Caminar por San José es encontrarse con una ciudad de contrastes. La capital cuenta con alcantarillado sanitario, fibra óptica, parques y en ella converge la red de transporte público. Sin embargo, gran parte de ese potencial permanece desaprovechado. Según el Instituto Tecnológico de Costa Rica (TEC), de 1.260 inmuebles del centro histórico josefino, el 35% está subutilizado y un 17% se encuentra totalmente desocupado. Estas cifras revelan una paradoja urbana que es necesario resolver.
Durante décadas, las decisiones de planificación favorecieron el crecimiento horizontal. Pero las construcciones pensadas como hogares se alejaron de los centros urbanos y el automóvil dominó las calles. Fue inevitable, entonces, que el tráfico se volviera cada vez más denso, hasta llegar a casi paralizar la ciudad. El resultado fue una ciudad fragmentada, dependiente de los vehículos y sin espacios donde sea posible tanto trabajar como convivir.
Cuando los edificios se vacían, se llevan consigo empleos, comercios y la sensación de protección que brinda la presencia de personas. Es un círculo vicioso: menos actividad genera menos seguridad, lo que aleja más negocios. Mientras tanto, el área urbanizada se expande y consume tierras alejadas de los centros de trabajo, situación que obliga a miles de costarricenses a pasar horas presos en los embotellamientos diarios del tránsito. Cada kilómetro adicional implica más infraestructura por construir y mantener. En contraste, el centro ya tiene todo: solo necesita que le devolvamos la vida.
Una estrategia integral
Recuperar San José como espacio para vivir y trabajar requiere una visión que vaya más allá de construir. Se trata de concentrar esfuerzos en lugares conectados, capaces de desarrollar los desplazamientos y, con ello, el colapso vial.
La reactivación no depende solo de grandes proyectos; también comienza con intervenciones pequeñas pero bien dirigidas: iluminación adecuada, aceras en buen estado, mobiliario urbano y árboles que den sombra. Detalles que invitan a permanecer, a caminar, a sentir el centro como propio. El cambio empieza en el borde entre la antigua y la nueva calle.
Se requieren incentivos fiscales, agilización de trámites municipales y financiamiento accesible. Es imprescindible contar con políticas de desarrollo para los espacios públicos y programas culturales que inviten a usar calles y plazas. La cooperación sectorial es esencial, y exige que haya coordinación entre los sectores público y privado.
Invertir en renovar edificios ya existentes es un trabajo que tenemos los propietarios de estos inmuebles. Es posible transformar un edificio emblemático en un espacio moderno y sostenible, con capacidad para atraer empresas y, con ellas, a sus colaboradores.
Esto generará efectos económicos encadenados, con un aumento en la cantidad de restaurantes, comercios y servicios. La mayor presencia peatonal mejorará la percepción de seguridad y de movimiento humano cotidiano, y se inicia así un círculo virtuoso de revitalización.
Renovar los inmuebles también es valorar el patrimonio arquitectónico de la ciudad y demostrar que la eficiencia operativa y la sostenibilidad pueden ir de la mano.
El centro de San José concentra una riqueza cultural única: museos, parques, teatros, comercios icónicos y plazas que pueden reconvertirse en motores de dinamismo. Combinada con una oferta de oficinas y residencial diversa, esa riqueza cultural podría hacerlo nuevamente atractivo para habitar.
Cada edificio del casco central que permanece vacío representa una oportunidad de crear empleos, atraer inversión, reducir las congestiones de tránsito, disminuir la huella ambiental y devolverle a San José el dinamismo que merece.
Ignacio Gómez es gerente general de Genera.