
Hace mucho, mucho tiempo, allá por los años 90 (cuando una nació en la segunda parte del siglo pasado, es común hablar del ayer como si fuera hace milenios), allá por la entrada de la Facultad de Derecho de la UCR, hubo una famosa heladería que fue la fantasía de la Asoprocodehe (Asociación Profesional de Comedores de Helado), de la que me siento muy orgullosa de ser parte.
Había propuestas de todos los tamaños y colores, con nombres creativos y sabores inimaginables. El nirvana de las nieves y los lácteos.
Yo ya era una adulta joven, pero volvía a ser una niña cuando atravesaba ese umbral.
La cara de ilusión al leer aquel menú enorme en la pizarrota del local me hacía divagar entre una opción y otra, con más o menos topping, con más o menos barquillo. En fin, era una pequeña pidiendo junto a mi yo adulta concediéndole sus deseos.
No importó nunca el precio. Lo que realmente fue la prioridad siempre era saciar mi sed de dulce al estilo barroco.
Uno de mis favoritos era (y es) el de ron con pasas, bañado con una delgada capa de chocolate. ¡Mmmmmmmm!
La sensación del primer mordisco (porque soy de las masoquistas que muerden el helado) –el chocolate haciendo crac, crac en mi paladar; el dulce de la crema, el ron y la sorpresita de que el bocado contuviera una pasa– era una fiesta que me concedía cada quincena o cuando el estrés o el día de pago lo permitieran.

El pretexto era ir con mi hijita, quien para entonces tendría unos nueve años. Ella pedía lo suyo, colorido, con osos de gomita, palitos de azúcar o chocochips, pero mi pedido era considerablemente más grande y más complejo.
Y, por supuesto, si nos sentábamos en la misma fuente de soda, aquello era un espectáculo digno de una maratón de glotonería: la niña se comía su postre poco a poco para rendirlo, y yo, cual lagarto de Jacó, me tragaba el mío como si no hubiera mañana.
La cosa es que un día pasé sin compañía por mi anhelado premio.
Eran días de mucho trabajo, responsabilidad y pensamiento, y mi cerebro, cómplice para hacerme creer que me urgía mi cuota de dulce, me convenció de pedir un helado doble, con su respectiva capa de cacao.
Pero yo no contaba con que la dependienta también tenía sus rollos y se los estaba contando a su compañera, que, afanosa, limpiaba con un pañito la vitrina que dejaba ver los sabores del mes.
Cuando llegó el momento de sumergir la pelota de helado en el recipiente con el chocolate líquido, la mujer perdió la noción espacio-tiempo y se dedicó a contarle a la otra el drama que vivía con su pareja, digno de La Rosa de Guadalupe.
No recuerdo bien el problema. Solo que ella decía sin parar: “Y me ijo y le ije, y le ije y me ijo, y me ijo y yo le ije y, entonces, él me ijo, y yo le ije, y le ije, y le ije y él me ijo”, mientras mi helado seguía sumergido en el recipiente de aluminio.
Yo veía a una, y a la otra, y al helado, en un triángulo fatal como el de las Bermudas.
Y pasó lo que tenía que pasar. Cuando interrumpí la novela para recordarles que estaba preparando mi postre, la mujer se sobresaltó y se disculpó. “¡Ay sí, qué pena! ¡Tome!”.
Y sacó al Coloso de Rodas de los helados, que, desafiante, se erguía como el monolito de 2001: Odisea en el espacio, de Kubrick, con música y monos y todo.
La capa de chocolate era tan gruesa que bien hubiera servido para arreglar la platina del puente Alfredo González Flores en su momento.
Era más gruesa que el Muro de los Lamentos. Era más gruesa que el muro de Berlín. Era más gruesa que el iceberg donde pegó el Titanic.
Yo, con mis ojos de “Bob Esponja”, los cambié por mis ojos de “Bob, el constructor”, porque a aquella carajada había que entrarle con taladro, Metabo y perforadora.
Hinqué el diente y casi lo pierdo.
Empecé a golpearlo contra el dash de mi carro y empezó a resquebrajarse… (el dash, el helado quedó incólume).
Busqué en mi bolso (porque las carteras de las mujeres son alucinantes) alguna herramienta adecuada para entrarle y descubrí que aquello requería de otro tipo de ingeniería extraterrestre.
Intenté lamerlo como rumiante, pero se me quedó la lengua pegada en el hielo de aquel helado del infierno.
Y ya dándome por vencida, tristemente derrotada, convencida de que aquella mujer, aquel cilindro de chocolate y aquel helado no eran de este mundo, irresponsablemente lo lancé por la ventana con ira y desesperación.
Coincidió mi acto con una alcantarilla. El cono cayó intacto y rodó hacia el vacío oscuro e insólito de la bóveda.
Todavía, cada vez que paso por allí, me acuerdo del evento con la tristeza de la zorra que dijo “de por sí, las uvas estaban verdes”, cuando no pudo alcanzarlas.
Ya, por supuesto, el local no existe, pero debo confesar –y lo digo con toda honestidad– que, cuando veo en las noticias que esa zona se inunda, que el agua tapa los carros y hay que socorrer a los ciudadanos imprudentes que se atreven a pasar por allí en medio del baldazo, yo sé la razón.
Ningún ingeniero ni tunelero podrá dar con la verdadera causa nunca.
Es mi helado. El condenado helado que, 30 años después, sigue intacto, frío, congelado, y taponea sin piedad los ya de por sí averiados acueductos de San José.
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Ana Coralia Fernández es periodista y narradora oral.
