
Fue un ídolo latinoamericano y Costa Rica no podía ser la excepción. En los años 50 y 60 del siglo pasado, tanto sus revistas como sus películas eran de atracción masiva.
“El Santo, el Enmascarado de Plata”, adalid de la lucha libre mexicana, era un referente de la justicia: luchaba contra el mal e incluso contra extraterrestres.
Con la inocencia de aquellos años –no había Internet ni los medios de comunicación eran tan accesibles como hoy–, toda una muchachada lo tenía idolatrado.
Recuerdo que a tal grado llegaba la admiración, que en los cines, cuando se enfrentaba con otros luchadores, el auditorio empezaba a gritar “¡Santo, Santo!”, como si ese coro de voces le ayudara a ganar.
Siempre ahorrábamos algún “cinquito” de las cogidas de café para aprovechar las oportunidades de viajar a Cartago –que eran pocas– y pasar por la Librería Masís o por donde Mon Araya, a comprar sus revistas.
Yo tenía competencia, porque Melillo Miranda, mi amigo de infancia, siempre “rajaba” con que él tenía la primera revista que salió de El Santo. Claro, solo lo decía para provocar envidia, ya que nunca la enseñó, pese a los ruegos infantiles. Y muchos años después, me confesó que solo lo hacía para ostentar que la tenía. “Te hice sufrir”, me dijo, entre risas, el compadre.
Ya entrando en la adolescencia y en busca de nuevos horizontes, me empleé en San José en diferentes trabajos, mientras cursaba los estudios de secundaria por la noche.

Uno de aquellos primeros empleos me llevó a la soda Dos Pinos, en barrio Luján, a dejar una provisión de café en polvo. Mientras esperaba el pago, vi que una bandada de chiquillos, acompañados por un enmascarado, ingresaba al local, donde este último comenzó a firmar autógrafos.
“Quedé pasmado”, como diría mi madre, cuando vi que era el ídolo de mi niñez: el Santo. Tan impresionado estaba que no me atreví a solicitarle un autógrafo; solo me quedé viéndolo como petrificado. Y hasta sentí, sin salir de mi perplejidad, que él me había mirado.
Pocos minutos después, se despidió saludando con su capa plateada. Más tarde, me enteré de que se había presentado en la incipiente televisión de la época, patrocinado por la leche Dos Pinos, aquella que venía en botella de vidrio con tapita.
Aquel recuerdo me quedó de por vida, pese a que el transcurrir de los años me hizo enterarme de que El Santo se llamaba Rodolfo Guzmán y que sí fue campeón mundial welter, aunque nunca tuvo los poderes de superhombre que mostraba en las películas y, sobre todo, en las revistas.
Por eso, aquel día de los años 80 en que, en el programa mexicano 24 Horas, del periodista Jacobo Zabludovsky, El Santo se quitó la máscara, a mí también me despojó del héroe de mi infancia.
Fernando Gutiérrez Coto es excorresponsal de ‘La Nación’.