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El síndrome de Venecia

No existe, excepto en algunos pocos sitios en las llanuras del Serengueti o de Tanzania, ningún lugar en donde la gente sea realmente nativa

Los habitantes de Venecia están abandonando la ciudad. Venecia se está quedando sin venecianos porque el costo de vida en la ciudad de los canales, señoriales casas, templos, museos medievales y el Ponte Vecchio se volvió insostenible.

Solo turistas con presupuesto de turistas y tiempos cortos de estadía pueden costearse una temporada en esta bella ciudad italiana. Y aunque no tenemos nada, ni siquiera remotamente, parecido a Venecia en Costa Rica, nos iguala que lo mismo ha ocurrido a lo largo de la historia humana en casi todas partes.

Los nativos son desplazados por recién llegados, por lo menos durante el tiempo necesario para que una nueva generación surja de ellos y sean los nuevos nativos. A lo Bradbury, en sus «Crónicas marcianas», los alienígenas terrícolas terminan siendo los nuevos marcianos, y en nuestros rumbos sobran ejemplos magníficos y otros no tanto de este fenómeno social. Abundan italianos, alemanes, franceses, ingleses, norteamericanos, nicaragüenses, chilenos.

El síndrome de Venecia se manifiesta algunas veces tristemente. La población «nativa» de nuestras zonas costeras ya casi no puede pagar los alquileres ni los impuestos sobre sus propiedades en áreas en donde el valor de la tierra se infla debido a las grandes desarrollos inmobiliarios, paradójicamente sin que se vea reflejado en los ingresos de las municipalidades.

Si los gobiernos locales recibieran el mal traído y peor llevado impuesto anual sobre los bienes inmuebles de acuerdo con los valores de mercado de la tierra en las zonas costeras, tendrían en sus pueblos calles de lujo, escuelas de lujo y habrían erradicado la pobreza.

La realidad, que cualquiera puede ver, son los anillos de población local cada vez más pobre y más dependiente del mucho trabajo y poca riqueza que les produce la especulación inmobiliaria, se extienden más lejos de las playas, en donde alguna vez retozaron, pero ahora, después de la venta de sus propiedades y la consecuente migración, apenas las visitan en Semana Santa, si las boñigas de los caballos de alquiler los dejan, para comerse una merienda hecha en casa, porque no pueden pagar lo que cobran quienes sí tienen recursos para vivir o turistear ahí.

Bienvenida la inversión extranjera, bienvenida la inversión en desarrollo inmobiliario, bienvenidos los nuevos residentes de las zonas costeras, más temprano que tarde serán ellos los nuevos costarricenses que tal vez sean desplazados por otros nuevos recién llegados, y así continuará por siempre, aquí, allá y en todas partes.

El síndrome de Venecia trae también cosas no tan bienvenidas, como el narcotráfico, que desde Suramérica ha calado profundo en nuestros pueblos con sus apéndices de violencia, falta de valores y deseo por el dinero fácil, y la corrupción propagada por multinacionales que han corrompido la poca obra pública que se construye con nuestros limitados recursos.

El síndrome de Venecia es el motor de la evolución social del mundo desde hace mucho más tiempo que la llegada a América de los europeos en los siglos XV y XVI. No existe, excepto en algunos pocos sitios en las llanuras del Serengueti o de Tanzania, en donde se originó la humanidad, ningún lugar en donde la gente sea realmente nativa.

Todos, de una forma u otra, somos descendientes de los que alguna vez llegaron, se quedaron, fueron luego desplazados por otros y se mestizaron, y a su vez fueron desplazados y mestizados por otros recién llegados. Así, resultamos ser el crisol de razas, gentes, culturas y religiones —buenas y malas— que conformamos la humanidad.

rprotti@geotestcr.com

El autor es geólogo.

Roberto Protti Quesada.

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