Edwin Flores Moya. 12 enero

Las familias, casi en su totalidad, extraviaron su delicada misión de formar una sociedad sana. En este momento sufren la peor epidemia, llamada disfunción familiar.

Están presentes a diario las fuertes discusiones por una u otra cosa. Los gritos son constantes, así como las ofensas, las amenazas y todo tipo de agresiones de una u otra naturaleza.

Los niños, los jóvenes y demás familiares son los espectadores más cercanos y quienes sufren más. El padre y la madre, cargando sacos de celos, rencores y odio, toman la decisión de separarse.

Lamentablemente, está claro que los padres de familia descuidan, desconocen o no les importa que cada uno tenga una delicada misión y deba cumplirla a cabalidad, que es, en síntesis, velar por la correcta formación superior de sus hijos para que sean respetuosos, amorosos, humildes, solidarios, honestos, limpios de maldad y de odio; para que sean una esperanza de significativa utilidad para formar una patria mejor.

Hijos bien atendidos, con cariño y el más grande amor, serían seres más humanos, más honorables; orgullo de la raza humana, pero los hijos que se esperaron ayer con gran alegría, frutos del verdadero amor, son hoy un estorbo; son hijos traumatizados, actuantes irracionales e integrantes de una sociedad peligrosa.

El barco familiar, con la esperanza de llegar a un puerto más seguro y cumplir la noble misión que se le ha encomendado, está a punto de hundirse. La terquedad, la ceguera y la irresponsabilidad forman hogares extraviados, alejados de la pureza y de la luz.

Los hogares ingresaron en el gran túnel de la oscuridad y así caminan chocando y cayendo, formando seres peligrosos. Pandilleros ahora jóvenes; pandilleros mañana como profesionales y, a la vez, formadores de otras generaciones malditas de pandilleros desalmados y profesionales igualmente desalmados, extraviados en el universo.

Los males de la sociedad caminan por doquier, portando el espíritu de la maldad y destruyendo sueños, ilusiones y esperanzas.

Que el llanto exista en la menor cantidad y el dolor sea convertido en constante alegría, formando caminos de verdad, de luz, de sonrisa, de gran alegría. No es imposible, no es una fantasía.

Los seres humanos deben cambiar, asearse física y mentalmente, y quemar la basura que portan.

El autor es exprofesor de la UNA y la UCR.