
En el presente siglo, se ha acrecentado un malestar con la democracia que fue instalándose por todo el mundo. Europa, Estados Unidos y América Latina no escaparon a esa desafección que, como consecuencia, generó el surgimiento cada vez más frecuente de regímenes iliberales y autoritarios.
De acuerdo con Marcos Robledo Hoecker, politólogo de la Facultad de Gobierno de la Universidad de Chile, y Francisco Verdes-Montenegro, internacionalista de la Universidad Complutense de Madrid, esta tendencia internacional se está viendo acompañada de una dinámica de militarización que se plasma en un aumento de discursos y prácticas que institucionalizan el predominio de la esfera militar sobre la civil.
Según estos profesores, se está desarrollando una amplia literatura académica para explicar el fenómeno, que incluye estudios de casos que revelan procesos de militarización recientes en potencias especialmente influyentes en las Américas, como Estados Unidos, Brasil y México; en Estados con altos niveles de violencia, como los centroamericanos, Colombia y Venezuela; pero también en países donde antes no se apreciaba esa tendencia, como se ha observado en Argentina y Chile.
Los investigadores del fenómeno tienden a vincular, entre los factores explicativos de esta militarización, por un lado, las limitaciones de las transiciones a la democracia de la tercera ola de los años 80. Por otro, el prolongado proceso latinoamericano de securitización de la función policial en la lucha de los Estados contra el narcotráfico, impulsado desde hace décadas por Estados Unidos. Esto significó la militarización de la llamada “guerra contra las drogas” y el enfoque de “mano dura” en México con el presidente Felipe Calderón en 2005.
No hay que olvidar, como señaló Alain Rouquié en 1989, que América Latina se caracteriza por un pasado de Estados oligárquicos y fuerzas armadas pretorianas, así como por élites regionales que impulsaron muchos de los golpes de Estado de la Guerra Fría. En consecuencia, añade Rouquié, es posible plantear que el nuevo militarismo latinoamericano no es un fenómeno completamente reciente, sino que, al tiempo que exhibe características nuevas, tiene raíces profundas en la historia regional.
Entre las nuevas singularidades está el análisis que explica el fenómeno por el auge de la extrema derecha, que emula el estilo y las estrategias de tinte “trumpista”, como refleja el caso singular de Bolsonaro en Brasil.
Para responder a las interrogantes y desafíos que plantea el tema, la Fundación Carolina de España y el Consorcio Latinoamericano sobre Militarización, Seguridad Ciudadana y Democracia, creado en 2024 en México, están haciendo un relevante trabajo académico para visibilizar la problemática.
Estados Unidos ha sido el mayor donante, proveedor y formador internacional de las Fuerzas Armadas de América Latina, pasando por diferentes etapas: guerra contra el comunismo, con la nunca escrita doctrina de la seguridad nacional durante la Guerra Fría; guerra contra las drogas, de los años 80 al 2000, en México y Colombia; guerra contra el terrorismo, tras los ataques del 11 de setiembre; regreso a un enfoque más amplio a partir de 2010, por la criminalidad transnacional, y, actualmente, retorno al marco de la competencia con China, en resguardo de su hegemonía e intereses económicos, como el petróleo y las tierras raras.
Lo anterior ocurre en un momento en el que líderes civiles de la región han asignado funciones no militares a sus fuerzas armadas. Por ejemplo, en México, López Obrador concedió la construcción del Tren Maya al Ejército.
También ocurre en un momento en el que muchos de esos líderes manifiestan tendencias populistas y autoritarias y están desmantelando las instancias de control y contrapesos de sus sistemas políticos, tratando de involucrar a los comandantes militares en sus proyectos. En El Salvador, Nayib Bukele nombró a una militar como ministra de Educación en 2024.
La administración populista de Trump impulsa iniciativas de militarización como medio para la consecución de los objetivos radicales de su movimiento MAGA, como el Escudo de las Américas, al que se adhirió Costa Rica, y la Coalición de las Américas contra los Carteles. La intervención militar en Venezuela en enero para llevarse a Maduro tiene más que ver con el control del petróleo de ese país que con la vigencia de la democracia.
La doctora Laura Field, teórica política y profesora de las universidades American, Georgetown y George Washington, en su libro de 2025, Mentes furiosas: la construcción de la nueva derecha de MAGA, define el trumpismo como el rechazo del orden liberal universal, basado en la garantía y protección de derechos, y su sustitución por un populismo nativista similar a lo que ocurre con la derecha iliberal en todo el mundo. Field considera que Trump es, para todos ellos, el instrumento más o menos grosero, más o menos providencial, de esas ambiciones.
En Costa Rica, debemos poner atención a las disparatadas ideas de la presidenta Fernández, que promueve operaciones terrestres de EE. UU. que, según ella, le harían bien a la seguridad nacional.
Vivimos tiempos de liderazgos insensibles e insensatos que pueden llevar al mundo de la civilización a la barbarie, echando por tierra todas las grandes conquistas de la humanidad por un mundo más justo e igualitario, de paz y solidaridad, que ponga al ser humano en el centro del quehacer político y no los intereses tenebrosos.
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Cecilia Cortés es politóloga e internacionalista.