Francisco Barrientos Barrientos. Hace 6 días

Mi abuela decía que en la vida era bueno ser confiado, pero que era mucho mejor ser desconfiado. Pensar en la humanidad como un remanso de individuos bienintencionados es tan ilusorio e ingenuo como decir que los negacionistas del Holocausto nazi son todos miembros colaboradores de las Obras del Espíritu Santo.

Digo esto porque en nuestro pequeño país pareciera que la secta de los hijos de Caín vendió algunas franquicias. ¡Basta con mirar las redes sociales para cerciorarse de que el cainismo es hoy religión de no pocos!

Una de las consecuencias de esta situación lamentable es el florecimiento de cierta matonería vulgar como forma de discurso.

Pareciera que estamos convencidos de que la insolencia es una actitud crítica, valiente e ilustrada. El ajuste de cuentas es nuestro modus operandi. ¡Yo me quedo tuerto, pero vos te quedás ciego!

En nuestro terruño, en los distintos foros de discusión política, todos los días somos testigos de disputas viscerales en torno al enorme dilema sobre quién debe pagar los platos rotos de este malogrado y maltratado Estado costarricense.

“Deben pagar los que más tienen”, exigen con resentimiento algunos. “Se debe exonerar y subsidiar a los indefensos del capitalismo”, vociferan otros gremios con un tufillo de beatitud. “Los privilegios de los funcionarios y pensionados conculcan la ley”, apuntalan los representantes de los sectores empresariales.

Eliminar las etiquetas. Sin embargo, entre todo ese barullo, percibo con desasosiego un plano complicado de definiciones e inexactitudes. También, salta a la vista una interrogante inquietante: ¿Qué es lo que realmente estamos pretendiendo hacer: gravar la riqueza en sí misma o penalizar las conductas tributarias deshonestas?

Para aventurarnos a una posible respuesta, primero, propongo yo, debemos abandonar el nefasto hábito de etiquetar a los grupos o personas.

Es desproporcionada y demagógicamente populista la idea de que todos los ricos de este país son sibaritas y delincuentes fiscales per se; eso es tan ridículo y risible como sostener que todos los menesterosos son honrados y trabajan con denuedo.

También, considero injusta la imagen tan difundida y prefabricada de que todo trabajador público o pensionado es un gánster.

Segundo, debemos concebir el tributo o carga impositiva como un gesto de solidaridad de los individuos para con sus vecinos, cuyo pleno administrador es el Estado.

De esta forma, se promueven la convivencia pacífica, la cohesión social y el cumplimiento del contrato social acordado en las leyes. Así, por lo menos en teoría, todos deberíamos salir ganando.

Génesis oscura. Pero no seamos ingenuos, la realidad es otra. Históricamente el resquebrajamiento del contrato social, del acuerdo político nacional, tiene una génesis oscura, maquillada bajo cierta discusión que pretende ser públicamente maniquea en sus formas.

La realidad es que grupos de interés se han repartido a sus anchas recursos y bienes que no les corresponden. Lo cierto es que en todos los estratos de la sociedad individuos concretos han burlado y ajustado las leyes en procura de su beneficio personal y el de los suyos.

En este sentido, algunos “hijos pródigos” buscan que papá Estado se haga cargo de sus desdichas, aduciendo que, por no haber nacido en cuna noble, iniciaron con desventaja la carrera.

En estas condiciones, esperan el regalo, pues la sociedad no tiene el derecho y, por ende, ellos no tienen la obligación de verse exigidos a nada más.

Por otro lado, algunos acaudalados han urdido planes macabros para eximirse del pago de tributos, aduciendo que es “botar el dinero” en manos de irresponsables y burócratas vividores, cuando en realidad es su avaricia, su hedonismo y soberbia lo que los gobierna.

Ambas posiciones son insostenibles por el simple hecho de que ejercen presiones económicas que desequilibran la sociedad entera.

Dichas presiones son ejercidas especialmente sobre quienes sí han cumplido a cabalidad sus responsabilidades fiscales y obligaciones laborales. De ahí, que justos paguen por pecadores.

El autor es profesor de Matemáticas.