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Envejecer no es una catástrofe

Negar la vejez no la evita, envejecer tampoco es sinónimo de descomponerse

Una mujer con la mirada perdida se encuentra sola en una habitación, al fondo hay varios cofres, abre uno y ve su propia imagen. Se intuye que en el resto de los cofres la imagen se repite una y otra vez. La descripción corresponde al cuadro Encuentro, de la pintora surrealista Remedios Varo.

Frente a lo mágico de este cuadro, afloran algunas inquietudes: ¿Está atrapada en cada cofre? Al ser ella quien atesora su propia imagen, ¿qué desea resguardar? El cuadro fue pintado en 1959 y los diversos análisis apuntan hacia la búsqueda arquetípica de la propia imagen y a la intimidad y júbilo del encuentro consigo misma.

Pensando en ese cuadro, me propongo un juego imaginario y lo traigo al presente. En mi juego mental, la pintura está colgada en una clínica antienvejecimiento, así, podría pensar que lo que la mujer pretende preservar es la juventud, pues tendría, en definitiva, otro nombre, por ejemplo, yo le llamaría Desencuentro.

El desencuentro hace referencia a un encuentro fallido, ya sea por no haber tenido lugar o por no haber respondido a las esperanzas. Basta con mirar las redes sociales, ¡vaya que envejecer es lo más fallido y decepcionante que alguien puede atreverse a pensar en el siglo XXI!

Aunque envejecer es un acontecimiento, como nacer, el asunto posee actualmente el carácter de catástrofe.

A medida que envejecemos, irrumpen cambios en tres planos vitales: el cuerpo, la psique y lo social. Los cambios en el cuerpo se refieren sobre todo a la disminución de capacidades, al deterioro físico general y enfermedades crónicas.

Los que ocurren en lo psíquico son, por ejemplo, la lentificación de las adquisiciones intelectuales y nuevas destrezas, en la estructura cotidiana del tiempo y las actividades, alteraciones en la afectividad, el aplanamiento del vigor sexual, las repercusiones de la muerte de un familiar o de un amigo y los relacionados con alguna enfermedad crónica o dificultades económicas.

Y, por último, los que acontecen en el área social serían la pérdida de vínculos y referentes laborales y los problemas interpersonales.

Envejecer trae consigo malestares y pérdidas, y el temor psíquico a la vejez se advierte en la intención detrás de los mensajes publicitarios: hay que negarla y desmentirla.

Con la argucia de impedir el envejecimiento, el mercado ofrece, mediante artificios estéticos, los caminos para huir de la vergüenza que representa en el entorno social un cuerpo que empieza a atestiguar el paso del tiempo. Sin embargo, y aunque para muchos sea una obviedad, negar la vejez no la evita. A estas alturas, se entiende que el negacionismo angustia y que de ninguna manera representa un alivio.

Este juego cómplice entre una sociedad que demanda eterna juventud y un sujeto que desea cumplir esa demanda salta a la vista en la articulación del tan ansiado cumplido “te ves cada día más joven”, y que, además, encuentra satisfacción en el capricho perverso de desafiar las leyes de la naturaleza.

La manía por la eterna juventud y la desmentida con el correr del tiempo sobre el cuerpo son un callejón sin salida, tanto así que se ubican en la primera línea de amenaza para la salud mental de los adultos que han sobrepasado la mitad de su vida.

Es inevitable, envejecemos; es una realidad que, junto con carencias y desfallecimientos, de ningún modo son una catástrofe para la vida mental de los individuos, por el contrario, la catástrofe radica en adentrarse en un callejón que desemboca en lugares que sí son incompatibles con la vida, como la hipocondría, la melancolía y la depresión, en otras palabras, envejecer no es sinónimo de descomponerse, lo anterior sí.

Gobernarse durante la vejez significa no sucumbir al irremediable declive de la juventud, reconocerse en el cuerpo que narra una biografía y aprender a habitar los trazos que atestiguan en la piel el curso natural de la vida.

Fiel a la idea de que las recetas son útiles solamente para la gastronomía, no imagino un inventario de formas correctas para enfrentar el singular proceso de envejecimiento, lo que sí me permito sugerir es que cada quien coloque el pulgar hacia arriba, encienda una llama y guiñe un ojo.

cgolcher@gmail.com

La autora es psicóloga y psicoanalista.

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