El pasado 13 de mayo, estuve a pocos metros del ataque armado contra dos oficiales de la Fuerza Pública en Bataán. Uno de ellos, Gerson Rosales Cascante, murió horas después. Yo estaba atendiendo reuniones desde la sede de Dale Una Mano a Costa Rica, muy cerca del lugar donde ocurrió el ataque. He pasado por esa esquina incontables veces.
Lo que viví fue indignante y aterrador. Nunca había presenciado un acto de violencia de esa magnitud. Pudo haber sido cualquiera de nosotros: un joven de nuestra organización, una madre haciendo un mandado, alguien comprando pan o una familia de camino a casa.
En Dale Una Mano a Costa Rica, trabajamos con jóvenes en Bataán y colaboramos con programas preventivos de la Fuerza Pública; conocemos a muchos de los oficiales que trabajan en la zona. Por eso, este ataque no se sintió como una noticia lejana, sino como una herida en la comunidad.
Durante más de una década, he trabajado al lado de jóvenes del cantón. He visto cómo terminar el colegio no siempre significa poder empezar una carrera o conseguir el primer trabajo; más bien equivale a enfrentar incertidumbre. Una organización como la que lidero puede abrir espacios seguros y formar liderazgo, pero no puede sustituir al Estado cuando el crimen organizado limita la paz de una comunidad.
Hace unas semanas, el entonces presidente, Rodrigo Chaves, llegó a Bataán a inaugurar una nueva delegación policial. Una delegación nueva, por sí sola, no basta. Pero sí importa, porque reconoce que Bataán y muchas comunidades rurales merecen presencia estatal, infraestructura digna y policías con herramientas mínimas para hacer su trabajo.
Lo ocurrido el 13 de mayo también mostró esa carencia. En medio de la emergencia, vi cómo uno de los vehículos policiales no arrancaba. ¿Cómo se le pide a la Fuerza Pública enfrentar a estructuras criminales organizadas si no cuenta siempre con las herramientas necesarias?
Por eso, cuando desde la GAM algunos analistas se preguntan por qué cantones como Matina votaron mayoritariamente por Laura Fernández y por la continuidad del gobierno, creo que la respuesta no está solo en la ideología. Está en la experiencia vivida. Está en el cansancio de sentirse abandonados, en la frustración de ver pasar gobiernos sin cambios concretos y en la esperanza de que, esta vez, el Estado llegue con más fuerza.
Para muchos en la GAM, hablar de suspender garantías individuales en barrios de alto riesgo suena como una amenaza inmediata a la libertad. Esa preocupación es legítima. Pero en Bataán, la libertad ya se siente limitada cuando uno lo piensa dos veces antes de ir a comprar pan, cuando una madre no deja salir a su hijo a jugar o cuando una organización juvenil se pregunta si es seguro abrir sus puertas. No se trata de justificar medidas sin límite, sino reconocer que el Estado necesita herramientas para recuperar el control y proteger a las familias.
El voto de los matinenses no fue ignorancia, falta de educación o desinformación. Fue un voto atravesado por la inseguridad, el abandono, el cansancio y la esperanza que experimentan. Muchas personas no quieren menos democracia; quieren un Estado que funcione, quieren caminar sin miedo, quieren a sus hijos lejos de las bandas, quieren que haya patrullas que respondan.
Bataán no es solo el lugar donde ocurrió un asesinato. Es una comunidad de gente trabajadora, jóvenes con talento, madres que sostienen hogares y familias que salen adelante, pese al abandono. También es una comunidad donde los niños llevan años esperando una escuela digna y donde faltan espacios seguros, opciones de recreación y oportunidades para estudiar, trabajar o pertenecer a algo positivo.
Lo que comunidades como Bataán piden no son privilegios. Piden lo básico: seguridad para caminar sin miedo, educación digna, oportunidades para jóvenes, espacios de convivencia y presencia estatal antes de que ocurra una tragedia.
En días pasados, también estuve en la graduación del programa Alianzas para el Éxito, impulsado por EARTH, donde más de 150 mujeres completaron una formación en habilidades para la vida, liderazgo, emprendimiento y huertas sostenibles. Esa también es Matina: mujeres, jóvenes y familias que quieren aprender, emprender y construir un futuro distinto.
En Dale Una Mano a Costa Rica, hemos visto lo mismo: cuando los jóvenes tienen espacios seguros, acompañamiento y oportunidades, pueden convertirse en líderes.
Comunidades como Bataán necesitan que el Estado enfrente con firmeza el crimen organizado. Las patrullas, los allanamientos y las cárceles son herramientas necesarias para hacerlo. Pero la seguridad también se construye con escuelas dignas, programas de prevención, espacios recreativos, formación para jóvenes y oportunidades de empleo.
La mano dura puede sacar a algunos criminales de circulación. La prevención evita que otros jóvenes sean reclutados. Si Costa Rica quiere entender a Bataán, primero tiene que escuchar lo que Bataán vive.
orlandocarvajal@hks.harvard.edu
Orlando Carvajal Valdés es oriundo de Matina y estudiante de maestría en Administración Pública en la Universidad de Harvard. Trabajó para el Fondo Monetario Internacional y fundó la ONG de desarrollo juvenil Dale Una Mano a Costa Rica.