Carolina Gölcher Umaña. 19 enero

El título de este artículo bien sería para un bolero o incluso para una ranchera, pero apunta a ser parte del juego paradójico de nuestra sociedad contemporánea, donde se exige la felicidad como el sentido de nuestra existencia y, al mismo tiempo, se nos imponen reglas sociales y económicas que desvanecen la posibilidad de alcanzarla.

Cuando la felicidad es escasa, se vive como una suerte de castigo, se corre el mismo destino melancólico de Belerofonte, condenados como él a la ausencia y al vacío, no por castigo divino, sino por el malestar causado por el fracaso de ser infelices.

Entre los mortales, el malestar nace, quizá, por una mala interpretación, por creer que la vida nos debe algo, por ser esclavos de la voracidad de una demanda: cumplir y que nos cumplan.

A través de ese lente, la felicidad está más cercana al “debo, deben” y más lejana a la búsqueda de la libertad.

Nos lleva a aceptar soluciones prefabricadas, como, por ejemplo, el consumo sin medida de lo que nos ofrece el mercado. El resultado es un hiperconsumo insuficiente frente al descontento de alcanzar “una felicidad que no sabe ser feliz” y termina reduciéndonos a la impotencia.

Falsa imagen. Este tipo de sociedades permiten la asunción del fanfarrón a un estatus de omnipotencia y solamente se le demanda que exhiba su reluciente felicidad frente a los ojos de quienes, a pesar de “visualizarse siendo felices”, no acceden a ese olimpo.

¿Cuál sería, desde mi óptica, una posición más saludable ante el deseo de ser felices? Dejar caer el velo y asumir que vivir es saber que no hay garantías; es arriesgarse; es comprometerse; es crear; es dejar hablar a los demonios internos y luego vencerlos; es dejar que duela; es creer y crecer.

Estas reflexiones sobre la felicidad llevan a pensar en la depresión como el reverso de la felicidad fabricada en serie, que nos convencen de adquirir. Para la filósofa y psicoanalista Julia Kristeva, la depresión y la melancolía son las compañeras fieles de la globalización y no son solamente un malestar personal, sino que las naciones mismas están deprimidas.

Los seres humanos somos, de la manera más íntima, responsables de nosotros mismos, y toda la parafernalia al servicio de la idea de encontrar la felicidad la convierte en un fin y no en un medio.

Vivir con el único objetivo de ser “feliz como una lombriz”, arrastrándonos todos por el mismo suelo, aparte de ser una idea bastante absurda, ¿no es también un modo de perder nuestra singularidad?

La autora es psicóloga y psicoanalista.