Álvaro Darío Moya. 15 enero

La palabra expresa algo, a la vez que revela un misterio. Dado a conocer por un emisor, traspasa, a través de la voz, los límites infranqueables de la alteridad y pasa a un receptor sin dejar de estar en quien la pronuncia por primera vez.

Quien emite una palabra hace que esta viaje de su mente a la de quien la escucha. Un viaje inmaterial, un puente invisible, pero real. ¡El maravilloso mundo de la alteridad es vencido por la palabra! El encuentro articulado de letras y sílabas, decodificado por el sentido, hace que el mundo del “otro” sea cercano. Resguardando cada quien su esencia y su particularidad, las barreras se rompen, las murallas caen y la comunicación fluye.

El muro de la alteridad se rebaja y el apasionante mundo del otro se ve descubierto por la sencilla articulación de palabras con sentido. Lo mío se hace suyo, sin dejar de ser mío; lo suyo se hace mío, sin dejar de ser suyo.

En una obra del dramaturgo español, conocido como Alejandro Casona, se presenta un drama de la “palabra” cubierto por interesantes claroscuros, prejuicios, silencios cómplices, intrigas, soledades, miedos y alegrías, relanzando a una dimensión concreta y a la vez “volátil” a sus interlocutores: ¡Quienes se comunican están vivos! ¡La palabra es viva y se comunica entre vivos! Una simple constatación, pero con grandes implicaciones. La vida, podría decirse, es también comunicación de palabras, y tienen estas la grandiosa e intrigante tarea de edificar o destruir.

Herramienta poderosa. El drama de la vida pasa a través del drama de la palabra. ¡Qué terrible un mundo sin palabras, y más auténticamente, sin comunicación, que es en todo caso lo que ejecuta la palabra! ¡Pero qué desastroso también un mundo donde las palabras desedifiquen y destruyan! Una sola expresión puede hacer surgir a un ser humano, devolverle la confianza en sí mismo y en los demás; una sola expresión puede hundir en el abandono y en el infierno dantesco más apabullante. ¡Todo con palabras!

No solo la persona es un ser arrojado, según la póstuma afirmación heideggeriana, sino también las palabras se arrojan sobre los demás y sobre sí mismas. Aún más, la existencia y la vida misma se lanzan sobre el hombre y exigen de nosotros, ellas que son dinámicas y a veces muy contradictorias, palabras capaces de ser transformadoras o simplemente aniquiladoras.

Pareciera que las palabras no guardan acontecimiento, o hacen un gran bien o hacen un gran mal. Es casi un reto, el mayor reto que cualquiera puede asumir: la dialéctica de sí mismo con la palabra, con las propias y con las de los demás; es la puesta en escena del poder-ser y ese poder-ser representa en el maravilloso mundo del yo y del tú una apertura, un alguien más, siendo este proceso dialógico el mayor duelo que se pueda combatir.

El encuentro. Las palabras buscan un sentido, el ser humano es capaz de darle uno a su propia vida y de transformar sus circunstancias mediante la “logicidad”, del sentido de la palabra comunicada consigo mismo y con los otros.

Esta realidad del sentido-a-través-de la palabra, en el encuentro con el otro, será donde el “ser” encuentre lo primordial de la existencia humana.

Importante será descubrir qué palabra puede ser pronunciada sobre sí mismo y sobre los demás en este devenir de la historia, en medio de reveses y sufrimientos, esperanzas y satisfacciones.

El mundo continúa su curso y el cambio de calendarios no es más que la constatación de que “la vida son ahoras”, y esos momentos entre el antes y el después, cuando se dan cambios que se pueden contar, según Aristóteles, son las oportunidades para expresiones dia-lógicas que sean capaces de ser lanzadas y las que el sentido del ser se convierta en la apertura a un mundo habitado que exige, y hasta espera, palabras que transformen, que se lancen no como cuchillos que desangran, sino como puentes que enlazan la comprensión y la riqueza que tiene la intercomunicación habitable de la palabra entre personas razonables.

Transformaciones. En la obra de Alejandro Casona, La tercera palabra, un personaje llamado Pablo encarna a un hombre rudo, pero que debe cambiar paradigmas y, abriéndose al otro, deja que su vida sea afectada por la existencia de Marga, mujer que con palabras rompe preconcepciones y despierta a Pablo de letargos y dilemas.

Aunque también ella vence con la misma rudeza de Pablo el anquilosamiento de la autodefinición del ser sin brindar la oportunidad de que la vida del otro se descubra.

Se descubre así la “dia-logización” del encuentro y de las palabras. En algún momento, y no pocas veces, se anhela decir una palabra que haga temblar y descubrir la pasión de saberse en el encuentro con el otro, diametralmente opuestos, aunque necesitados de palabras, que disminuyan la distancia de la alteridad.

Y al no encontrar palabras, pareciera revelarse el misterio de que hay palabras que es mejor decirlas en silencio. Así, entonces, el amor revela el misterio de la palabra que no se dice con palabras.

El autor es estudiante universitario.