
Esa frase me resuena con fuerza cuando pienso en las elecciones de Costa Rica en este 2026.
¿Por qué lo digo? Porque hoy existe un evidente hartazgo, incluso repulsión, hacia el oficialismo, no solo por los resultados, sino por las formas: la confrontación permanente, el irrespeto, la incapacidad de liderar desde la unión y el diálogo.
La constante del presidente ante su dificultad para gobernar –y, sobre todo, para ejecutar– ha sido culpar a otros: a los poderes de la República, a la sociedad civil, a cualquiera que disienta.
Un país que no es capaz de reconocer diferencias, ni siquiera de ver virtudes en quienes piensan distinto, y asume que solo una postura es válida, está condenado a la división y, por ende, al fracaso. El narcisismo político nunca construye nación.
Pero el problema no termina ahí.
La otra gran falla ha sido la incapacidad de los demás actores políticos para unirse frente a una de las elecciones más complejas que ha enfrentado el país. Una elección que, en el fondo, no trata de ideologías finas, sino de contener el autoritarismo.
De un lado, una amenaza clara: una candidata débil, administrada por las mismas figuras que hoy gobiernan. Del otro, cerca de 20 partidos que, de forma profundamente egoísta, prefieren aferrarse a sus diferencias antes que construir desde las muchas coincidencias que comparten.
Parece más fácil marcar distancia y fabricar identidad propia cuando no se coincide al cien por ciento. Parece más atractivo ser jefe de pocos que parte de un proyecto común. Más satisfactorio para el ego ser figura que ser solución. Y en ese juego, todos pierden.
Aquí nadie sale completamente limpio. La responsabilidad es compartida. La unión debió empezar hace años. La coalición no debió convertirse en moneda de cambio electoral en un momento tan crítico.
Era necesario dejar los egos de lado y trabajar, con seriedad y humildad, por el bien común. Elegir, desde las coincidencias, a una persona capaz de liderar no solo con elocuencia, sino con conciencia emocional; no solo con técnica, sino con humanidad. Un liderazgo basado en valores, generosidad, empatía-país y la comprensión profunda de que nadie, por más preparado o experimentado que sea, es dueño absoluto de la verdad.
Hoy estamos exactamente donde elegimos estar. No hay un solo partido ni una figura individual a quien señalar como único responsable. Somos responsables como sociedad, por nuestras decisiones y también por nuestras omisiones, y por el nivel de madurez democrática que hemos sido capaces de construir.
Costa Rica pasó del bipartidismo a algo que se parece más a un mercado mayorista de partidos: agrupaciones que nacen y mueren al ritmo de los egos, las coyunturas y las ambiciones individuales. Y el resultado está a la vista: estamos más fragmentados que nunca.
Que existan cerca de 20 partidos no es, por sí solo, una señal de pluralismo democrático sano; también habla de nuestra dificultad para construir desde lo colectivo y para convivir con las diferencias.
Aun así, no todo está perdido. Existen opciones, pocas, es cierto, que de forma tímida y tardía han intentado buscar consensos. Otras, en cambio, siguen fieles a la lógica de figurar, de preservar su espacio, de anteponer la marca personal sobre el interés país. Esa tensión explica buena parte del momento que vivimos.
Esto es lo que tenemos hoy. Pero no tiene por qué ser lo que tengamos dentro de cuatro años.
No sé qué ocurrirá este 1.° de febrero. Pero incluso antes de conocer el resultado, ya hay lecciones claras que no deberíamos ignorar. La democracia no se erosiona únicamente por el autoritarismo abierto; también se desgasta lentamente por egos incapaces de ceder, por liderazgos que confunden firmeza con soberbia y por ciudadanías que normalizan la división como si fuera inevitable.
El verdadero desafío no es solo elegir mejor, sino aprender a construir mejor. Y eso, nos guste o no, es una responsabilidad compartida.
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Carlos A. Valverde Brealey es máster en Inteligencia Emocional.