Abraham Stern. 25 agosto

El 23 de agosto del 2020 quedará registrado como uno de los días más lamentables en la historia del quehacer político costarricense.

En un acto de ignorancia e insensibilidad casi absoluta, Marcelo Prieto, ministro de la Presidencia, se burló sin contemplación de una condición que afecta a millones de familias y personas en todo el mundo.

Como si se tratara de una broma de barrio o en un bar de mala muerte cuando alguien se pasa de tragos, este hombre tuvo la desfachatez de declarar públicamente que sentía que había “un cierto autismo en algunos sectores del país”.

Prieto, quien ha demostrado ser ligero de verbo y, en definitiva, le queda enorme el puesto que ostenta, cometió el sacrilegio de querer utilizar el calificativo autista como si se tratara de un hecho negativo y reprochable, dejando expuesto y en carne viva su evidente incapacidad para llevar sobre sus hombros el diálogo nacional que tanto se extraña hoy.

¿Cómo confiar a una persona capaz de decir un desatino tan descabellado la urgente necesidad de transmitir el mensaje que el gobierno debe dar a los otros poderes de la República? ¿Cómo se otorga a una persona capaz de expresar un agravio como ese la responsabilidad de enaltecer el don de la comunicación? La respuesta es tan clara como lo errado de su afirmación: es simplemente imposible.

Transgresión. Como un ciudadano común y corriente que tuvo la dicha de nacer y vivir en este oasis de democracia y libertad, me queda muy claro que no tengo el poder para causar la renuncia inmediata de un funcionario que transgredió groseramente valores tan esenciales como la empatía y la solidaridad humanas.

A pesar de eso, tengo en mis manos el imperio de la pluma y es a través de esta que espero sembrar la semilla que se convertirá en pilar indestructible para que este tipo de abusos no vuelvan a repetirse.

Marcelo Prieto no sabe que quien escribe esta queja pública es el orgulloso padre de dos niños con autismo, y menos sabe, evidentemente, que si en verdad existiera un “cierto autismo” en algunos sectores del país estaríamos mucho mejor de lo que en realidad estamos.

Desconoce el esfuerzo magnánimo que realiza la población con autismo y el talento que resguardan dentro de sus almas bondadosas e intactas.

Tampoco sabe que estos chicos se levantan todas las mañanas para alcanzar metas titánicas y todo lo que hacen en la vida demanda el triple de esfuerzo que a sus semejantes sin esa condición.

Marcelo Prieto ignora que, bajo los tímidos ojos, esos muchachos llevan la mirada fija en la superación permanente y de sus bocas benditas jamás saldrán palabras tan groseras como las que él sí pudo decir.

El ministro soslaya la lucha constante, la fuente inagotable de amor y la compasión que cada uno de estos muchachos con necesidades especiales nos regalan a quienes tenemos la bendición de compartir con ellos nuestras vidas.

El ministro desconoce el motor motivacional que son capaces de regalar y que nos hace, a los que sí departimos con ellos, sentir esa necesidad básica de ser mejores cada día.

Lección para el ministro. Marcelo Prieto no sabe que a este país lo que más falta le hace es tener una pequeña dosis de la lealtad, la perseverancia, la disciplina y la sencillez de estos extraordinarios seres humanos que él pretende ahora marginar.

Mucho aprendería de cada uno de estos valientes y de los miles de costarricenses que día tras día enfrentan sus condiciones especiales con una hidalguía y una entereza que cojean en muchos de los políticos que precisamente se mofan de ellos.

Rechazo con todas las fibras de mi alma la escuálida disculpa que Marcelo Prieto brindó horas después de su ominosa indiscreción.

Hay cosas que nunca vuelven: la palabra pronunciada, la flecha lanzada y la oportunidad perdida. Usted malgasta las tres, una y otra vez.

El autor es abogado.