
El 2 de junio de 1946 fue un día memorable en la historia contemporánea de Italia. Ese día, el pueblo italiano, convocado a un plebiscito para decidir su futuro institucional, plasmó su voluntad de manera clara. Un 54,27% se manifestó favorablemente por el régimen republicano, contra un 45,73% que votó a favor de continuar con el régimen monárquico.
En números reales: 12.718.641 contra 10.718.502. Eran de esperar cifras más altas favorables a la República, dados los tormentosos años vividos por los italianos, finalizados con derrota por su participación en el bando perdedor de la Segunda Guerra Mundial, y salidos del régimen fascista de Mussolini, vigente entonces aún, con el rey Umberto II de Saboya como cabeza del Estado italiano.
Un resultado tan estrecho era el reflejo de lo que venía siendo la realidad italiana desde siglos atrás. Había dos países, por decirlo así: el conformado por las regiones del norte y el de las regiones meridionales. El primero, con ciudades como Roma, Milán, Turín, Bolonia o Florencia, con sus poblaciones progresistas muy escolarizadas y su interés por los adelantos tecnológicos y científicos, y, en contraste, desde Nápoles hacia el sur, con ciudades más pequeñas y menos conocidas, donde predominaban el latifundismo y la baja escolarización, más la profunda influencia del dogmatismo religioso.
Vistas las cosas así, fue casi providencial que no ganara el conservadurismo político y social y, con esto último, el agravante de tirar por la borda todo lo logrado hasta entonces desde los inicios de la reunificación (1861). Más aún, porque, con la victoria en el plebiscito, se alcanzaba por fin el sueño de patriotas republicanos como Giuseppe Mazzini (1805-1872) y Giuseppe Garibaldi (1807-1882). Ellos y muchos otros no querían una Italia monárquica, influenciada por el papa de Roma, nada favorable a la unidad y protegido militar y políticamente por dos potencias con una gran población católica: Austria y Francia.
Ahora bien, el viajero que hoy recorre Italia se encuentra –ya en el norte, ya en el sur– una cantidad abrumadora de calles, parques, monumentos, edificios públicos y otros con los nombres de esos dos héroes nacionales que son Mazzini y Garibaldi.
Pero la cosa no para ahí: en competencia con esos dos nombres, encontrará también cantidad de sitios públicos dedicados a otros dos grandes héroes de la reunificación de Italia: uno, Vittorio Emanuele de Saboya (1820-1878), rey del Piamonte y de Cerdeña; el otro, Camilo Benso, conde de Cavour (1810-1861), primer ministro del rey y notable diplomático.
Por entonces, Italia estaba dividida en numerosas entidades políticas pequeñas o grandes, reinos o ducados, con Piamonte y Cerdeña como única entidad política realmente independiente. Este reino se había dotado de una propia Carta Magna, algo extraordinario entonces; y gozaba de la admiración de numerosos pensadores y políticos en el resto de la que ahora es Italia.
Más aún, el rey sardopiamontés contaba con un ejército probado en batallas, su mejor baza. Como si no bastase, además tenía a Camilo Cavour, su primer ministro, ejercitado y astuto diplomático en contacto directo con Napoleón III, emperador francés, a quien consiguió convencer para apoyar a Italia en su lucha para librar a Italia del dominio austríaco, ocupante en gran parte del norte italiano y muy influyente en el resto.
Esto, como cabe suponer, tuvo un precio: al final, Italia debió ceder a Francia dos regiones limítrofes: Saboya, cuna de su dinastía, además de Niza, cuya ciudad homónima era la “patria chica” de su héroe, Garibaldi.
Para finalizar: cuatro son los verdaderamente grandes personajes que lograron liberar a Italia del yugo extranjero, y ubicarla como consecuencia en el concierto de las grandes naciones europeas.
Citemos en orden cronológico a Mazzini, el político, el pensador, el agitador, el creador de la Giovine Italia, muchas veces perseguido y exiliado, republicano hasta la médula.
Luego, seguiría Garibaldi, combatiente a ambos lados del Atlántico, el “héroe de dos mundos”, el que, al frente de sus “camisas rojas”, logró para Italia la incorporación de Sicilia y todo el resto de la península, desde Nápoles hasta la punta de la famosa bota italiana. Llegado el gran momento, este decidió renunciar a sus ideales republicanos para adherirse al gran esfuerzo militar y político de Vittorio Emanuele como la gran autoridad moral ejecutora de la tan deseada reunificación.
Y con esto, el cuarto grande, el rey de Piamonte y Cerdeña, a la cabeza de sus propias fuerzas militares, junto con las otras aportadas por los grandes o pequeños estados (lombardos, napolitanos, toscanos, sicilianos, etc.), quien remató su real tarea con la toma de la Roma papal y se convirtió, a partir de 1871, en el rey de la renaciente Italia.
Cumplía así la monarquía con su gran misión, si bien el año 1922 señalaría el comienzo de su declive al mostrarse incapaz de poner en su lugar, la prisión, a Benito Mussolini. Quien, con la famosa Marcha sobre Roma iniciaría su toma del poder, la anulación de toda oposición democrática, la quimérica búsqueda de un nuevo imperio y, sobre todo, su alianza con la belicosa Alemania de Hitler, cuyo remate fue su participación en una guerra mundial para la cual Italia no estaba preparada ni con los recursos propios para salir airosa: todo lo contrario.
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Hugo Mora Poltronieri es profesor jubilado de la Universidad de Costa Rica (UCR) y ensayista en temas políticos y sociales.