
El periodismo no está para fabricar escenarios. No está para sugerir trampas, ni para empujar a una fuente hacia un desenlace conveniente, ni para sembrar una acusación y luego amplificarla como si hubiera brotado sola. Está para investigar, verificar, contrastar y publicar con responsabilidad. Cuando cruza esa línea y empieza a intervenir en el hecho que cubre, se convierte en instrumento de otros intereses, muchas veces ocultos.
El problema no es nuevo, pero hoy se expone con una claridad incómoda. Hay coberturas que no se limitan a indagar, sino que acompañan el proceso, lo orientan, lo presionan. Se sugieren movimientos a las fuentes, se administran los tiempos de una denuncia, se sostienen entregas sucesivas para mantener el clima, se titula con una insinuación que antecede al expediente. Incluso se llega a hablar de “montar camas” a organismos de investigación que resultan incómodos. El hecho deja de ser algo que se descubre y empieza a parecer algo que se conduce. Esa diferencia, que puede parecer sutil, es la que marca el límite entre investigar y operar.
Tal como dijo hace años el periodista argentino asesinado Rodolfo Walsh, “el periodismo es libre o es una farsa”. Hoy la farsa parece instalarse en la manipulación de la escena, en la tentación de fabricar condiciones para que algo ocurra y luego presentarlo como si hubiera emergido por sí mismo. Si el periodista interviene para provocar un resultado y después lo narra como hallazgo, el lector pierde la posibilidad de distinguir entre información e invención.
Los medios no son solo espejos. Hace décadas, Eliseo Verón, semiólogo argentino, explicó que no se limitan a reflejar hechos, sino que producen sentido sobre ellos. Jesús Martín-Barbero, uno de los grandes teóricos de la comunicación, habló de mediaciones, de los filtros culturales y políticos que transforman el acontecimiento antes de llegar al público. Nada de eso es escandaloso, es parte de la naturaleza del oficio. El problema aparece cuando la mediación deja de ser interpretación y se convierte en ingeniería. Cuando ya no se trata de explicar lo ocurrido, sino de empujar para que ocurra de determinada manera, o para que sea percibido bajo una sola lectura posible.
Todo esto conduce a una pregunta elemental: ¿es función del periodista sugerir estrategias para producir un efecto en la realidad que luego cubrirá? Si el profesional participa en la construcción de la escena, la cobertura deja de ser observación crítica y empieza a mezclarse con la operación. En ese punto, el medio ya no solo informa sobre el poder, también colabora o compite con él.
El problema no termina en la intervención directa sobre un caso. Existe otra zona menos visible y quizá más extendida: la del dinero que circula sin transparencia. Periodistas y plataformas que reciben recursos para aumentar la visibilidad de una persona, una marca o desde determinados centros de poder, sin advertir al público de que esa exposición tiene un patrocinio o un interés detrás. No se trata de la publicidad declarada, que es legítima cuando se identifica como tal, sino de esa franja ambigua donde el lector cree estar ante información independiente y, en realidad, consume estrategia de grupos ocultos.
En un entorno donde las redes sociales amplifican sin filtro y cualquiera puede producir contenido con apariencia de noticia, la diferencia entre información profesional y comunicación interesada se vuelve más difícil de distinguir. La ausencia de reglas claras no amplía necesariamente la libertad; a veces simplemente diluye la responsabilidad.
Álex Grijelmo, periodista español y exdirector de la agencia EFE, ha insistido en que el lenguaje orienta, que cada palabra delimita el sentido posible de un hecho. Si a esa capacidad de orientar se le suma una intención no revelada, el resultado es una distorsión profunda de la confianza pública.
Máriam Martínez-Bascuñán, profesora de Teoría Política y exdirectora de Opinión de El País de Madrid, ha dicho que cuando la prensa pierde credibilidad, los hechos dejan de contrastarse en un espacio común y comienzan a validarse dentro de cada burbuja. La información ya no se evalúa por su consistencia, sino por afinidad. En ese terreno, cualquier narrativa encuentra refugio si confirma lo que el grupo está dispuesto a creer.
Nada de esto significa que el periodismo de investigación deba suavizarse. Investigar implica incomodar, tocar intereses, soportar presiones. Muchas veces, quienes resultan afectados intentarán desacreditar la cobertura señalando conspiraciones inexistentes. Esa fricción es parte del oficio. La diferencia aparece cuando el periodista no se limita a revelar hechos, sino que interviene para provocarlos y luego los presenta como descubrimiento. Ahí la credibilidad no se erosiona por ataque externo, sino que se desgasta desde adentro.
El periodismo organizado no es un lujo del pasado ni un residuo de otra era. Existe porque las sociedades necesitan un espacio profesional dedicado a verificar, contrastar y exponer lo que de otro modo quedaría oculto. Si esa práctica se degrada, el debate público pierde un punto de apoyo común.
El efecto no se agota en un caso puntual; se instala una sospecha que contamina todo lo demás. El público empieza a mirar con desconfianza incluso el trabajo serio, porque ya no distingue con claridad dónde termina la investigación y dónde empieza la estrategia.
El oficio tiene potencia, capacidad de daño y de esclarecimiento. Puede servir como herramienta de control democrático o puede prestarse para ejecutar intereses que no se explicitan.
Una prensa que investiga sin intervenir mantiene su fuerza intacta. Una prensa que empuja, coordina o encubre termina actuando como brazo de algo que no se declara. Y en ese desplazamiento silencioso, el periodismo deja de estar armado para la verdad y comienza a estar armado para intereses que no se ven.
francia.fernando@gmail.com
Fernando Francia es periodista, docente de Periodismo y consultor en comunicación estratégica. Tiene una maestría en Comunicación Política y es autor de tres libros.