Miguel Valle Guzmán. 17 enero

“Jamás los hombres estuvieron más atomizados, ni fueron más egoístas, ni vivieron más separados los unos de los otros ni jamás fueron más parecidos entre sí”. Tal es la paradoja monstruosa de nuestro tiempo que señala Marcel de Corte, profesor de la Universidad de Lieja en su libro Encarnación del hombre.

“El hombre masa”: un individuo desarraigado que no pretende fundamentar teóricamente sus opiniones y preferencias, sino, simplemente, imponerlas a rajatabla, únicamente por cuanto estas satisfacen su conveniencia, su vanidad o simplemente su afán protestatario.

De Corte, a continuación, transcribe el siguiente párrafo de Abel Bonnard, quien fue ministro de Educación Pública de su país en el gobierno presidido por el general Petain: “Cuando una sociedad que no hace sino sobrevivir, se disgrega en hombres aislados, cuya pobreza interior no queda rescatada por ninguna relación a un fondo común a todos, sin tierra, sin religión, sin disciplina, funcionarios hastiados de su empleo, artesanos cansados de su oficio, obreros que no aman su trabajo y cuyo trabajo, demasiadas veces, resulta indigno de ser amado, ¿qué medios de rehacer su vida les quedan a estos individuos desintegrados, si no es por medio de opciones revolucionarias?

A todo observador que pretenda entender los desconcertantes movimientos de protesta social que frecuentemente promueven grupos organizados que, para manifestar su desasosiego recurren con frecuencia a alterar la prestación de servicios públicos y el transcurso normal de la actividad ciudadana, le resultaría de gran utilidad, además de la anterior reflexión, la lectura del libro de José Ortega y Gasset La rebelión de las masas, una recopilación de artículos periodísticos publicados por el filósofo español a partir de 1926 en diarios madrileños.

En todos ellos, insiste en el papel preponderante que las masas organizadas han ido tomando progresivamente en los últimos tiempos y cómo actualmente estas, olvidando el difícil entorno en que les correspondió desenvolverse a sus predecesores, dan por un hecho naturalísimo el conjunto de bienes y servicios que simplemente están “ahí”, a su disposición, sin tener que agradecérselo a nadie ni reparar en el esfuerzo necesario para crearlos y conservarlos.

El tema medular que inspira todo el libro es destacar el papel preponderante que en el momento actual desempeña lo que Ortega llamó “el hombre masa”, presente hoy en todos los niveles sociales: un individuo desarraigado que no pretende fundamentar teóricamente sus opiniones y preferencias, sino, simplemente, imponerlas a rajatabla, únicamente por cuanto estas satisfacen su conveniencia, su vanidad o simplemente su afán protestatario.

Según Ortega, la masa, por bien organizada que esté e independientemente del nivel académico de sus integrantes, no tiene “ideas” en el sentido riguroso del término, sino “apetitos”, los cuales pretende satisfacer aunque, para ello, deba obstaculizar el transcurso normal de la vida en sociedad.

Sin ir más lejos, lo anterior lo ilustra la confusa algarada promovida por unos estudiantes universitarios, quienes, después de protestar a su manera contra las medidas de austeridad tomadas por el gobierno para tratar de paliar la grave crisis, debida al irresponsable aumento del gasto público, y fundados en una retorcida interpretación de la “autonomía universitaria” intentaron impedirles la entrada al campus a los policías que trataban de detenerlos. Para tales efectos, procedieron a rociar gasolina en la calle de acceso, a la que, a continuación, le prendieron fuego, sin importarles el daño que pudieron causarles a los oficiales, quienes tan solo estaban tratando de cumplir con su deber.

Sobre el natural desconcierto ocasionado por esas actuaciones, cabe agregar las declaraciones del más alto funcionario de la universidad, quien, en una posición lamentable, para congraciarse con los revoltosos, adujo que, a falta de un análisis químico del material esparcido, no podía afirmarse con certeza que fuera gasolina y no agua, como lo alegaron posteriormente los protagonistas de la gresca.

Creo lo más caritativo no añadir comentario alguno a tan desafortunadas declaraciones.

El autor es abogado.