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Foro: El mensaje del obispo

Es probable que su mensaje marque un antes y un después en la vida sociopolítica de nuestro país.

El catolicismo es una religión cristiana guiada por preceptos basados en la fe, que ha encontrado formas saludables de vincularse con los sistemas democráticos, independientemente de quién pisó primero la tierra donde moramos hoy.

Algo destacable en este devenir ha sido la exaltación de la libertad y el Estado de derecho, así como el respeto de lo público y la toma de decisiones plurales, que, lejana de lo unidimensional de otras formas de organización social, son garantía de reconocimiento de la complejidad de la trama social y del consecuente carácter progresivo de los derechos. Esta es precisamente la base de la modernidad alcanzada tras la Revolución francesa, que encomienda la convivencia a los ciudadanos.

En el mensaje que monseñor Manuel Salazar Mora dio el 2 de agosto durante la homilía en la basílica de la Virgen de los Ángeles, afirmó que todos los ciudadanos —con independencia de sus creencias— tienen derecho a participar en política y que sus intereses y aspiraciones no solo deben reconocerse y articularse mediante las instituciones de la democracia, sino también ayudar a expandirlos y perfeccionarlos permanentemente.

Obrar en sentido contrario sería desvirtuar sus fines, manipular indebidamente sus instrumentos e involucionar a épocas en las cuales las ciencias, el arte y la justicia estuvieron sometidas a credos dominantes o a la voluntad arbitraria de los hombres.

El llamado hecho a la unión y al diálogo es más que oportuno. Indudablemente, “unidos somos fuertes”. Eso sí, contrario a lo sencillo que él concibe esta tarea, me temo que es un arte laborioso que requiere paciencia, respeto, conocimiento, escucha y diligencia.

Derechos humanos. A la Iglesia católica, como actor social, según lo dicho por el obispo, le asiste el derecho de hacer ver sus creencias e intereses como convenientes para la colectividad. Sin embargo, es obligatorio mencionar que su visión del aborto terapéutico, la fecundación in vitro y el derecho a una muerte asistida es contraria a los enfoques más modernos de los derechos humanos; y su intención de hacerlos ver como un asunto de minorías constituye un malentendimiento de la democracia, la cual tiene el mandato de evitar comportamientos tiránicos de las mayorías.

Lamento señalar que en el mensaje hubo varias líneas desafortunadas, como la insinuación de que el presidente debe someterse a la comunidad católica porque “muchos votos católicos” le dieron la victoria en el 2018, así como el entendimiento del sufragio únicamente como mecanismo de protesta.

Omitió señalar expresamente su oposición a los programas de afectividad y sexualidad del Ministerio de Educación Pública (MEP); sin embargo, a mi juicio, lo hizo indirectamente al manifestar su oposición a “la visión de género promovida por grandes intereses económicos internacionales” y al declarar que “los hijos no son propiedad del Estado costarricense”.

Mensaje conciliador. A pesar de ello, pienso que fue un mensaje honesto y atrevido, poco frecuente en nuestro país, que no puede leerse sin traer a cuenta el ascenso político de las Iglesias evangélicas, el deterioro de la condición de vida de miles de familias y las escasísimas posibilidades de diálogo político y social.

El obispo de Tilarán habló desde las Escrituras, no podía hacerlo desde otro lugar, y ello explica por qué algunos segmentos de su discurso no fueron coincidentes con el desarrollo progresivo de derechos que promueven las democracias liberales y se consagran en nuestra Constitución Política.

Es probable que su mensaje marque un antes y un después en la vida sociopolítica de nuestro país. Dentro de todo, es de agradecer el llamado a preservar la dignidad de todas las personas y a resolver los conflictos mediante el diálogo y por encima del egoísmo humano, lo cual abre las puertas a una oportunidad excepcional para el país: expuestos los temas en los que no se está de acuerdo, es posible construir una agenda prioritaria en materia de desigualdad y pobreza, desarrollo inclusivo y concertación social que ni el gobierno ni las fuerzas parlamentarias y de facto deben dejar de atender.

El país necesita transigir y poner siempre la otra mejilla. Confío en que cada quien sabrá separar la paja del trigo, y la sana y conveniente relación entre Estado e Iglesia fraguada a lo largo de los siglos encuentre voluntades y avenidas de tolerancia para hacer a un lado las desavenencias y trabajar a partir del patrimonio de la pluralidad que nos une e interpela como costarricenses.

luisemiliojg@gmail.com

El autor es politólogo.

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