Esos escritos no nacidos que hasta me jalan el pantalón
Hablo de todos aquellos escritos no escritos que rondan por mi mente, que me visitan en momentos inoportunos, que son recurrentes, orgullosos, que suelen pujar por salir a la superficie porque están convencidos de que valen la pena
Una estampa "vintage" del proceso creativo de dar vida a columnas, cuentos o microensayos. Pixel-Shot
Se hacen notar con vida propia en cualquier momento: en medio de la madrugada, con despertares iluminados y una claridad del mundo digna únicamente de la psilocibina; durante la tertulia, en particular la de la zona rural, la de las tradiciones heredadas y esa conexión única con sus códigos y la forma de hacerse entender, mientras la brisa me recorre la cara y me da una extraña sensación de pertenencia y de bienvenida; o cuando el ritmo de escritura afina los sentidos para observar lo cotidiano, lo sencillo, lo evidente únicamente cuando existe atención plena.
Los escritos, las columnas, los de opinión, los cuentos o los microensayos suelen aparecer –en mi caso– en algún lugar entre los linderos de la disciplina y la espontaneidad, usualmente detonados por una idea que brota solita durante algún tipo de ejercicio mental. En esa fórmula mágica, sin la tozudez de –idealmente– escribir las sensaciones de una vez, en su estado más crudo y puro, o, al menos, hacerlo poco después, la motivación se diluye como la luz de la tarde que con sombras cubre la montaña hasta apagarla por completo.
Los llamo los no nacidos a todos aquellos escritos no escritos aún que rondan por mi mente, que me visitan en momentos inoportunos, que son recurrentes, orgullosos, que suelen pujar por salir a la superficie porque, en su sentido de individualidad, están convencidos de que valen la pena.
Algunos incluso tienen el atrevimiento de volver en circunstancias similares a la primera ocasión, o de seguir haciéndolo cuando les da la gana. Los identifico como un niño a mi lado que continuamente me jala el pantalón, llamándome la atención, diciéndome “aquí estoy y no me voy a ir porque es mi turno”, dándome a entender que no se quedarán queditos hasta tener su propio alumbramiento. A algunos de estos infantes –mis infantes–, por dicha, en ocasiones logro hacerles caso; otros, la mayoría, aún no.
Mis escritos suelen aparecer en algún lugar entre los linderos de la disciplina y la espontaneidad, usualmente detonados por una idea que brota solita durante algún tipo de ejercicio mental. (Shutterstock/Imagen generada con IA)
Los diferencio de los inéditos porque esos sí tuvieron la valentía de atarme las manos al teclado y ponerme a hacer catarsis en blanco y negro, aunque, por una cuestión de timing, o porque no logré reproducir en letras y palabras las sensaciones y la brillantez del instante, quedaron olvidados en algún disco duro o en nubes invisibles que se desvanecen en la memoria. En esas ocasiones, la relectura del borrador suele generar esa desagradable sensación de ver la fotografía recién tomada de un atardecer o un paisaje en el celular y decir, con desilusión, esta silueta (este intento de columna) no le hace honor a la imagen de origen, sea visual o mental.
Bajo su lógica de insistencia y perseverancia, aparecieron Geografía vivencial, Cuando íbamos a comprar lana, y tantos otros. Pero también emergieron a la superficie porque la escritura por sí misma es terapéutica: así me lo enseñan los pacientes, así lo menciona Rosa Montero en El peligro de estar cuerda; y así, haciéndole caso a esa fuerza interna, es que los no nacidos, al nacer, me ayudan a disponer de los libros ya leídos y a procesar otros dilemas internos. Si a pesar de ello, en un mundo saturado de compromisos y actividades, el remanente rezagado se acumula, termina haciendo fila como el aficionado en las afueras del estadio que teme que el partido de su equipo empiece; se perciben con la misma angustia y desesperación.
Así, por ahí andan algunos no nacidos que incluso tienen nombre propio (La delgada línea cognitiva o Rafa, sobre Rafa Nadal); otros habitan en mí porque se despertaron de la coloquialidad de la persona que recién conocí y con quien entablo una conexión automática, correguladora, humana, con la convicción de instantes genuinos, o también están los que divagan desde las sensaciones específicas vividas durante algún concierto (como cuando Scorpions tocó Winds of Change; las veces que una banda se olvidó de mi canción favorita, o las que no lo hizo y la dejó para explotar las emociones al cierre del chivo, o lo añejo y rechinado de los encore, en donde al final del concierto los músicos salen del escenario por segundos o minutos, tan solo para volver a entrar aclamados por la multitud).
Unos, como los libros, se anteponen a otros que aguardaban pacientes su espacio en la línea porque la intensidad del momento así lo requirió. Otros, a fin de cuentas, saben que con no existir dan un sentido de vida, de saber que hay algo más adelante que genera ilusión, como cuando una persona cercana me decía: “Yo, de solo pensar en todos los libros que me quedan por leer, no me quiero morir”. Yo, para mis adentros, digo que de solo pensar en la intensidad de las sensaciones que se despiertan durante el proceso de escritura, no me quiero ir todavía.
Esta columna es un tributo a todos los no escritos, porque sé que siguen ahí, esperando, con –o sin– paciencia, el instante para ver la luz, su propia luz. Porque sé que, en un mundo descuadrado y desorientado, el hemisferio derecho de nuestro cerebro grita por darle sentido a la existencia.
ricardo.millangonzalez@ucr.ac.cr
Ricardo Millán es médico psiquiatra, catedrático de la Universidad de Costa Rica y miembro correspondiente de la Academia Nacional de Medicina.