Stefan Zweig llamó momentos estelares a esos instantes en que una decisión fija el rumbo de décadas. Iberoamérica está a las puertas de uno. Estados Unidos ha declarado prioritaria su relación con América Latina, la Unión Europea aspira a ser su socio preferente, China quiere construir una comunidad con la región e India la considera un socio clave.
Pero en un mundo fragmentado, la relevancia internacional no se presume: se construye. Y esa construcción requiere del trabajo conjunto no solo de los gobiernos, sino que debe incorporar también al sector privado.
Iberoamérica tiene la escala para hacerlo. La integran 22 países a ambos lados del Atlántico que suman más de 700 millones de personas, casi el 9% de la población mundial, y el 8,6% del PIB global, según el FMI: juntos serían la tercera economía del mundo, tras Estados Unidos y China. Comparten, además, algo que ningún otro espacio tiene: dos lenguas globales y mutuamente comprensibles, el español y el portugués, que hablan cerca de 900 millones de personas, que facilitan los intercambios y promueven el comercio y la inversión. Todo esto le ha permitido construir una agenda de intereses compartidos durante más de tres décadas de manera ininterrumpida.
La región cuenta, además, con los activos que el mundo demanda. América Latina alberga una parte esencial de la biodiversidad terrestre y del agua dulce del planeta, genera la mayor parte de su electricidad con renovables y reúne algunas de las mayores reservas mundiales de litio, cobre y tierras raras.

En Andorra, España y Portugal, las renovables ya suponen la mayor parte de la electricidad. Iberoamérica es, además, un actor decisivo en el comercio internacional de productos agroalimentarios.
Energía limpia, alimentos y minerales: la doble transición, verde y digital, pasa por aquí.
Pero dotación no es sinónimo de destino. Durante décadas, la región exportó materias primas sin retener el valor que generaban; por eso hoy necesita crecer más y crecer mejor. La Comisión Económica para América Latina y el Caribe (Cepal) prevé que América Latina crezca en torno al 2% en 2026, frente al casi 3% mundial. Cambiar esa trayectoria exige avanzar hacia un modelo más sostenible y productivo.
Y esa transformación no será posible sin inversión, la que puede ser promovida por los Estados, pero que en definitiva debe ser realizada por las empresas.
América Latina recibió en 2025 más de 194.000 millones de dólares de inversión extranjera directa. España es su segundo inversor, con unos 250.000 millones de euros acumulados, mientras la región es ya el cuarto inversor en España, con más de 66.000 millones.
A estos vínculos económicos se suman intensos lazos humanos: tres millones de latinoamericanos viven en España, un millón y medio de españoles en América Latina y casi medio millón de brasileños en Portugal.

Con el acuerdo UE-Mercosur en aplicación provisional, Iberoamérica puede consolidarse como corredor natural entre dos continentes que se complementan.
Para que ese corredor genere valor en la región, es necesario contar con capacidades propias que permitan aprovechar los recursos y ventajas disponibles. De poco sirve el litio si la tecnología que lo transforma llega de fuera; de poco sirve producir alimentos si el valor de su transformación se genera en otros mercados; de poco sirve la energía limpia si no atrae a la industria que está llamada a aprovecharla.
La inteligencia artificial lo ilustra bien: su desarrollo se concentra fuera de la región y funciona sobre todo en inglés. Pero Iberoamérica tiene uno de los mayores espacios lingüísticos del mundo y una cooperación regional probada durante décadas. El reto es pasar de consumirla a producirla y que llegue a las mipymes.
Esas capacidades se construyen con tecnología y talento: innovación abierta entre empresas, universidades y administraciones, y formación continua y digital para los empleos que vienen.
Pero ni la tecnología ni el talento arraigan sin un entorno que ninguna empresa puede crear sola. Quien invierte a 20 años necesita estabilidad institucional, seguridad jurídica, reglas previsibles y menos trabas administrativas. El crecimiento solo perdura si incluye formalizar el empleo, garantizar a millones de personas acceso a la salud, a la protección social y a una pensión, y al mismo tiempo elevar la productividad.
En esa tarea, las empresas no son espectadoras, sino una parte esencial. Por eso la colaboración público-privada no es una opción, sino una necesidad y un método de trabajo. Al Estado le corresponde crear las condiciones; a las empresas, invertir, innovar y generar empleo de calidad; y a las organizaciones empresariales, articular esa contribución y ser interlocutores de los gobiernos.
En Iberoamérica sabemos que esa colaboración funciona porque la practicamos. Nacido en Salamanca en 2005, el Encuentro Empresarial Iberoamericano (EEIB), organizado conjuntamente por la Secretaría General Iberoamericana y el Consejo de Empresarios Iberoamericanos, cumple este año dos décadas.
En este tiempo, junto a otras prioridades, ha impulsado la innovación abierta, las mipymes y las alianzas público-privadas en ámbitos como la transición digital o el turismo. Hoy es el mayor foro empresarial de la región y la única instancia oficial del sector privado en las cumbres iberoamericanas, permitiendo que empresas, organizaciones empresariales y otros actores del sector privado iberoamericano trasladen sus propuestas a jefas y jefes de Estado y de Gobierno.
Los días 3 y 4 de noviembre, en la antesala de la XXX Cumbre Iberoamericana, Madrid acogerá su XVI edición. Las empresas llegarán dispuestas a pasar del diálogo a la acción; a asumir su parte de responsabilidad en el desarrollo de la región, a fijarse metas y a rendir cuentas de ellas. Tenemos la escala, los activos y empresarios comprometidos. Hagamos de este encuentro el punto de partida del momento estelar de Iberoamérica, renovando el compromiso con una comunidad y un proyecto reafirmados.
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Andrés Allamand es secretario general iberoamericano. Antonio Garamendi es presidente de la Confederación Española de Organizaciones Empresariales (CEOE) y presidente del Consejo de Empresarios Iberoamericanos (CEIB).