda salvar a la persona más joven.

Tenemos que confrontar la intuición moral de que toda vida es valiosa, y ninguna muerte es buena, con el hecho de que algunas muertes conllevan más pérdida de años de “vida por completarse” que otras, y algunas vidas salvadas tendrán más independencia y nivel de bienestar que otras.

Es la única forma de optimizar racionalmente el uso de recursos insuficientes para que la sociedad tenga los máximos beneficios.

Buena calidad de vida. Antes de preocuparnos por si todo adulto mayor tiene derecho a ser intubado, deberíamos ocuparnos de que la mayoría de los que no enfermarán en esta crisis tengan acceso a alimentación, cuidados básicos, acompañamiento emocional y una vida satisfactoria.

Si les preguntamos, tal vez nos sorprenda que algunos de ellos prefieran que su vida no se prolongue por medios extraordinarios.

Utilizar la edad como uno de muchos criterios en la selección de pacientes no es utilitarista ni arbitrario. Tampoco es menospreciar la contribución de los adultos muy mayores a nuestras vidas.

Es un reconocimiento de la realidad biológica del envejecimiento, que nos acerca a todos a ese final inevitable, a cuyo encuentro los esfuerzos de los cuidados intensivos solo posponen por un tiempo.

El autor es médico intensivista.