
Star Trek presenta dos figuras icónicas. Por un lado, Kirk explora; por el otro, Spock pregunta qué se sabe, qué se ignora y qué consecuencias puede tener cada decisión. La tensión entre ambas representaciones permite ilustrar la pausa anunciada por OpenAI en el entrenamiento de modelos avanzados. No es la rebelión de las máquinas ni el fin de la IA. Es una señal de que la capacidad técnica puede avanzar más rápido que la capacidad humana e institucional para gobernarla.
Australia informó de que, en una evaluación, un agente de OpenAI eludió bloqueos y accedió sin autorización al portal estadístico de Medicare, incluidos archivos públicos y no públicos. No existe evidencia de afectación a personas, pero el episodio abrió una investigación oficial.
A la vez, el AI Index 2026 de Stanford registró 362 incidentes documentados de IA en 2025, frente a 233 en 2024. La lección no ha sido atribuir voluntad propia a la tecnología; es más bien el reconocer que la interacción entre modelos, datos, herramientas, incentivos comerciales y decisiones humanas puede generar efectos no previstos ni autorizados.
La pausa debe leerse más allá de la ciberseguridad. La IA es infraestructura de conocimiento, productividad, defensa, vigilancia y proyección internacional. Stanford estima que la inversión privada estadounidense en IA alcanzó US$285.900 millones en 2025, más de 23 veces la inversión privada china, sin incorporar plenamente los recursos públicos movilizados por Pekín. El dato revela una carrera en la que empresas, universidades y Estados disputan talento, datos, cómputo, estándares y legitimidad.
La articulación entre universidad, empresa y Estado transforma el conocimiento en un recurso de poder inteligente. Estados Unidos, China y Rusia exhiben estrategias distintas, pero coinciden en reconocer que participar en el diseño de la IA permite influir en las reglas del orden internacional. La pausa de OpenAI no altera esa competencia; la hace visible y confirma que la gobernanza no puede continuar caminando detrás de la innovación.
Centroamérica no es un espectador pasivo. La Cepal reporta que América Latina y el Caribe concentró 14% de las visitas mundiales a soluciones de IA, aunque representaba 11% de las personas usuarias de Internet. El mismo indicador (un proxy basado en tráfico web) registró 20 millones de visitas en Costa Rica y 17 millones en Guatemala en abril de 2025.
La región utiliza intensamente estas herramientas, pero produce e integra menos: 78% del tráfico corresponde a soluciones generativas finales y 22%, a desarrollo, modelos, código abierto o API. La periferia tecnológica no significa ausencia de IA, sino participación desigual en la producción de capacidades, criterios y beneficios.
Costa Rica cuenta con una Estrategia Nacional de Inteligencia Artificial impulsada por el Micitt. Es un punto de partida. El reto es convertir la adopción en capacidades propias: datos protegidos, talento especializado, investigación situada, infraestructura, cooperación regional y una posición ética en política exterior.
Las universidades tienen una responsabilidad central. Unesco-IESALC, en un estudio de 200 instituciones de 19 países de la región, encontró que 87% ya emplea IA, pero solo 26% dispone de una estrategia formal. Experimentar es necesario; hacerlo sin gobernanza, evaluación y formación crítica sería repetir el error que hoy obliga a hacer una pausa.
El dilema no es escoger entre la audacia de Kirk y la cautela de Spock. Una región que aspire a incidir debe explorar, pero también saber qué límites no puede delegar.
El futuro no se construirá apagando la nave ni entregándole el timón a la computadora. Se construirá decidiendo, con evidencia, instituciones y ética, hacia dónde ir y en beneficio de quién.
luis.salas.ocampo@una.ac.cr
Luis Diego Salas Ocampo es catedrático en la Escuela de Relaciones Internacionales de la Universidad Nacional (UNA).
Marly Yisette Alfaro Salas es académica e investigadora en la Escuela de Secretariado Profesional de la Universidad Nacional (UNA).