Francisco Barrientos B.. 16 enero

Siempre ingenioso, ¡como ninguno!, Oscar Wilde sostenía que la naturaleza imita al arte. En el texto La decadencia de la mentira (1898), leemos algo divertidamente enigmático.

La naturaleza es “imperfecta”, artísticamente hablando. El artista pone en evidencia esa imperfección, por lo que la naturaleza evoluciona hacia una mejora propiciada por la mirada y la obra de los humanos ingeniosos.

No pretendo que mis estudiantes y yo nos pongamos en esa categoría, pero, como sostiene Wilde, me encantaría tener el poder de hechizar a la naturaleza y aportar un mínimo para que ella se digne a imitarnos.

Si la naturaleza fuese más cómoda, el ser humano jamás habría inventado la arquitectura, comenta el irlandés, y aclara: puede ser que la niebla haya estado ahí desde hace siglos, pero nadie la veía. Dicho de otro modo: el pintor inventó la niebla porque nadie más la veía. Así, el arte es una epifanía.

Leía este texto de Wilde cuando me encontré con una desagradable noticia en la prensa. Leí detenidamente y, para mi sorpresa, ¡un reportaje me mandaba a dormir el sueño de los justos!

La reforma curricular sataniza la tradicional clase magistral de Matemáticas. Los reformadores tecnológicos de la educación, gurús de la innovación y del trabajo en equipo, llenos de maestrías y estudios doctorales online, estaban viendo algo que yo no podía ver desde hacía mucho tiempo. Así, como en la tesis de Wilde, esos señores de ingenio iban a poner a trabajar lúcidamente a la rezagada naturaleza.

“Eres un miope ignorante, Francisquito”, ¡punto!, me dije. Y, es cierto, soy un ignorante, ¡pero no en todas las cosas! Conozco mi materia, sé de lo que hablo y hago en mis clases.

Mis estudiantes dan fe de que no juego a imponer el récord de bateo en las grandes ligas. No tengo el dominio total de mi materia, ¡nadie lo tiene! Y, curiosamente, he incorporado a mi metodología herramientas tecnológicas como graficadores y hojas de cálculo, con la decidida idea de hacer talleres sobre simulaciones probabilísticas y el estudio de razones de cambio de curvas en el plano cartesiano con mis estudiantes. Pues creo que la tecnología no es una herramienta fuerte, sino fuertísima para modelar el entorno de situaciones controladas.

Por otro lado, soy partidario de la idea de que todo docente debería tener el bagaje cultural, las habilidades blandas suficientes y la madurez necesaria para reconocer sus propias limitaciones, y, a partir de ellas, buscar la excelencia propia y la de quienes tenemos a nuestro cargo, sin descuidar el hecho de que el educando necesita ciertas disposiciones generales que no pueden “enseñarse”: disciplina, motivación, empeño y ocio productivo.

No pretendo que mis estudiantes y yo nos pongamos en esa categoría, pero, como sostiene Wilde, me encantaría tener el poder de hechizar a la naturaleza y aportar un mínimo para que ella se digne a imitarnos.

Pero, bueno, tal vez ya lo haya hecho, o tal vez no; lo cierto es que al final de cada tarde creo ver la silueta de Wilde perderse entre la neblina de Coronado.

El autor es profesor de Matemáticas.