
En el bosque de los Susurrantes vivían muchos animales que, con el tiempo, habían recibido pequeñas responsabilidades. Löri, la osa perezosa, debía vigilar los caminos, pero se dormía a mitad del recorrido. U’kã, el coyote, cuidaba las provisiones, aunque a veces tomaba más de la cuenta. Duri, la ardilla, revisaba los nidos, pero se distraía contando nueces.
Nadie era realmente malo, pero casi todos hacían sus tareas mal, y el bosque empezaba a resentirse: faltaba comida, los arbustos estaban desordenados y los más pequeños pasaban frío por falta de refugios. Sórku, el mono cariblanco, temblaba cada noche buscando un rincón seguro donde dormir.
Un día apareció un nuevo líder. Decía llamarse Namú, como el jaguar, aunque su forma de hablar y actuar no coincidía con lo esperable. Tenía una mirada desafiante, una voz ronca y gestos encendidos. Reunió a todos en el claro central golpeando el suelo con fuerza.
—¡Basta de desorden! —bramó, algo extraño para un jaguar— ¡Conmigo, este bosque será perfecto!
Sus palabras eran duras y llenas de promesas imposibles, pero los animales, cansados de los errores, lo escucharon con esperanza. Namú comenzó a dar órdenes a gritos: exigió a Löri patrullar más rápido, obligó a U’kã a repartir comida inexistente y quiso que Duri reconstruyera todos los nidos en un solo día. El ruido, la presión y el miedo hicieron que todo saliera peor.
El bosque se volvió más confuso: los caminos se rompían, los árboles no recibían cuidados y los refugios se deshacían con el viento y la lluvia. Sórku lloraba en secreto, extrañando cuando al menos encontraba un huequito tibio entre las ramas. Aun así, Namú seguía gritando que todo iba mejor, y muchos le creían porque era más fácil aferrarse a una esperanza que admitir que las cosas empeoraban.
Un día, Sórku reunió valor y susurró a sus amigos:
—Tal vez necesitamos otro camino. Quizá si cada uno hace bien su pequeña parte, sin gritos ni promesas gigantes, el bosque podría sanar.
Sus palabras fueron suaves, pero despertaron una chispa de responsabilidad. El bosque quedó dividido: Namú seguía gritando; otros se unían al susurro del cariblanco; la mayoría no sabía qué creer.
Una mañana, Löri, la osa perezosa, levantó la voz con calma.
—El bosque está enfermo y ninguno puede sanarlo solo. Es hora de un Gran Consejo.
Lo llamaron el Gran Consejo de los Susurrantes. Acordaron reglas simples: nada de gritos, ni insultos, ni exageraciones. La noticia se esparció y en el claro central se reunieron todos los animales, incluso Namú.
Löri habló primero:
—Todos hemos cometido errores. Este bosque nos pertenece a todos. ¿Cómo podemos cuidarlo juntos?
Duri propuso escuchar a quienes habían trabajado en silencio. U’kã sugirió repartir tareas según las habilidades y acompañarse para evitar errores. Otros hablaron de turnos y cuidados compartidos.
Namú resopló incómodo:
—Yo mando aquí. Tengo fuerza y carácter.
Löri lo miró con firmeza.
—Te escuchamos porque queríamos mejorar, pero tus gritos empeoraron las cosas. No se trata de expulsarte, sino de entender que no puedes mandar solo.
Esta vez, la mayoría susurró al unísono:
—Ya no. El bosque necesita calma, cooperación y escucha.
Por primera vez, Namú bajó la cabeza y guardó silencio.
El Gran Consejo duró hasta el atardecer. No todo quedó resuelto, pero acordaron cuidar el bosque juntos y reunirse cada luna llena. Poco a poco, el bosque comenzó a sanar. Los animales descubrieron que gritar desordena, pero susurrar construye, que las voces suaves pueden mover más que los rugidos, y que escuchar vale más que imponer.
Con el tiempo, la noticia cruzó el río y los animales de más allá murmuraban admirados:
—Yo también quiero ser un susurrante.
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José Chacón es escritor.