
Hace unos días, sucedió algo que jamás imaginé. Yo no conocía muy bien qué significaba eso de las batallas de “farmear aura”. Había visto algunas publicaciones en redes sociales, pero realmente no entendía el concepto.
Por curiosidad, busqué un poco de información y, a partir de eso, realicé, con ayuda de la inteligencia artificial, un afiche para invitar a la comunidad estudiantil de la Universidad de Costa Rica (UCR) a una batalla de “farmear aura” el lunes 17 de agosto, a la 1 p. m., en el pretil.
Compartí la publicación en un grupo estudiantil en redes sociales. Si bien no existía un objetivo específico ni la certeza de que realmente se realizara la batalla, para mi sorpresa llegaron al pretil decenas de estudiantes, así como personas del personal docente y administrativo.
Poco después de efectuada la actividad, ya esta estaba siendo compartida en redes sociales y en diversos medios de comunicación. Se convirtió en un fenómeno inesperado.
Junto con la atención, también aparecieron los comentarios negativos. Muchas personas comenzaron a burlarse de quienes participaron, con insultos dirigidos a su apariencia física y a sus capacidades intelectuales. Estos comentarios me hicieron reflexionar.
Muchos de los participantes, según lo que conversé con ellos, pertenecen a carreras como Ingeniería. Son estudiantes que todos los días resuelven problemas complejos, realizan derivadas, integrales y ecuaciones; es decir, trabajan con contenidos que requieren mucha disciplina académica.
Haber participado en una actividad recreativa no disminuye en absoluto sus conocimientos ni su inteligencia.
Incluso podríamos darle la vuelta al argumento a partir de un supuesto: tal vez algunas de las personas que criticaron a los participantes no sepan resolver una integral. Pero eso tampoco justificaría burlarse de ellas.
La inteligencia no puede medirse por participar o no en una tendencia de redes sociales, así como tampoco por conocer o desconocer un tema académico. El respeto debe existir en ambos sentidos.
Otro aspecto que me llamó la atención fue que, aunque se le llame batalla, en realidad no existe violencia. No hay golpes, agresiones verbales ni humillaciones. Son los propios participantes quienes aceptan voluntariamente formar parte del juego.
Al concluir, quien pierde acepta el resultado y, muchas veces, aplaude y celebra al ganador. Es una competencia simbólica cuyo propósito es, simplemente, la diversión.
Desde mi perspectiva, mientras una actividad no dañe la integridad física o emocional de otra persona ni afecte el orden público, no representa un problema para la sociedad. No todo lo que hacen las nuevas generaciones debe interpretarse como algo negativo.
Muchas veces, se trata de nuevas formas de expresarse y entretenerse, aunque a mí o a otras personas nos resulten ajenas.
Y hubo algo que me pareció especialmente valioso. El pretil de la UCR volvió a convertirse, aunque fuera por un momento, en ese gran punto de encuentro que históricamente ha sido.
Ese espacio ha sido, durante décadas, escenario de discursos, debates, manifestaciones y celebraciones. Allí han coincidido estudiantes, docentes, personal administrativo, figuras de la política y personalidades internacionales.
Ver nuevamente el pretil lleno de personas reunidas y departiendo me recordó ese espíritu universitario de convivencia sana.
Lo más probable es que, dentro de algunos meses o años, nadie recuerde este hecho, en medio del enorme flujo de contenido de consumo rápido que circula en las redes sociales. Pero lo que sí debería permanecer es la capacidad de respetar a quienes disfrutan de actividades distintas de las nuestras y de valorar los espacios en que una comunidad puede encontrarse, conversar y compartir.
Al final, esa fue la verdadera enseñanza de todo esto.
pablo.garciamongeucr@gmail.com
Pablo García Monge es estudiante de Filosofía de la Universidad de Costa Rica (UCR).