
Europa acaba de reconocer públicamente algo que durante años resultó incómodo admitir: el abandono de la energía nuclear fue, en buena medida, un error. Durante la reciente Cumbre sobre Energía Nuclear, celebrada en París, la presidenta de la Comisión Europea, Ursula von der Leyen, señaló que el alejamiento histórico del continente de esta tecnología respondió más a decisiones ideológicas que a criterios técnicos. Hoy, ante los desafíos de seguridad energética y descarbonización, Europa vuelve a colocar la energía nuclear en el centro de su estrategia.
El giro no es menor. La energía nuclear produce electricidad con emisiones prácticamente nulas de carbono, ofrece una generación continua que no depende del clima y posee una densidad energética incomparable. Por estas razones, cada vez más países la consideran un complemento esencial de las energías renovables y una herramienta relevante para mitigar el cambio climático.
El debate energético global, en otras palabras, está cambiando. La transición hacia economías bajas en carbono exige sistemas eléctricos robustos y confiables. Las energías renovables –solar, eólica e hidroeléctrica– son fundamentales, pero su variabilidad plantea desafíos para la estabilidad del sistema. En ese contexto, la energía nuclear vuelve a valorarse como una fuente capaz de proporcionar la base firme sobre la cual pueden integrarse las renovables.
Costa Rica observa esta transformación desde una posición singular. Nuestro país ha construido una matriz eléctrica mayoritariamente renovable, que es motivo de orgullo nacional. Sin embargo, ese éxito no elimina los desafíos futuros. El crecimiento de la demanda energética, la electrificación del transporte y la variabilidad climática que afecta la generación hidroeléctrica obligan a pensar con mayor anticipación el sistema eléctrico del país. En ese escenario, contar con fuentes de energía firme que respalden el desarrollo industrial y tecnológico se vuelve cada vez más relevante.
Mientras tanto, en la región comienzan a surgir señales de un cambio similar. El Salvador y Guatemala ya han iniciado procesos institucionales y técnicos orientados a desarrollar programas nucleares que, en el mediano plazo, podrían conducir a la incorporación de reactores nucleares en sus sistemas energéticos. Estos movimientos indican que la energía nuclear comienza a incorporarse también a la agenda energética de Centroamérica.
En Costa Rica, además, el tema comienza a aparecer con mayor claridad en distintos espacios de discusión pública y técnica. La revisión de la matriz energética del país y el debate sobre la organización futura del mercado eléctrico están reactivando preguntas sobre cómo garantizar, en las próximas décadas, un suministro energético confiable, limpio y competitivo para una economía cada vez más electrificada.
En ese contexto, abrir una discusión serena y basada en evidencia sobre todas las opciones tecnológicas disponibles resulta no solo razonable, sino necesario. Explorar el potencial de la energía nuclear de nueva generación no implica abandonar el modelo renovable que Costa Rica ha construido con éxito, sino ampliar sus capacidades y prepararlo para los desafíos del futuro. Si el país aspira a seguir siendo un referente internacional en sostenibilidad energética, también deberá estar dispuesto a explorar con rigor y visión las tecnologías que están definiendo el sistema energético del siglo XXI.
Esteban Picado Sandí es físico nuclear y profesor en la UNA.