Humberto Fallas Cordero. 20 enero

Según afirman los científicos, lo existente sobre la Tierra, incluido el género humano, tiene un mismo origen: la explosión de los astros; por eso se dice que somos polvo de estrellas. Si no existiera la noche, no tendríamos el privilegio de mirarlas; tampoco veríamos la Luna en todo su esplendor. Lo anterior nos permite tomar conciencia de la inmensidad cósmica.

El poeta afirmó que el vacío de estrellas observado en los telescopios se explica porque el fondo invisible está a una distancia tan grande que ningún rayo de luz ha sido capaz de llegar ahí.

La Luna es, de alguna manera, hija de la Tierra. Según los expertos, se originó luego del impacto de un objeto del tamaño del planeta Marte contra la Tierra, hace aproximadamente 4.550 millones de años. Nuestro mundo estaba en proceso de formación: aún no tenía océanos porque el agua de los mares llegaría del espacio en épocas posteriores. A consecuencia de la colisión, una porción del planeta fue lanzada al espacio. El material se concentró en un anillo y luego se formó el satélite. Así, pues, la Luna está compuesta por el enorme trozo desprendido y por el objeto del choque.

Un viaje por el pasado. El cielo nocturno estrellado es la obra de arte más maravillosa contemplada por el ser humano. Quizá, al observarlo, nació su capacidad de admiración.

La hermosa oscuridad de la noche generó que el humano explorara el universo, ayudado primero por rústicos instrumentos, como lo hizo Galileo, y, luego, por telescopios más complejos y de gran potencia.

Las estrellas que tachonan el cielo nocturno hablan de la historia del cosmos, un cosmos fugaz, cambiante y en constante expansión. Es la forma para remontarnos al pasado; los viajes al futuro nos están vedados.

La existencia de la noche. Según el pensamiento simplista, la noche existe porque la Tierra gira sobre sí misma 24 horas, 12 de las cuales, despectivamente, le da la espalda al Sol. Pero lo anterior corresponde solo a un efecto que ocurre también en el sistema solar, en la Vía Láctea y en el resto del espacio.

Entonces, ¿qué generó la noche? La pregunta se la plantearon los astrónomos durante muchos años. Ellos sostuvieron que el espacio sideral era infinito y uniformemente saturado de luceros, de manera que siempre habría uno en la línea de visión y que el cielo estaría pleno de luz, sin dar espacio a la oscuridad. De esta forma, si en el universo hubiera estrellas brillando eternamente, la noche no sería oscura, sino clara. Luego se percataron de que el universo no es eterno, como tampoco los elementos que lo conforman.

Paradójicamente, según menciona el astrónomo francés Jean Pierre Luminet en su libro Cosmología, el escritor y poeta estadounidense Edgar Allan Poe, admirador de Newton, cuyas obras leía con particular interés, y aficionado a la cosmología, en un poema en forma de ensayo titulado “Eureka” y publicado en 1848 sugirió que la oscuridad de la noche sucede por la “finitud del tiempo”. El poeta afirmó que el vacío de estrellas observado en los telescopios se explica porque el fondo invisible está a una distancia tan grande que ningún rayo de luz ha sido capaz de llegar ahí.

Más rápidos que la luz. Quisiéramos atrapar el espectáculo maravilloso que nos ofrece el cielo durante el crepúsculo vespertino: el día moribundo se despide fragmentándose en la trayectoria declinante del Sol. El astro desaparece lentamente entre las aguas ondulantes y multicolores del océano, en medio de una sinfonía deslumbrante de tonos.

El breve momento suscita en el espíritu sentimientos de nostalgia; nuestra mente se escapa más allá de los dominios celestiales y las dimensiones estelares.

Somos una brizna de hierba, como diría Walt Whitman, pero el Creador, generoso con los seres humanos, nos hizo semejantes a los ángeles porque con el pensamiento y la imaginación somos capaces de recorrer más rápido que un destello de luz el sistema solar, la Vía Láctea y los confines del espacio.

El autor es abogado.